Del juez al jardinero

marzo 24 de 2019  | Por: FRAY CRISTIAN MAURICIO LOPEZ, O.P.

La cuaresma es una propuesta de camino para examinar nuestro propio camino de conversión. ¿Por qué hacer cada año un camino de conversión? Sencillamente porque la vida es dinámica y porque la fe como la vida, también lo es. Así que este año, en nuestra reflexión, estamos siguiendo el camino de conversión. El primer llamado se nos hacía el miércoles de ceniza, intentábamos mirar nuestra vida y marcarla con un signo que indique nuestro deseo de cambio. El primer domingo hablábamos de la conversión como un camino largo y las tentaciones nos permitían reflexionar sobre nuestra vida a largo plazo y, el domingo anterior, hablábamos de la transfiguración, como camino de transformación, de conversión.

Del juez al jardinero

Hoy, se nos propone un paso más, en el camino de nuestra cuaresma. El evangelio de Lucas 13, 1-9, que leemos hoy, parte de dos episodios que, según el texto, eran de dominio público. Como cuando hablamos de las realidades de nuestro país, este o aquel acontecimiento; especialmente cuando nos concentramos en aquellas realidades que no somos capaces de explicar. Así, nos habla Lucas de una masacre ordenada por Pilatos y de la caída de una torre que deja dieciocho muertos. En la Palestina del siglo primero estos incidentes eran comúnmente atribuidos a la cólera divina: “esa gente era pecadora”. Esta realidad, a pesar de sernos lejana en el tiempo, se sigue haciendo presente hoy. Muchos de nuestros contemporáneos, de nuestros amigos, vecinos, compañeros, pueden hablar de manera similar. Escuchamos a muchos hablar de las pruebas de Dios, que así tenía que ser, que fue voluntad divina.

En la respuesta de Jesús no encontramos una explicación teológica de la procedencia del mal y del sufrimiento. Nos ayuda a comprender que no viene de Dios, que no puede ser Dios la explicación del mal, no es el culpable, no es quien despliega su cólera y castiga. Esto nos plantea un gran reto, si el mal y el sufrimiento no viene de Dios, es el hombre quien debe explicarlo y quien debe encontrar respuestas. Por eso, en la respuesta de Jesús también comprendemos un llamado a la conversión; cuestiona si solamente aquellos que murieron eran pecadores. Responde diciendo que todos son pecadores y por ello todos están llamados a convertirse, camino que empieza por reconocer que el mal, que el sufrimiento no viene de Dios y no es querido por Él. Dios es un jardinero (viñador) que intercede en favor de la higuera estéril, ¿será que da fruto el próximo año? No lo sabemos, pero siempre será posible. Dios no es un juez o un policía, es quien le permite reconocer a la humanidad su grandeza, así como su miseria, sin aplastarlo, es un Dios de ternura y de perdón, de misericordia y de amor infinito.

Reconocer el mal que existe en nuestro mundo debe comprometernos a vivir de una manera tal que seamos capaces de ser testigos de luz y esperanza. Conversión es creer que no todo está dicho, que allí, donde hay errores, donde hay mal, pueden existir otras cosas. Conversión es salir de esos fatalismos que continuamente nos imponemos y romperlos a fuerza de confianza y paciencia. Así, como el Dios viñador-jardinero que cuida con paciencia su viña.

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