In memorian: Fray Luis Carlos PEREA SASTOQUE, O.P.

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Alegrando y contagiando con esa carcajada que irrumpía el sacro silencio del claustro del convento de Santo Domingo.

Por: Fray Ricardo Ernesto Torres Castro, O.P.

¿Quid dicis perea? ¿Qué dices desde allá? … ¡mamita mamita! ¡Quid dicis perea! ¡Pregúntele a su abuelita! Risas y más risas…

Conocí al padre Perea en Tunja, él era el maestro del prenoviciado y el encargado del templo que posteriormente fue parroquia. Vivian allí los padres cubillos y Alarcón. Impactaba no solo la alegría de estos tres tenores de la vida dominicana, sino la amistad y fraternidad de tres viejos observantes y queridos en la ciudad. Particularmente, el Padre Perea se destacaba por su blanca cabellera y por estar siempre rodeado de jóvenes. El primer contacto que tuve con él fue en la Navidad de 1993. Pereita, como común mente los frailes le decíamos, organizaba un coro de villancicos, que, con el acompañamiento de Guillermo Pachón en la guitarra, todos los días, del 15 al 24 ensayaba en las mañanas para hacer su presentación en la misa de 6 de la tarde en el templo. Los ensayos eran particulares, Perea por un lado, Guillermo intentando seguirlo y cuando se veía perdido se oía lo que más vamos a extrañar de él, su singular carcajada! Ay mamita me perdí! Y Guillermo con una broma volvía a empezar.

Los niños que asistíamos al coro de villancicos nos fuimos acercando a él, de este grupo hoy somos 3 sacerdotes y una religiosa. Muchos de mi generación lo recuerdan con veneración, sienten, como yo, un alto grado de estimación y sé que siempre lo llevaremos en nuestra memoria. Los amigos de mi niñez salieron de este grupo, aun hoy recordamos los buñuelos y el regalo que el Padre Perea nos daba la noche de Navidad.

Recuerdo que un día yo le pregunté si podía ser acólito. Con un sí rotundo me llevo a la sacristía y me puso un hábito dominicano a mi medida y me explico en el altar del templo que era lo que tenia que hacer. Cubillos que era el superior estuvo de acuerdo, dijo con mucha gracia, este es el chinito que Nerón, su consentido y bravo perro, mordió. En realidad, mi primer toma de habito fue de manos de Perea, desde ese momento la orden se encarnó en mi vida y como usualmente él mismo decía, el perro de Santo Domingo, no Nerón, me mordió. Las generaciones de prenovicios después del 93 me conocieron, aún hoy algunos recuerdan al niño gordito que era acólito; recuerdo a aquellos que acompañaron a Pereita como socios, fr. Aldemar Valencia, fr. Ferdinando Rodríguez, fr. Eduardo González y fr. Mauricio cortés. Sé que ellos como yo y muchos de esta provincia hoy sentimos su muerte, tenemos presente sus carcajadas y lo guardamos en la memoria.

Me atrevería a decir que cada miembro de esta provincia, cada profeso tiene hoy una historia que contar de Pereita. Hay un sentimiento común en todos, sé que al enterarnos de su muerte se mezclaron las lagrimas con la risa. Creo, que todos sentimos afecto, cariño, cuidado por este hombre que ha dejado una huella en la vida de esta provincia. Formador, educador, latinista, apóstol de las juventudes. Siempre joven, siempre alegre. En su funeral, la presencia de los frailes demostraba quién fue Pereita, el afecto que esta provincia le tiene a su memoria y los recuerdos que cada quien puede contar.

Se despidió Perea en medio de sus grandes amores: la Eucaristía y su sacerdocio, la Orden y sus amados frailes, su convento de Santo Domingo y su colegio Jordán de Sajonia, su familia y sus amigos.

¿Quid dicis Perea? ¡Ay mamita! ¡Vaya y le pregunta a su abuelita!