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Julio 25 - 17º Semana Tiempo Ordinario - Verde
El Padrenuestro
Por: Fray José Ma. Prada Dietes, O.P.

Alguna vez los discípulos de Jesús observaban a su Maestro en su actitud orante. Quedaron impresionados, de su recogimiento; estaba transformado, tal vez con los brazos en alto y los ojos dirigidos al cielo. Sus discípulos querían hacer lo mismo, imitarlo pero no sabían qué cosas decirle a Dios. Fue entonces cuando alguien, seguramente Pedro, como de costumbre, en nombre de los otros, dice a Jesús: “Señor, enséñanos a orar, como Juan Bautista enseñaba a sus discípulos”.

Sus discípulos querían tener una oración salida de los labios de Jesús. Esta fue una feliz idea y nada más oportuno que él les enseñara a decir a su Padre, cómo y  qué era lo que le agradaba. Jesús, que proclamaba el reino de los cielos, el hecho salvador, que abría nuevas esperanzas a los hombres, debía trasmitir una oración que llevara a los hombres a ese reino.

Y Jesús no se hace del rogar. Su oración comienza con la invocación: Abba, Padre, que significa Padre querido, papacito. Trata a Dios como los niños hebreos a sus papás. Jamás un judío se dirigía a Dios con esta palabra: Abba  Era como una blasfemia; era traspasar los límites del respeto a Dios. Pero con esto demuestra Jesús, que él tiene una singular relación con su Padre del cielo, una gran familiaridad y quiere que nosotros hagamos lo mismo. Su Padre querido es también nuestro padre y todos nosotros somos hermanos, pertenecemos a una misma familia, en la que Jesús es el “primogénito entre muchos hermanos”

“Santificado sea tu nombre”. Esto no es un deseo sino un ruego. Dios se santifica cuando hace participantes de su santidad a las criaturas, cuando se manifiesta como padre, cuando se revela a los pequeños, cuando alborea en el mundo el reino de Dios, cuando tiene misericordia y perdona al pecador.

“Venga tu reino”. Esta oración va estrechamente unida a la anterior. Esta es la petición fundamental del Pater,  porque la doctrina del reino de Dios es el centro de la predicación de Jesús. El reino de Dios es lo mismo que el señorío de Dios sobre las criaturas. El señorío de Dios empezó cuando el Verbo se encarnó en las entrañas de la Virgen. Aquí se inició el año de gracia del Señor, que después anunció en la sinagoga de Nazaret. Cuando se establezca plenamente en el mundo el señorío de Dios, desaparecerá para siempre el reino de Satán.

“Danos el pan de cada día”. Todos nosotros vivimos ahora en un período intermedio entre la primera y la segunda venida del Señor. Ese es tiempo de angustia, de carencia de lo necesario para la vida material y espiritual. En la segunda venida del Señor, desaparecerá toda aflicción. En el pan que le pedimos a Dios está incluido todo lo necesario para la vida en la tierra: alimento, vestido, hogar, pero sobre todo, los bienes sobrenaturales: los sacramentos, principalmente el Espíritu Santo; con él vienen todas las riquezas del cielo. El Espíritu Santo hace que la palabra de Dios produzca mucho fruto en nuestras almas.

“Perdona nuestros pecados”. Todos somos pecadores; el pecado es la ofensa directa a Dios; por lo tanto, él es el único que nos puede perdonar. Pero mientras estemos en este mundo, es tiempo de salvación, de perdón y misericordia, proclamado por Jesús. De ahí la confianza que debe inspirarnos esta petición. Y el gozo de Dios en perdonar: este es un rasgo fundamental de la proclamación del reino de los cielos. Pero antes ponemos la condición a Dios: porque nosotros también perdonamos las ofensas de nuestro prójimo. Y Dios también nos pone esta condición: “Sed misericordiosos como el padre celestial es misericordioso”

“No nos dejes caer en la tentación”. El espíritu maligno, siembra siempre la cizaña en nuestros corazones. El es el autor de toda rebelión contra Dios y está detrás de cada pecado. Decía una mujer en una toma guerrillera, que cuando entraron esos “malvados” a su pueblo destruyendo y matando, parecían demonios. De ahí la necesidad de la oración, de estar despiertos, de acudir constantemente a Dios. Los demonios temblaban ante la presencia de Jesús. El tiene todo el poder de librarnos de las tentaciones.

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