UN VIERNES SANTO EN TIEMPOS DE CORONAVIRUS
“Todo está cerrado, menos el cielo”

|  ABRIL 10 DE 2020 Fray Mauricio Galeano Rojas, O.P., Convento Cristo Rey Bucaramanga |

Qué difícil resulta en un día como hoy predicar sobre vida y esperanza cuando, al igual que aquel viernes trágico en la vida de Jesús, todo aparentemente se apaga… “todo está cerrado, menos el cielo”; la cruz del Señor ocupa el centro de nuestra reflexión en el día en que conmemoramos su muerte redentora. Hoy se convierte en dramática realidad y se cumple plenamente lo que ayer anticipábamos en la celebración del jueves santo: Jesús iba a entregarse a la muerte en la cruz y como lo fue para Él, parece que todo se nos ha ido cerrado menos el cielo, la muerte nos rodea y acosa. Las cifras de esta pandemia hoy en día son devastadoras: en el mundo: 1.613.310 contagios reportados, 365.722 recuperados y 98.401 fallecidos; en Colombia: 2.223 contagios reportados, 174 recuperados y 69 fallecidos.

Podríamos hacer una lectura más allá de estos datos estadísticos y mirar como creyentes, incluso desde esta pandemia, el hecho de la cruz en dos perspectivas principales: la del Reino de Dios que Jesús encarna, y la de los que no creen y lo siguen crucificando:

Para Jesús la cruz es parte de la Buena Noticia del Evangelio, la propone a sus discípulos como camino de salvación: “Quien no tome su cruz y me siga no es digno de mí” (Mt. 10, 38) y “El que quiera salvar su vida la perderá, pero quien la pierda por mí, la encontrará.” (Mt. 16, 24.25). Para los que lo crucifican, la cruz es la afirmación de que Dios, sus planes, los que lo representan e incluso todos los que lo siguen deben desaparecer para que se pueda vivir mejor, sin compromisos y en total libertad. La cruz es sinónimo de muerte, dolor, derrota, absurdo, sinsentido; no es un estilo de vida humano que se pueda desear y menos seguir, no es inteligente y va en contravía de nuestros intereses y comodidades.

Jesucristo enseña que Dios nos comunica su fuerza que es vida para el mundo y precisamente dicha fuerza es la del amor que se hace entrega y servicio sin límites, un amor que invita a aplazarse y en ocasiones hasta a olvidarse de uno mismo, un amor que entrega lo mejor para la felicidad del otro, especialmente de los excluidos, los descartados, los enfermos, los infectados, los tristes; un amor que se hace don para que los demás tengan vida en abundancia, como Dios quiere… es por esto que con seguridad este camino de cruz decepcionó y disgustó a muchos, incluso de entre nosotros.

La cruz de Cristo muestra que la fuerza del proyecto de Dios es posibilidad y realidad de vida para todos, sin distinción, incluidos quienes en su tiempo querían matarle o los que hoy lo difaman y niegan. Jesús toma la cruz, la vacía de odio, de muerte, de burla, de insultos y golpes para llenarla de ese amor que da sentido, para llenarla de Dios. Es por esta razón que la cruz es capaz de cambiar la muerte en vida, el pecado en oportunidad de salvación, el odio en perdón, el dolor en alegría; se convierte en Evangelio, en proyecto de vida trascendente y por ello plenamente humano que reconstruye al hombre, no lo aplasta. El dolor infinito de Jesús en este día se transforma, por el amor de la cruz, en una nueva forma de ser persona y sociedad, en vida que triunfa sobre el dolor e incluso sobre la muerte y esto es resurrección, tan urgente y necesaria en estos días de angustia, tragedia y miles de muertos por un virus que de un momento a otro detuvo nuestras ciudades, cambió nuestros estilos de vida y nos invadió por sorpresa y de la nada.

El P. Rainiero Cantalamessa OFMCap, Predicador de la Curia Pontificia en el Vaticano, decía en su predicación de hoy, viernes santo, ante el Papa Francisco: “Este virus nos recuerda que somos personas mortales y los dineros que hoy se invierten en la guerra deberían destinarse a la alimentación y al cuidado de los pobres”. “Así actúa a veces Dios con nosotros, trastorna nuestros proyectos y tranquilidad para salvarnos de un abismo que no vemos. Atentos a no engañarnos: No es Dios quien ha arrojado el coronavirus sobre nuestra orgullosa generación tecnológica, Dios es aliado nuestro, no del virus.”

Cuando nos acerquemos ahora a adorar la cruz de Cristo, pensemos en lo que vamos a manifestar con este gesto, que Dios nos fortalezca para cargar la cruz de nuestras propias vidas desde el amor, que ese amor de la cruz triunfe sobre el terror, la desesperanza y sobre tantas muertes y dolor de estos días. Una oración también por los profesionales de la salud para que sigan entregándose y aportando a la vida y recuperación de tantas personas y para que cuenten con todo nuestro apoyo y colaboración.

Recuerden: ¡cuando todo está cerrado, sólo el cielo sigue abierto!

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