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Marzo 6 - IX Domingo Tiempo Ordinario
no el que dice Señor, Señor..
Por: Fray José Ma. Prada Dietes, O.P.

Decir Señor, Señor, no es malo en sí, es necesario, pero a la  confesión de labios deben corresponder las obras (TOB). “No todo el que dice  Señor, Señor, entrará el reino de los cielos...”.Esta es una severa advertencia contra todos aquellos que  quieren hacer de la vida cristiana algo fácil, sin caer en cuenta las exigencias del Sermón de la Montaña al que se le da el remate con este evangelio que acabamos de leer. Si queremos entrar al reino de los cielos, debemos tener una fidelidad a la Ley,  mucho mayor que la de los escribas y fariseos, nos lo  había dicho en el Señor.

Si queremos salvarnos, nunca hay que perder de vista  que hay que hacer  voluntad de Dios, que está expresada en los diez mandamientos, interpretados por Jesús a lo largo del Sermón de la Montaña. Ahí nos enseña claramente qué es lo que debemos hacer, qué es lo que debemos evitar, qué es lo que a Dios le agrada o desagrada, en síntesis,  hacer el bien y evitar el mal. Si nos contentamos con decir sí a la voluntad de Dios y no traducimos ese sí en obras, nos perderemos. Recordemos la parábola aquella de los dos hijos: al uno su padre le encomendó una tarea y dijo sí, pero no la hizo luego; al otro le encomendó el mismo trabajo y dijo no, pero luego se arrepintió y lo hizo. Este último fue el que hizo la voluntad del padre y no el otro. Y lo que dice en san Lucas 6,46-49:¿”Por qué me lamáis: Señor, Señor, y no hacéis lo que os digo?. Todo el que venga a mí y siga mis palabras y las ponga en préctica…es semejante a un hombre que edifica una casa sobre roca…”

 En aquel día, es decir, en el último juicio, le dirán al justo juez: en tu nombre hemos curado enfermos, resucitado muertos, curado leprosos, hemos arrojado demonios, resucitado muertos, hemos predicado, hemos bautizado, celebrado matrimonios, perdonado pecados, celebrado muchas Eucaristías, es decir, hemos hecho las mismas obras que tu hiciste y con tu poder, pero movidos por nuestro propio capricho y no según la voluntad del Padre que está en los cielos. Es decir, hemos actuado como  lo hacen los profesionales mundanos, lucrándonos de estos servicios, sin tener en cuenta el cumplimiento o no de  la voluntad del Padre.

La sentencia del juez es de una violencia inaudita:  “jamás os conocí; apartaos de mi, agentes de iniquidad”.El señor, antes de darles el poder de hacer estas cosas a sus discípulos, los invita a convivir en su intimidad, a ser testigos de sus obras, a escuchar sus palabras. El apóstol debe ser la misma persona de Jesús. El Señor está presente en su mensajero. Cristo tiene que estar en la v ida personal de su apóstol como lo está en su cargo. El mensajero debe tener un conocimiento amoroso de Jesús, una íntima familiaridad con él.

Los mensajeros que serán desaprobados y condenados por el justo juez, no se identificaron completamente con el Señor en la vida terrena y sus motivaciones pastorales fueron más bien personales sin tener en cuenta, principalmente la voluntad de Dios. Como en su vida y en sus actividades hubo siempre un divorcio con Dios, él ahora los desconoce. Por ahora la frase del salmo 6,9, se convierte en veredicto judicial. Como no demostraron con sus obras el amor de Dios y al prójimo y obraron ante todo por egoísmo, el Señor ahora los desconoce y los rechaza.

En el Antiguo Testamento los falsos profetas fueron siempre la pesadilla de los auténticos profetas (Jer 23 y Ez 13). Lo mismo que los falsos doctores en las primeras comunidades cristianas. El criterio de discernimiento es clara: por los frutos los conoceréis (SChökel)..

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