Bogotá, una ‘picota’ de 2.600 metros

|  julio 30 DE 2019 • frailes Dominicos del Convento de San José  |

Las picotas, durante la edad media, eran columnas de piedra que medían aproximadamente 3 metros de altura y sobre las cuales se empalaban o colgaban las cabezas y otras partes del cuerpo desmembrado de los ajusticiados. Esto se hacía con el fin de generar deshonra en los capturados y escarmiento sobre aquellos que pensasen seguir aquellos pasos. Pero en el fondo, la intención era crear miedo en todos los testigos de aquel desmembramiento, en hacer pensar dos veces a quienes tuvieran la más mínima intención de enfrentarse a la autoridad reinante.

Bogotá, la capital Colombiana, a 2.600 metros sobre el nivel del mar, se está convirtiendo en la picota más alta del mundo moderno. ¿Por qué? Pues un hallazgo revelado por la Unidad Investigativa del periódico nacional ‘El Tiempo’ informó que “desde noviembre del 2018, han sido encontrados siete descuartizados, de estos, dos de ellos en zona rural de Soacha (Cundinamarca) y los cinco restantes en Bogotá: dos en Ciudad Bolívar, uno en Bosa, dos en Los Mártires.” A pesar de vivir en pleno siglo XXI, muertes tan bárbaras como las sufridas durante la edad media, se están presenciando en varios barrios de la ‘Atenas de suramérica’. Actualmente, las calles de esta ciudad se encuentran infestadas de células paramilitares, guerrilleras y de delincuencia organizada tras una lucha de poderes y fronteras invisibles, quienes al descuartizar a sus enemigos están enviando un mensaje aterrador a sus potenciales rivales. Y si bien el hecho de matar a un enemigo ya es un acto cruel, desmembrar los cuerpos y arrojarlos a sitios públicos es completamente abominable.

Algunos dirán que estos sucesos son el resultado de la historia bélica colombiana, nación que tiene su salud mental atrofiada por tanto dolor sufrido y la impunidad con la que ha convivido. Otros le añadirán a esto el alto analfabetismo y la mala educación en la cual ha crecido el país en los últimos años. Pero toda esta explicación sobre las causas psicológicas, históricas y académicas arrojarían un ‘pasivo’ dato informativo si no lo complementamos con el aspecto espiritual que nos enseña Jesús en el evangelio de Lucas: “Perdona nuestras ofensas, porque también nosotros perdonamos a aquellos que nos ofenden” (11, 4). Un requisito para ser cristianos es no tratar a nadie como enemigo. Por más que nos odien, ultrajen u ofendan, aunque nos consideren sus enemigos, nosotros no los consideraremos los nuestros, no les pagaremos con la misma moneda. Nosotros, los seguidores del Nazareno, oramos por quienes nos afligen, le pedimos a Dios que perdone y nos ayude a perdonar a los que nos hacen daño. Este acto simple y ‘activo’ nos comprometerá con la causa del Reino de Dios, un Reino que nos invita a escuchar a todas las víctimas de múltiples violencias, a educar integralmente a las nuevas generaciones, a no olvidar nuestro pasado para que, recordándole sin odios, podamos aprender de él y así jamás repetirlo.

Bogotanos, Cundinamarqueses, Colombianos, todos aquellos que vivimos en la capital, rechacemos la indiferencia, el relativismo, la naturalización o el acostumbrarnos a este tipo de actos de bélicos al frente de nuestros hogares y hagámoslo elevando una oración por aquellos que se están matando en nuestros andenes y hasta por aquellos que nos están desmembrando con sus palabras (chismes, burlas, groserías, blasfemias), para que el Dios que defiende la vida, aquel que predicó Jesús en la defensa de la dignidad humana, nos libre de caer en el juego de odios y nos permita ser activistas pacíficos que denuncian el mal y anuncian la reconciliación.

* Reflexión elaborada en conjunto por los frailes Dominicos del Convento de San José, ubicados en el barrio Chapinero, Bogotá, D.C.

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