Corazón (5/5)

|  marzo 29 DE 2020 • Fray Cristian Mauricio López Marulanda, O.P.  |

Quinto Domingo de cuaresma.

Juan 11, 1-45

CORAZÓN

Este año en el tiempo de cuaresma hemos estado haciendo nuestras reflexiones dominicales guiados por los 4 elementos: tierra, aire, agua, fuego. Esto nos ha permitido echar un vistazo a la Palabra que nos es propuesta desde otras ópticas. Iniciando esta quinta semana de cuaresma, nos acercaremos a algo que hemos puesto como un quinto elemento y que muy posiblemente desde nuestra reflexión recoge algunas de las cosas que hasta ahora hemos compartido.

El corazón es el órgano que nos habla directamente de la vida. De hecho, normalmente se declara la muerte de alguien cuando su corazón se detiene. Este músculo es quien bombea la sangre para que ésta, oxigenada y llena de nutrientes pueda llegar a todos los tejidos del cuerpo. Pero además de ser un órgano esencial para la vida, también desde antiguo el corazón ha recibido otra carga interesante: el lugar donde residen las emociones. Para la cultura semita el corazón no designa solo un órgano de importancia vital para el ser humano, sino que es además donde tienen lugar las afecciones no solamente del amor, sino también del deseo, de la alegría, del dolor, de la tristeza, de la irritación, de la valentía, entre otras. Así, hoy cuando hablamos de corazón lo podemos hacer indistintamente hablando de todas estas realidades: vida, amor, dolor, pasión…

En la Palabra que leemos en este domingo, podemos ver con claridad esto que acabamos de mencionar. Quiero empezar por las emociones: tras la muerte de Lázaro, el hermano de Marta y María y amigo de Jesús; surgen muchos sentimientos. Lo primero es el dolor de las dos hermanas, que como es previsible no comprenden la muerte de su hermano y se encuentran en el momento del duelo por su partida, este dolor se expresa muy bien en los reclamos que hace Marta a Jesús. También está la tristeza de Jesús, en efecto, es uno de los pocos pasajes donde aparece llorando, llorando por alguien. Jesús, el Dios con nosotros, nos recuerda que en Dios también tienen cabida todos estos sentimientos; nos recuerda que Dios tiene corazón. Del corazón brotan los mejores sentimientos que podamos tener y nos mueve a las acciones más valientes y bondadosas.

Pero Jesús no se queda solamente en bonitos sentimientos, decide actuar, su corazón le reclama hacer algo en ese momento y le devuelve la vida a su amigo Lázaro; dicho en otras palabras, hace que el corazón de Lázaro vuelva a latir. Su corazón lleno de tristeza, de amor, de cariño, le impulsa a actuar en favor de la vida sin más, así, la vida sin adjetivos. La mayoría de gestos extraordinarios de Jesús se orientaban a ello, a dar vida, a hacer que nuestro músculo más fuerte siguiera generando lo mejor que puede dar: vida.

Seguir a Jesús es albergar en nuestros corazones los mejores sentimientos, a la vez que comprometernos con la vida. El mensaje de hoy es claro: creemos en un Dios que tiene corazón, que tiene vida y que, sobre todo, sabe dar vida.


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