Marzo 21 - 5º Domingo Cuaresma - Morado
La mujer adúltera
Por: Fray José Ma. Prada Dietes, O.P.
Este episodio no se encuentra en los originales más antiguos del evangelio de san Juan, tal vez por la dificultad en admitir la actitud de perdón de Jesús con una mujer adúltera. La disciplina de los primeros cristianos era muy estricta al respecto. Pero la historicidad de este episodio está fuera de dudas.
Según los evangelios de san Mateo, Marcos y Lucas, en la semana de pasión, vísperas de su muerte, Jesús pasaba las noches en el monte de los Olivos y los días en el templo, enseñando.
Los escribas y fariseos eran los encargados de cuidar de la moralidad del pueblo y así se explica que al encontrar esta mujer cometiendo adulterio, la hagan tomar presa y se propongan apedrearla, como lo mandaba la ley de Moisés. Al pasar cerca del templo con su víctima, se dieron cuenta que Jesús estaba predicando en el atrio de los gentiles, como era su costumbre y aprovecharon la ocasión para tentarlo. Muchas veces lo habían visto acogiendo a los pecadores y lo habían oído hablar sobre la necesidad de perdonarlos. Pero si perdonaba a esa mujer, lo acusarían de no respetar la ley de Moisés y entonces sería el mismo pueblo que lo rodeaba el encargado de condenarlo.
El libro del Levítico 20, 10 y el Deuteronomio 22,22, atribuidos a Moisés, mandaban que mujer casada o virgen prometida en matrimonio, sorprendida en adulterio, debiera morir estrangulada o apedreada. Jesús se encontraba, pues, en un callejón sin salida.
Jesús se niega a pronunciar sentencia. Se hace el indiferente; escribe en el suelo como acostumbraban los maestros. Los acusadores lo urgen para que dé alguna respuesta. San Jerónimo, un autor famoso del siglo III dice que tal vez escribía, a vista de todos, los pecados de cada uno de los acusadores. Entonces Jesús levanta la cabeza y pronuncia esa frase lapidaria que se conoce en todo el mundo: “El que esté sin pecado que tire la primera piedra” Estos, al verse descubiertos, empezaron a desfilar uno por uno, empezando por los más viejos. Por lo tanto, no eran competentes para juzgar y menos para condenar a nadie.
El Maestro se queda solo con la mujer, más muerta que viva, porque estaba al borde de la muerte y de una muerte tan cruel. Jesús se levanta y le pregunta a la mujer: ¿“Dónde están tus acusadores?, ¿Ninguno te ha condenado? Ella contestó: “Ninguno, Señor” Y Jesús dijo: “yo tampoco te condeno. Anda y en adelante no peques más”. Ellos habían desaparecido como por encanto. Eso prueba que sus acusadores eran mucho más pecadores que la mujer, empezando por los celosos ancianos, esos prepotentes y pervertidos maestros de Israel. Así de podrida estaba esa clase de dirigentes del pueblo de Dios. Y estaban en vísperas de caer en el crimen más atroz que haya cometido un ser humano: crucificar al Verbo de Dios hecho hombre.
Y el Señor le responde a la mujer: “Pues yo tampoco te condeno Vete y no vuelvas a pecar” Así de fácil perdonó Jesús a esa pobre mujer, que se había revolcado en la inmundicia, tal vez en venganza o por los malos tratos de su marido, tal vez porque no tenía para el sustento diario de ella y de sus hijos, tal vez por flaqueza; nosotros no lo sabemos. Pero Jesús, que vino de parte del Padre a buscar la oveja perdida, ese Padre, que “Que no quiere la muerte del pecador sino que se convierta y viva”, descubrió que esa mujer estaba arrepentida y quería cambiar de vida y eso era lo que le importaba para abrirle la puerta del hogar, para celebrar una cena con los ángeles por el rescate de la ovejita perdida. Así es Dios y él nunca cambia.
Eso mismo es lo que quiere el Señor en este tiempo de pasión: que todos los pecadores vuelvan arrepentidos, no importan sus culpas pasadas; no importa que se hayan revolcado en todo género de pecados e injusticias. La puerta del hogar está abierta, el padre con los brazos abiertos y la cena del Señor ( la Eucaristía ), preparada para que participen todos los pecadores arrepentidos y se purifiquen en la sangre precioso del Señor. |