Febrero 28 - 2º Domingo Cuaresma - Morado
Transfiguración
Por: Fray José Ma. Prada Dietes, O.P.
Entre los judíos, la fiesta de los Tabernáculos se llamaba la fiesta de las “cosechas” porque en esa fecha se empezaban a recolectar los primeros frutos de la tierra y se ofrecían las primicias en el templo. Esta era una fiesta bulliciosa y alegre en que se exaltaba el nacionalismo judío y se caldeaban las esperanzas en la inminente llegada del Mesías que debía liberar a Israel del yugo humillante de los romanos.
Jesús escapó con sus tres íntimos de esta excitante celebración, superando la tentación de la gloria mesiánica y de la violencia de los extremistas judíos. Por otra parte, debía recibir directamente de Dios, su confirmación como Mesías, pero como un Mesías doliente y humilde que debía pasar por la cruz. Y tenía que curar de antemano a sus discípulos del escándalo de la cruz. Los discípulos no podían soportar un Mesías crucificado y muerto en una cruz como un “maldito”, como dirá más tarde san Pablo.
El Maestro, con el que habían vivido durante tres años sus discípulos, exteriormente era un hombre como los demás palestinos de su época. No era ni más grande ni más pequeño; con el color bronceado de la piel, como correspondía a los habitantes del desierto; con ojos tal vez castaños; con las mismas necesidades y flaquezas humanas, menos el pecado. Era tan parecido a sus discípulos, que Judas, para identificarlo en el huerto, tuvo que dar una señal:: “Aquel a quien yo besare, ese es”. Sin embargo, en su interior, se diferenciaba substancialmente de los demás hombres porque era el Verbo de Dios encarnado, era Dios y hombre. Pero esto era una realidad oculta, un misterio que solamente se descubría por revelación del Padre, como se lo dijo a Pedro. Ni siquiera los demonios llegaron a saber a ciencia cierta quien era, porque de lo contrario, no lo hubieran llevado a la cruz porque allí sufrieron su derrota.
En la transfiguración mostró Jesús a sus discípulos, por un instante, su verdadera personalidad, su gloria, su belleza divina, oculta hasta esos momentos en su humanidad. Su rostro brillaba como el sol y sus vestidos blancos como la nieve. Allí aparecen también Moisés y Elías para presentarlo como el Mesías, mucho más poderoso que ellos y al que habían anunciado tantos años antes. Le hablaban de su próxima muerte ignominiosa. En ese instante, una nube densa lo cubrió como fue cubierta el arca de la alianza, como signo de la presencia de la divinidad. Y así lo entendieron los tres discípulos al arrojarse sobre la tierra, temblorosos por la cercanía de Dios.
Esta revelación fue confirmada por el Padre celestial: “Este es mi Hijo muy amado, escuchadle””. Con estas palabras, el mismo Padre da testimonio de la mesianidad de su Hijo. Ese hombre que verán traicionado, sentenciado, azotado, coronado de espinas, escupido, llevando la cruz a cuestas hacia el calvario y muerto en la cruz, ese era el Hijo de Dios.
Estos tres discípulos, Pedro, Santiago y Juan, se volverán a encontrar solos con Jesús, en el huerto de Gepsemaní, tan desconcertados como lo están ahora. Entonces no entenderán absolutamente nada. Se olvidaron totalmente de la epifanía del monte. Solamente después de la resurrección de Jesús, empezarán a entender estos misterios; y es que los misterios de Jesús, sólo se podrán entender a la luz de la pascua y con la fuerza del Espíritu Santo.
El Padre celestial, en la Transfiguración, nos dicta todo el programa de nuestra vida: “Este es mi Hijo muy amado, escuchadlo”.. Yahveh es un Dios que habla mientras que los ídolos son mudos, dice el salmo ( 25, 6). Y Dios nos ha hablado en estos últimos tiempos por medio de su Hijo (Hb 1, 1). Y sus palabras son espíritu y vida eterna ( Jn 6, 63 ). En adelante, los hijos de Dios, deben vivir permanentemente de la de la Palabra divina. Este debe ser el programa de su vida.
No olvidemos, además, que la transfiguración de Jesús, es el preludio de nuestra futura resurrección y de nuestra futura gloria. Jesús no fue tentado solo, no se transfiguró solo, no fue crucificado solo, ni resucitó solo, ni entró solo a la gloria; él es la cabeza del cuerpo místico y nosotros sus miembros, como dice san Agustín. Cuando recibimos el bautismo, recibimos ya en germen la vida divina, como una chispa de inmortalidad, que se va desarrollando a través de nuestra vida. Pero esa vida divina, está oculta también bajo los velos de nuestra humanidad. Cuando pasemos por la cruz y por la resurrección, brillaremos como el sol en el reino de Dios, como dice el Apocalipsis. |