La
liturgia de la palabra hoy, es bastante rica y, está centrada
toda ella en un tema fundamental: el tema de la fe. Tema además,
que ha sido el que ha guiado la reflexión de estos domingos
del tiempo ordinario, en los que hemos leído el Evangelio de
Marcos. Hemos reflexionado sobre la fe, fe que nos lleva a reconocer
el poder y la misericordia de Jesús; un Jesús capaz de calmar
la tempestad, capaz de curar a una mujer y capaz de resucitar
a la hija de Jairo. Pero hoy la palabra nos lleva a reconocer
que también sucede lo contrario, es decir, también hay hombres
y mujeres que se niegan a aceptar que Jesús sea el verdadero
Mesías, también hay hombres y mujeres de los que nos podemos
quedar maravillados por su falta de fe.
La
primera lectura, del profeta Ezequiel, nos presenta a un pueblo
testarudo que, ante los aprietos, ha dejado de lado las grandes
muestras de amor que Dios ha tenido para con él, y ahora no
quiere prestar oído a sus palabras. Es un pueblo que no ha sabido
enfrentar las dificultades con madurez y piensa que si ha sufrido
es porque Dios lo ha abandonado. Se ha olvidado que el hombre
fiel a Dios, no busca que las cosas resulten a su manera, sino
que siempre busca hacer en todo la voluntad de su Señor, y las
dificultades de la vida son ocasión para aferrarse más a Dios,
y no motivos para derrumbarse en la fe. No obstante su incredulidad
y su obstinación, Dios envía al profeta para que lleve su palabra
El
evangelio nos permite apreciar una escena en la vida de Jesús
cuando va a su patria natal. Sus vecinos lo escuchan con asombro
pero con incredulidad, “¿dónde se instruyó?” se preguntan. No
quieren percibir lo extraordinario de ese hombre que antes sólo
parecía uno de ellos, y ahora se presenta con un mensaje y un
estilo de vida que les deja sorprendidos, su incredulidad les
hace poner una barrera y, lejos de emprender un nuevo estilo
de vida a partir de la propuesta del Señor, se contentan con
decir ¿no este el carpintero? Jesús comenta el rechazo como
la suerte del profeta en su casa, de esta manera se reconoce
como profeta enviado por Dios. Y por otra parte, se admira ante
esta incredulidad: la mentalidad triunfalista del pueblo no
le permite reconocer la ventaja de un Dios que se encarna y
se hace cercano para salvar a sus hermanos los hombres, a los
que exige fe y libre decisión.
La
falta de fe de este pueblo no permite que se realicen los milagros.
En el texto del domingo pasado (la curación de la hemorroisa
y la resucitación de la hija de Jairo) encontramos una estrecha
relación entre fe y milagro, relación que en el texto de hoy
aparece fragmentada. No se niega aquí el poder de Jesús, por
el contrario la comunidad estaba admirada de su sabiduría y
sus milagros. Más bien, se trata de la negación del milagro
como acontecimiento salvífico; donde se rechaza el ofrecimiento
de la salvación que se manifiesta en el milagro, éste resulta
imposible. Así Marcos, nos muestra no a un Jesús “milagrero”,
sino a un Jesús que vino a anunciar el Reino. Esto es bastante
importante, ya que con los milagros se quiere ante todo resaltar
la fe, que debe ser fe ante el proyecto anunciado por Jesús,
es decir, ante el anuncio del Reino de Dios.
Este
rechazo de los suyos, es un rechazo ante todo de la Encarnación,
es muy difícil entender a un Dios que se hace tan cercano, es
muy difícil comprender el misterio de Dios que se hace hombre.
Por eso ha sido y se hace muy difícil hablar de la Encarnación,
quizá sería más fácil aceptar una doctrina de la salvación por
medio de una sabiduría en distanciamiento total del mundo material,
como la proclamada en el apócrifo: “Evangelio de Judas”. Pero
hay que reconocer, que negada la realidad humana de Jesús, no
tiene sentido hablar de redención del pecado, de ese pecado
que destruye a los hijos de Dios, no sólo en el espíritu, sino
en todo su ser de hombre.
Nosotros,
en muchas ocasiones, tampoco sabemos ver el paso de Dios por
nuestra historia, no sabemos reconocerle como profeta y menos
aún sabemos reconocer a nuestros profetas. Es siempre más fácil
esperar cosas extraordinarias y espectaculares. Es mucho más
“espectacular” mirar un testimonio en la India o en el África
que uno de los cientos de hermanas y hermanos cercanos por las
tierras de Colombia, por nuestras ciudades y nuestros campos,
que trabajan y se desgastan por la vida, aunque les cueste la
vida. Es mucho más maravilloso mirar los milagros que nos anuncian
los predicadores itinerantes y las grandes curaciones por televisión,
que aceptar el signo cotidiano de la solidaridad y la fraternidad.
Es mucho más fácil esperar y escapar, por diversos medios, hacia
un mañana que ‘quizá vendrá’, que ver el paso de Dios en nuestro
tiempo, y sembrar la semilla de vida y esperanza en el tiempo
y espacio de nuestra propia historia. Todo esto será más fácil,
pero, al igual que sus compatriotas; ¿no estaremos dejando a
Jesús pasar de largo por nuestra historia?
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