DOMINGO XIV del Tiempo Ordinario
(Semana Julio 9-15)

Por: Fr. Cristian Mauricio López M., O.P.
Tercer año de Teología

Evangelio: Marcos 6, 1-6

La liturgia de la palabra hoy, es bastante rica y, está centrada toda ella en un tema fundamental: el tema de la fe. Tema además, que ha sido el que ha guiado la reflexión de estos domingos del tiempo ordinario, en los que hemos leído el Evangelio de Marcos. Hemos reflexionado sobre la fe, fe que nos lleva a reconocer el poder y la misericordia de Jesús; un Jesús capaz de calmar la tempestad, capaz de curar a una mujer y capaz de resucitar a la hija de Jairo. Pero hoy la palabra nos lleva a reconocer que también sucede lo contrario, es decir, también hay hombres y mujeres que se niegan a aceptar que Jesús sea el verdadero Mesías, también hay hombres y mujeres de los que nos podemos quedar maravillados por su falta de fe.

La primera lectura, del profeta Ezequiel, nos presenta a un pueblo testarudo que, ante los aprietos, ha dejado de lado las grandes muestras de amor que Dios ha tenido para con él, y ahora no quiere prestar oído a sus palabras. Es un pueblo que no ha sabido enfrentar las dificultades con madurez y piensa que si ha sufrido es porque Dios lo ha abandonado. Se ha olvidado que el hombre fiel a Dios, no busca que las cosas resulten a su manera, sino que siempre busca hacer en todo la voluntad de su Señor, y las dificultades de la vida son ocasión para aferrarse más a Dios, y no motivos para derrumbarse en la fe. No obstante su incredulidad y su obstinación, Dios envía al profeta para que lleve su palabra

El evangelio nos permite apreciar una escena en la vida de Jesús cuando va a su patria natal. Sus vecinos lo escuchan con asombro pero con incredulidad, “¿dónde se instruyó?” se preguntan. No quieren percibir lo extraordinario de ese hombre que antes sólo parecía uno de ellos, y ahora se presenta con un mensaje y un estilo de vida que les deja sorprendidos, su incredulidad les hace poner una barrera y, lejos de emprender un nuevo estilo de vida a partir de la propuesta del Señor, se contentan con decir ¿no este el carpintero? Jesús comenta el rechazo como la suerte del profeta en su casa, de esta manera se reconoce como profeta enviado por Dios. Y por otra parte, se admira ante esta incredulidad: la mentalidad triunfalista del pueblo no le permite reconocer la ventaja de un Dios que se encarna y se hace cercano para salvar a sus hermanos los hombres, a los que exige fe y libre decisión.

La falta de fe de este pueblo no permite que se realicen los milagros. En el texto del domingo pasado (la curación de la hemorroisa y la resucitación de la hija de Jairo) encontramos una estrecha relación entre fe y milagro, relación que en el texto de hoy aparece fragmentada. No se niega aquí el poder de Jesús, por el contrario la comunidad estaba admirada de su sabiduría y sus milagros. Más bien, se trata de la negación del milagro como acontecimiento salvífico; donde se rechaza el ofrecimiento de la salvación que se manifiesta en el milagro, éste resulta imposible. Así Marcos, nos muestra no a un Jesús “milagrero”, sino a un Jesús que vino a anunciar el Reino. Esto es bastante importante, ya que con los milagros se quiere ante todo resaltar la fe, que debe ser fe ante el proyecto anunciado por Jesús, es decir, ante el anuncio del Reino de Dios.

Este rechazo de los suyos, es un rechazo ante todo de la Encarnación, es muy difícil entender a un Dios que se hace tan cercano, es muy difícil comprender el misterio de Dios que se hace hombre. Por eso ha sido y se hace muy difícil hablar de la Encarnación, quizá sería más fácil aceptar una doctrina de la salvación por medio de una sabiduría en distanciamiento total del mundo material, como la proclamada en el apócrifo: “Evangelio de Judas”. Pero hay que reconocer, que negada la realidad humana de Jesús, no tiene sentido hablar de redención del pecado, de ese pecado que destruye a los hijos de Dios, no sólo en el espíritu, sino en todo su ser de hombre.

Nosotros, en muchas ocasiones, tampoco sabemos ver el paso de Dios por nuestra historia, no sabemos reconocerle como profeta y menos aún sabemos reconocer a nuestros profetas. Es siempre más fácil esperar cosas extraordinarias y espectaculares. Es mucho más “espectacular” mirar un testimonio en la India o en el África que uno de los cientos de hermanas y hermanos cercanos por las tierras de Colombia, por nuestras ciudades y nuestros campos, que trabajan y se desgastan por la vida, aunque les cueste la vida. Es mucho más maravilloso mirar los milagros que nos anuncian los predicadores itinerantes y las grandes curaciones por televisión, que aceptar el signo cotidiano de la solidaridad y la fraternidad. Es mucho más fácil esperar y escapar, por diversos medios, hacia un mañana que ‘quizá vendrá’, que ver el paso de Dios en nuestro tiempo, y sembrar la semilla de vida y esperanza en el tiempo y espacio de nuestra propia historia. Todo esto será más fácil, pero, al igual que sus compatriotas; ¿no estaremos dejando a Jesús pasar de largo por nuestra historia?

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Última actualización: Septiembre 16 de 2006