En
aquellos días, Elías continuó por el
desierto una jornada de camino, y, al final, se sentó
bajo una retama y se deseó la muerte: "¡Basta,
Señor! ¡Quítame la vida, que yo no valgo
más que mis padres!" Se echó bajo la remata
y se durmió. De pronto un ángel lo tocó
y le dijo: "¡Levántate, come!" Miró
Elías, y vio a su cabecera un pan cocido sobre piedras
y un jarro de agua. Comió, bebió y se volvió
a echar. Pero el ángel del Señor le volvió
a tocar y le dijo: "¡Levántate, come!, que
el camino es superior a tus fuerzas." Elías se
levantó, comió y bebió, y, con la fuerza
de aquel alimento, caminó cuarenta días y cuarenta
noches hasta el Horeb, el monte de Dios.
En
aquel tiempo, los judíos criticaban a Jesús
porque había dicho: "Yo soy el pan bajado del
cielo", y decían: "No es éste Jesús,
el hijo de José? ¿No conocemos a su padre y
a su madre? ¿Cómo dice ahora que ha bajado del
cielo?" Jesús tomó la palabra y les dijo:
"No critiquéis. Nadie puede venir a mí,
si no lo atrae el Padre que me ha enviado. Y yo lo resucitaré
el último día. Está escrito en los profetas:
"Serán todos discípulos de Dios."
Todo el que escucha lo que dice el Padre y aprende viene a
mí. No es que nadie haya visto al Padre, a no ser el
que procede de Dios: ése ha visto al Padre. Os lo aseguro:
el que cree tiene vida eterna. Yo soy el pan de la vida. Vuestros
padres comieron en el desierto el maná y murieron:
éste es el pan que baja del cielo, para que el hombre
coma de él y no muera. Yo soy el pan de vivo que ha
bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para
siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida
del mundo.
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HOMILÍA:
Jesucristo, Pan de Vida eterna
Por: Fr.
John Alexander Sánchez B.., O.P.
Segundo año de Teología
Con
un matiz completamente diferente al de la multiplicación
de los panes, para este domingo, XIX del tiempo ordinario,
aparece nuevamente el tema de la comida, que trata
el evangelista Juan en su capitulo 6, y que había sido
interrumpido por la celebración que tuvimos hace una
semana: La Transfiguración del Señor.
Jesús se ha dado cuenta que lo buscaban porque habían
comido y se habían saciado, más no porque lo
considerasen como el salvador, como el Hijo de Dios vivo (Mt.
16,16) y aprovechando el momento se ofrece como el alimento
por excelencia; por este motivo se presenta ahora como
la verdadera comida, como el pan que ha bajado del cielo,
pan de vida, que se entrega para dar la vida eterna.
Como
todas las actuaciones de Jesús, ésta actuación
suscita en sus interlocutores una reacción que se opone
a la revelación que hace Jesús de si mismo,
del Padre y del plan de salvación trazado para el hombre.
Esta actitud reacia a las palabras de Jesús, se da
simplemente porque los interlocutores, los judíos que
lo escuchaban, no comprenden lo que Jesús les dice,
lo que los lleva a que “murmuren” de Él,
situación que podemos repetir constantemente cuando
no entendemos lo que Jesús nos dice, cuando no entendemos
que la misión que recibe Jesús del Padre es
de ser Pan de Vida para el mundo, o cuando creemos
que Jesús es el “utilero” que está
atento a solucionar nuestras esporádicas necesidades.
Sin
embargo, mediante el signo y la fuerza de su Palabra, Jesús
hace de ésta situación adversa, una situación
pedagógica mediante la cual se sigue revelando, indicando
la actuación del Padre que atrae hacia el Hijo la respuesta
del hombre, que cree por fe, y la acción del mismo
Jesús que resucita (CABA, José, S.J. Cristo,
Pan de Vida. Teología eucarística del IV Evangelio.
B.A.C. 1993 p. 294).
Ahora
bien, estos tres momentos que podemos rescatar del Evangelio
(la actuación del Padre, la respuesta del hombre y
la acción de Jesús), se enmarcan en un contexto
eucarístico, cuyo núcleo fundamental es la Resurrección,
o vida nueva que Jesús comunicará a través
de su Cuerpo y de su Sangre. Jesús, como pan vivo bajado
del cielo, ofrece la vida eterna que no ofrecía el
maná del desierto; pero esta vida no es la vida material
o física, sino la vida que se posee por la fe, la participación
para siempre de la vida propia de Jesús.
Llegar
a comprender que Jesús nos da la vida eterna no es
una tarea fácil, por nuestra incapacidad natural de
discernir las cosas de Dios, lo que hace necesario:
• Que Dios actué en nosotros, regalándonos
el don de la fe atrayéndonos hacia su Hijo (Jn
6, 44)
• Escuchar al Padre, y aprender de Él (Jn
6, 45)
• Reconocer con la ayuda de Dios que al comer
del Pan vivo (el Cuerpo y la Sangre de Cristo), no sólo
no se muere, sino que se vivirá para siempre
Finalmente
considero que seguir a Cristo se constituye en un constante
discernir sobre quién es y que significa Él
para nuestra vida, reconocer cuál es nuestro interés
al acercarnos a la vida de Jesús, de modo que podamos
participar de su vida divina, permaneciendo en Él,
y Él en nosotros.
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