A IMAGEN DE SANTO DOMINGO: EL RESTAURADOR FRAY HENRI DOMINIQUE LACORDAIRE, O.P.

1. LA CUASI-EXTINCIÓN DOMINICANA

En 1789 la Orden de Predicadores tenía 52 provincias y más de 20.000 frailes, que fueron disminuyendo rápidamente a causa de la supresión de la Orden en algunos países, junto con las demás comunidades religiosas, y el forzoso cierre de conventos y casas de estudio. Nación tras nación, los frailes fueron apresados, expulsados, obligados a huir, o muertos muchas veces, o bien reducidos al estado laical o secularizados.

Al empezar la  Revolución, muchos dominicos franceses creyeron que los vientos de cambio eran saludables y acudieron en distintas demandas ante la Asamblea Nacional Constituyente, permitiendo al Club de Robespierre reunirse en la biblioteca del Convento-Estudio de Saint-Jacques, lo que dio el nombre de “jacobino” al partido. Pero el entusiasmo se trocó en desilusión poco después, en 1790, cuando la Asamblea suprimió las órdenes religiosas. El ejemplo francés se propagó como fuego en estopa por el resto de Europa, de tal modo que, treinta años más tarde, de la Orden de Predicadores no quedaba sino un pequeño resto de unos 4.500 frailes. Las provincias francesas y alemanas ya no existían. 

Parece que el papel histórico de la Orden de Predicadores la afectó especialmente, en comparación con otras órdenes, al tomarse medidas anticlericales en los distintos países: haber fungido por disposición pontificia, desde 1231, como “politia fidei” o guardiana de la fe en el aparato inquisitorial; el papel contestatario cumplido en el Imperio español del s. XVI, considerado por los españoles como origen de la “Leyenda Negra”; la influyente vida intelectual de muchos conventos y Estudios; el rigor doctrinal, la autoridad teológica y apologética de no pocos frailes; y la aparente solidaridad con distintas monarquías… 26 años antes, la Compañía de Jesús, “militia Christi”, brazo derecho de los Pontífices, había sufrido no solamente supresión y expulsión estatal, sino —el colmo— supresión canónica. Había que erradicar tanto a los “milites” (soldados) de Jesús como a los viejos “domini canes”, “perros del Señor”.

Y fue harto eficaz el esfuerzo por erradicar a los “domini canes” o “púgiles fidei” en casi toda Europa. Escribe el historiador Philip Hughes: “Los dominicos sufrieron tan duramente, que habían de transcurrir sesenta años para que volviesen a constituir una fuerza. Newman, en 1846, pudo hablar del ideal de los dominicos como de algo magnífico, pero desgraciadamente fenecido” 

2. LA RESTAURACIÓN DOMINICANA

Con la caída de Napoleón, se dio el comienzo a la restauración de las provincias de la Orden de Predicadores que no habían sido aniquiladas y al tímido nacimiento de algunas nuevas. Las provincias hispanoamericanas se habían debilitado y disminuído, pero aún se conservaban. Debían adaptarse a los nuevos regímenes liberales, reemplazos de la monarquía absoluta. Esta adaptación, sin embargo, no fue fácil, dada la división propiciada por el proceso revolucionario: frailes monarquistas reaccionarios, frailes liberales, frailes neutrales…, unos u otros, a su vez, divididos entre observantes y beligerantes, frailes soldados, que habían empuñado las armas en uno u otro bando. Era muy difícil reconciliar a frailes críticos, pero pacíficos y respetuosos de la costumbre conventual, con frailes neutrales y con frailes de charretera y de espada, que se colgaba en una percha para entrar a coro. Esa tipología conventual no favorecía la convivencia cotidiana. El espíritu comunitario, que supera las diferencias, se había venido perdiendo por las dispersiones y la obligada vida privada, que forzaba a buscar medios de vida propios. Situaciones semejantes se dieron en muchos conventos europeos.

 

Según el historiador dominico norteamericano William A. Hinnebusch, “tres hechos dieron a la Orden de Predicadores la esperanza de un futuro mejor. El primero fue la partida de cuatro dominicos ingleses a los Estados Unidos en 1804, bajo la dirección de Eduardo Domingo Fenwick… La segunda esperanza fue la toma de hábito de Enrique Lacordaire, el famoso predicador de Notre Dame… El primero de octubre de 1850, Pío IX ofreció a la Orden el tercer motivo de esperanza al nombrar Vicario General a Vicente Jandel uno de los primeros discípulos de Lacordaire”. 

3. HENRI DOMINIQUE LACORDAIRE

Henri Lacordaire, joven abogado, más tarde sacerdote de la diócesis de París, y, finalmente restaurador de los dominicos en Francia, echó a andar un modelo dominicano adaptado a su época revolucionaria, que se extendió prácticamente a toda la Orden.  Había nacido en 1802, cuando el Imperio de Napoleón pretendía superar la anarquía y consolidar la herencia de la Revolución Francesa. Para llevarla al resto de Europa. Aunque de familia católica, Henri se formó en el ambiente laicista y escéptico tanto del Liceo de Dijon como de la Facultad de Derecho de la Universidad de París. Voltaire y Rousseau eran sus autores preferidos. 

Poco después de iniciar el ejercicio de la abogacía, en 1824 ingresó al Seminario y, ya ordenado sacerdote, se puso en contacto con el Obispo de Nueva York para radicarse en Estados Unidos; pero estalló la revolución de 1830 en París y creyó llegada la hora de la Providencia, pues todo parecía favorecer a los católicos dentro y fuera de Francia. Debía quedarse en su patria. 

El inteligente y prestigioso abate Félicité Robert de Lamennais (1782-1854), que venía combatiendo por las libertades de la Iglesia (bajo la divisa: “Dios, la Iglesia, la libertad”), atrajo poderosamente al joven Lacordaire, y, junto con él, al abate Gerbert y el noble Montalembert. Tres sacerdotes y un laico formaron equipo y fundaron “L’Avenir”, un gran periódico en que colaboraron Victor Hugo, Chateaubriand, Lamartine, Alfredo de Vigny, Maurice Guérin, y que logró las simpatías de Saint-Beuve, Michelet y Balzac. El programa del periódico era atizar un “liberalismo católico”. Si la palabra “libertad” no gozaba de acogida en Roma, los muchachos de “L’Avenir” querían cristianizar el término. Pronunciar la palabra “libertad”, especialmente entre “zelanti” romanos, sonaba a Revolución francesa, que había destruido el orden social milenario y había perseguido la religión y a sus representantes.

¿Qué se entendía por “liberalismo” hacia 1830? Confianza en el valor de la libertad en los aspectos humanos claves: forma política: parlamentarismo, sufragio universal (democracia); doctrina económica: laissez-faire, laissez passer; inspiración social: individualismo revolucionario y libertad de asociación; exigencias morales: libertad de pensamiento, libertad de conciencia, responsabilidad individual; exigencias religiosas: soberanía de lo espiritual, ningún poder temporal entre el hombre y Dios… 

Los redactores de “L’ Avenir” no cayeron ciegamente en el “libertarismo” sin límites. Afirmaron que la verdadera libertad debía ser salvaguardada por Dios. Así, la Iglesia podría convertirse en garantía de libertad. “El mundo regenerado por la libertad, y la libertad regenerada por Dios” 

Este era el programa del equipo de “L’ Avenir”: “La parte espiritual de la sociedad debe ser completamente independizada del poder político. En consecuencia: 

1. La libertad de conciencia y de culto debe ser total, de tal forma que el poder no se inmiscuya de ningún modo y bajo ningún pretexto en la enseñanza, la disciplina y las ceremonias del culto.

2. La libertad de la prensa no puede ser obstaculizada por ninguna medida preventiva bajo cualquier forma en que se efectúe dicha medida.

3. La libertad de enseñanza debe ser tan completa como la libertad de culto, de la que forma parte esencial, puesto que ella no es como ésta, más que una forma de la misma libertad de la inteligencia y de la manifestación de las opiniones.

4. La libertad de asociaciones intelectuales, morales, industriales reposa sobre los mismos principios y debe ser sagrada por los mismo títulos.” 

“L’Avenir” exige la separación de Iglesia y Estado; no concede legitimidad a los concordatos ni al derecho del Estado a intervenir en nombramiento de obispos. No admite que el poder intervenga sin límites en asuntos espirituales: ni en control de ideas, ni de cultos, ni de conciencia, ni en la enseñanza, ni en la libertad de prensa. El Estado no tiene competencia para elegir la orientación espiritual de la nación: es asunto de la comunidad espiritual, cuya cabeza es el Papa. “L’ Avenir” reclama la libertad de asociación para la recuperación de las órdenes religiosas y los gremios de oficios, aun con derecho de huelga. En asuntos internacionales, proclama el derecho de los pueblos a la libertad, rechazando la política de la Santa Alianza. 

Reaccionan unidos los príncipes, los obispos y no pocos adversarios de Lamennais, que influyen para dejar sin apoyo el periódico. Los redactores acuden a Roma a pedir una posición clara contra los detractores. Gregorio XVI no se pronuncia inmediatamente, en aparente respeto al generoso equipo de “los peregrinos de Dios y la libertad”, pero en 1832 la encíclica “Mirari vos” equivale a una censura. Lamennais, sumiso al principio, terminó por abandonar la Iglesia. Sus discípulos y compañeros se someterán. 

Con el fracaso de “L’ Avenir” y la ruptura con Lamennais, Lacordaire quedó solo y sin rumbo algún tiempo. Se presentó al Arzobispo de París, que lo nombró capellán y más tarde, en 1833, lo encargó de las conferencias a los colegiales de San Estanislao, de París. Descubrió su sintonía con los jóvenes y su vocación de predicador. Éxito rotundo. Pero fue acusado de republicano exaltado y liberal, y el Arzobispo suprimió las conferencias. Sin embargo, recapacitó y lo encargó de las conferencias de Nuestra Señora de París. El orador se especializó en asuntos apologéticos, en los cuales fe y razón, historia y coyuntura se daban la mano. Si la Revolución había explotado la zona obscura de la Iglesia, él exaltaba la zona luminosa. Al cabo de dos exitosos años, en 1836, inesperadamente, renunció a las conferencias y marchó a Roma. Allí se dedicó a estudiarse a sí mismo y a reflexionar sobre las necesidades de la Iglesia en el seno de las sociedades liberales fruto de la Revolución.

Le “parecía claro que, desde la destrucción de las Órdenes religiosas, (la Iglesia) había perdido la mitad de sus fuerzas. Veía en Roma los restos magníficos de esas instituciones fundadas por los más grandes santos.”  Paseando por la ciudad y orando en sus basílicas, se persuadió de que el mayor servicio a la Iglesia era hacer algo por la restauración de las Órdenes. Creyó que debía escoger alguna, aunque le asustaba el voto de obediencia. Había sido formado para la libertad. Finalmente se resolvió a escoger entre los jesuitas y los dominicos; pero como la Compañía ya había vuelto a Francia, se dedicó a estudiar a Santo Domingo y la historia dominicana. En 1837, regresó a Francia y consultó a sus amigos, que no estuvieron de acuerdo. Pero a comienzos de 1839 regresó a Roma a tomar el hábito con dos compañeros, después de dirigir a la opinión pública francesa una “Memoria para la restauración de la Orden de Predicadores en Francia”, en 5 capítulos: 1. Las órdenes religiosas en el Estado: su legitimidad; 2. La Orden de Predicadores: razones para su restauración en Francia; 3. Frailes predicadores, frailes misioneros; 4. Los frailes predicadores doctores; 5. los Predicadores pastores, artistas, santos. Y cierra el último capítulo con el elogio que Dante hace en la Divina Comedia (Paraíso, canto XII) de la Orden. La “Memoria” fue enviada a todos los diputados del Parlamento y de la Cámara de los Pares. La opinión se manifestó favorable.

Tomó el hábito dominicano en el Convento de Santa María Sopra Minerva. Cumplido el año de noviciado, regresó a Francia como fray Henri Dominique Lacordaire, O.P. Revestido con el hábito blanquinegro, que no se veía en París desde hacía medio siglo, reanudó en 1841 las Conferencias de Notre Dame. Al regresar al púlpito con otro atuendo, pensaba  fray Henri Dominique: “¿Qué va a decir el gobierno, el pueblo y la prensa cuando se vean confrontados con la aparición sangrienta de un monje de la Inquisición?” . Entre quienes conocían su intención de restaurar la Orden de Predicadores en Francia, algunos —escribe— “no veían en la Orden de Santo Domingo sino un instituto decrépito, vaciado en las ideas y formas de la   Edad Media, impopular por la Inquisición, y me aconsejaban en caso de probar fortuna, que crease algo nuevo” . 

En el capítulo 2 de la “Memoria” explica por qué eligió precisamente esa Orden impopular: “Si me preguntan por qué he preferido la Orden de Predicadores, responderé que es la más conforme a mi naturaleza, a mi inteligencia, a mi fin; a mi naturaleza, por su gobierno; a mi inteligencia, por sus doctrinas; y a mi fin, por sus medios de acción, que son principalmente la predicación y la ciencia sagrada… He escogido la Orden que mejor sienta a mi espíritu y donde espero que me irá mejor, sin defraudar a ninguna del amor y respeto que debo a todas… Si Dios me concediese el poder de crear una Orden religiosa, estoy seguro de que, tras muchas reflexiones, nada descubriría de nuevo, más adaptado a nuestro tiempo y a sus necesidades que las Constituciones de Santo Domingo. Sólo tienen de antiguo su historia; y en verdad, no vería yo motivo para torturar la inteligencia por mero gusto de ser de ayer” .

Antes de viajar a Roma en 1836, al ser acusado de fomentar el desprecio y desobediencia a las leyes vigentes, debió defenderse como abogado en memorable audiencia: “Permitidme alegrarme, pues nunca conocí mejor la libertad que el día en que recibí, con la unción sagrada, el derecho de hablar de Dios. Entonces se abrió ante mí el universo, y comprendí que había en el hombre algo inalienable, divino, eternamente libre: la palabra. Se me confiaba la palabra sacerdotal, y se me decía que la llevase hasta los confines del mundo sin que nadie tuviese derecho a sellar mis labios un solo día de mi vida” .

Lacordaire se esforzará toda su vida por actuar en coherencia con la etimología de su apellido: “lacordaire” = el que acuerda, el que pone de acuerdo partes distintas. Estaba persuadido de que el mal de su siglo era el desacuerdo entre fe y libertad. Explica Pierre Baron, O.P.: “De manera general, o se es creyente con el clero y la mayoría de la nobleza, y se estima que la libertad es un peligro para la fe, la autoridad del rey y la salvaguarda del Estado; o se es liberal, descreído y anticlerical, con la mayoría de la burguesía, heredera espiritual de los Enciclopedistas y de la Revolución.”  Frente a esa oposición entre los dos campos, Lacordaire se siente con vocación conciliadora. No, la fe y la libertad no son enemigos irreconciliables, sino aliadas naturales: la fe no es exclusiva de clero y nobleza, ni la libertad es propiedad de la burguesía. Más allá de los intereses de quienes buscan privilegios, la fe y la libertad se necesitan e interfecundan. La fe no se concibe sino en hombres libres; y la libertad adquiere nuevas dimensiones gracias a la fe, que abre a la trascendencia. 

“Liberal impenitente”, como se autocalificaba, Lacordaire impulsará en todas sus empresas el “liberalismo católico”: separación de Iglesia y Estado, liberación del Pontificado de tareas políticas y administrativas en los Estados de la Iglesia, libertad de conciencia, libertad de opinión, libertad de prensa, libertad de enseñanza, reconciliación de la  Iglesia con el mundo surgido de la Revolución francesa,… No obstante, consideraba que las libertades no favorecían a todos, sino sobre todo a quienes gozaban de libertad económica y social. La autoridad debía intervenir para proteger a los marginados (no propietarios): “entre la libertad y la autoridad, la libertad favorece a los ricos, y la autoridad a los pobres”. Pero no sólo la autoridad debía intervenir: la propiedad, fruto del trabajo, era una función social y los propietarios eran administradores con responsabilidades y deberes, sin derechos ilimitados.  

Aunque seguidor de Rousseau desde su formación jurídica, se consideró libre para leer con entusiasmo a Santo Tomás y hacerse tomista creativo, sin asumir posturas dogmáticas o excluyentes. Convencido de la centralidad del estudio y la vida intelectual en el proyecto dominicano, pedía ponerse al día en los saberes fundamentales, pero sin descartar “la ciencia de que la  Orden es depositaria y que ha recibido del Doctor más completo que Dios haya dado a su Iglesia. La Doctrina de Santo Tomás de Aquino es la savia que circulando por las venas de la Orden le conserva su poderosa originalidad.” 

A pesar de los obstáculos —la hostilidad permanente de los círculos burgueses conservadores, de la nobleza legitimista y los liberales anticlericales—, fundó varios conventos dominicos que comenzaron a atraer vocaciones (Nancy, Chalais, Flavigny, París).

Consagrado a su tarea de Provincial (desde la restauración formal el 15 de septiembre de 1850), continuó las fundaciones (Oullins, Toulouse, Sorèze, Dijon) y la restauración de Saint-Maximin, e impulsó la educación católica, mediante la creación de colegios y la fundación de una comunidad de dominicos educadores (“Tercera Orden de Santo Domingo de la Enseñanza”). En el “proyecto educativo” destinado a esa rama de la Orden, escribía como aserto central: “En nuestra época de crítica e investigación lo decisivo es lograr transmitir a la juventud una fe firme basada en una formación histórica y filosófica sólida” . En 1850, su amigo Montalembert había logrado la promulgación de la ley de libertad de enseñanza. A la  Lacordaire la habría gustado que la Provincia aprovechara la oportunidad de multiplicar instituciones educativas; pero comprendió que no era la tarea primordial de la Orden y que tal obra exigía personas, no sólo con dotes y gusto por la pedagogía, sino preparadas para ello. Eso lo convenció de la necesidad de la “Congregación de Terciarios Educadores”, que existieron como rama autónoma hasta el siglo XX, cuando se fusionaron.

Después de trece intensos años de vida dominicana, Lacordaire recibió del recién nombrado Vicario General de la Orden, su discípulo Vicente Jandel, la solicitud de preparar un informe sobre la situación de la Orden (aún en decadencia generalizada), y sobre los remedios para impulsar la restauración en todo el mundo. Fray Henri Dominique, con la madurez de los cincuenta años, redactó entonces su “Memoria para la restauración de la Orden de Predicadores en la  Cristiandad”, firmada en Flavigny el 18 de abril de 1852. Comenzaba: “Desde el día en que Dios me hizo la gracia de vestir el hábito del glorioso Patriarca Santo Domingo, no he cesado de reflexionar sobre las causas y sobre los remedios de la decadencia en que ha caído su Orden; decadencia profunda, y tanto más impresionante y dolorosa, cuanto que contrasta con los recuerdos de una grandeza, que ninguna otra Orden ha superado” . Y continúa párrafos después: “Cuando se mira al pasado, queda uno sobrecogido de admiración; cuando se mira al presente, queda uno pasmado de estupor… En el presente no hay más que ruinas, silencio y desolación… la vida regular ha desparecido, salvo en un pequeño número de casas que han renacido… los predicadores y los escritores son raros; los santos desconocidos. La vida está debilitada en todas partes en tal grado que parece presagiar la muerte…” 

La nueva “Memoria” se divide en dos partes: la primera, sobre las causas de la decadencia; la segunda, sobre los remedios a la decadencia. Entre las primeras, señala la dificultad de armonizar y equilibrar vida monástica (medio) con vida apostólica (fin) y el estudio a su servicio, lo cual exigió la “dispensa”, que se prestó a abusos. La peste del siglo XIV; la disminución de vocaciones por la proliferación de nuevas familias religiosas, etc. Entre los remedios, expone los principios del restablecimiento de la Provincia de Francia: mantenimiento de las Constituciones en lo esencial: “la salvación de los hombres como fin, la doctrina y la predicación como medios principales, las observancias monásticas como medios subordinados, y la jerarquía electiva como medio de gobierno”[16]; mitigar ciertas observancias accidentales, ampliar la dispensa extraconventual; planificar el trabajo comunitario en horarios precisos, etc. El Capítulo Provincial de Francia de mayo de 1852 hizo suya esta “Memoria”, aunque respetando la posibilidad de discusión en puntos aplicables a los franceses. 

Después de la  Revolución de 1848, que estableció la República, Lacordaire —demócrata liberal de “centro”—, fue elegido diputado para la nueva Asamblea legislativa; pero a poco tiempo renunció a su escaño, cuando vio que las masas exaltadas irrumpieron al recinto; lo que le hizo pensar en la reacción de péndulo que podría acelerar el antirrepublicanismo, con la consiguiente restauración absolutista. Seguía convencido de lo que había afirmado en 1831: “La libertad se toma, no se da”, pero temía al capricho y a la violencia. Sin embargo, en 1848, con varios católicos sociales, entre ellos el laico dominico Federico Ozanam, co-fundó L´Ère Nouvelle (La Nueva Era), publicación encaminada a enfatizar la centralidad de la justicia social frente a la limosna espontaneísta. El primer director fue precisamente Ozanam. 

En febrero de 1861, 10 meses antes de morir, fue elegido para la Academie Française, ocupando la sede de Alexis de Tocqueville, su fallecido predecesor. Al morir, el magnífico Restaurador no sólo había hecho reconocer el hábito dominicano en los tres centros de la vida religiosa, política e intelectual de Francia: Notre-Dame, la Cámara de Diputados y la  Academia Francesa, sino que había restablecido la Orden en sus líneas esenciales y de acuerdo con las tradiciones más auténticas. Y la había restablecido, no para conservar o repetir el pasado, sino para continuarlo innovando y cambiando, al ritmo de los cambios que el crecimiento humano va señalando, como fuerza de vanguardia. Pero había, como condición, fomentar una vida intelectual atenta a los “signos de los tiempos”.

Frater Alberto CÁRDENAS PATIÑO, Priorato Jordaniano 

Frater Carlos CÁRDENAS, Secretario

Fraternidad Laical Jordán de Sajonia, viernes, 28 de julio de 2017

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