Jesús, el Saiyajin

marzo 17 de 2019  | Por: Fray RODRIGO RIVERO GUTIÉRREZ; O.P.

En “Dragon Ball”, un manga escrito e ilustrado en Japón desde los años ochentas, se narra la vida de Gokü. Él es un extraterrestre proveniente de la raza de guerreros Saiyajines, quien para defender el planeta tierra debe aplicar varias técnicas de combate contra los enemigos que la acechan. Una de las modalidades de combate más poderosa es la “transformación” en Super Saiyajin, para lo cual Gokü debía concentrar todo su ‘ki’ en un solo punto, mentalizarse de tal manera que su energía y espíritu se focalicen en su interior y, junto a la fuerza del universo, se ‘transforme’ explosivamente en un colosal guerrero, en un Super Saiyajin. Esta técnica de combate la usa tantas veces y la perfecciona a tal punto que logra convertirse en una divinidad de la guerra en defensa de la paz.

En el “evangelio” según san Lucas (5, 43-48), Jesús de Nazaret, sin provenir de una raza de guerreros de otro planeta, aplica la técnica de “transformación” tal cual los Saiyajines lo acostumbraban a hacer. Él ha subido al monte Tabor con algunos discípulos para “transfigurarse” y develarles quién es (el Hijo de Dios, el elegido) y cuál es su destino próximo (una muerte ignominiosa en Jerusalén). Pero debemos tener cuidado de pasar por alto un aspecto que está entre líneas y hace diferente al Nazareno. Y es que aquel mismo que al transfigurarse, cambiándole el rostro de aspecto y las vestiduras tomando una blancura deslumbrante, es quien decide bajar del monte para encaminarse hacia Jerusalén, tomando el camino de la cruz. Acá hallamos lo esencial del acontecimiento e invisible para muchos ojos lectores: Es abajo del monte, crucificado en Jerusalén, donde en verdad se transfigura Jesús, dado que como reo de muerte se descubre el rostro “desfigurado” de la divinidad. Colgado en esa cruz, coherente a sus principios y a su predicación, es donde la divinidad muestra su rostro más humano, más desencarnado. Desfigurado en el madero de la cruz, y no trasluciente en el monte Tabor, es el lugar para contemplar al Dios que ha de reinvidicar al pueblo sufriente, resucitándole.

Jesús, al hacer caso omiso a la petición de Pedro de quedarse en la cima, en la gloria del momento, siguió caminando monte abajo, en busca de otra gloria, la verdadera. Para nosotros, sus seguidores, es relevante esto porque durante la Cuaresma estamos invitados a “convertirnos”, a transfigurarnos como Jesús, pero no en el aspecto de la transformación de los Saiyajines ni como la reluciente aparición de la cima del monte Tabor, sino que nos convirtamos como lo hizo Jesús abajo del monte, en el camino a Jerusalén, en Getsemaní y en el Gólgota, y de esta manera podamos reconocerle a Dios en los rostros desfigurados de la sociedad.

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