DOMINGO XX del Tiempo Ordinario. Ciclo B
(Semana Agosto 20-26)

HOMILÍA

Lecturas del día

Primera Lectura: Pr. 9, 1-6

La Sabiduría ha edificado su casa, ha tallado sus siete columnas, ha hecho su matanza, ha mezclado su vino, hasta ha preparado su mesa y ha mandado a sus criadas a proclamar en los promontorios de la ciudad: «Quien sea inexperto, que venga aquí.» Y a los insensatos les dice: «Venid a compartir mi comida y a beber el vino que he mezclado. Dejaos de simplezas y viviréis, y seguid el camino de la inteligencia.»

Segunda Lectura: Ef. 5, 15-20

Así pues, mirad atentamente cómo vivís; no seáis necios, sino sabios; aprovechando bien la ocasión, porque los días son malos. Por tanto, no seáis insensatos, sino comprended cuál es la voluntad del Señor. No os embriaguéis con vino, que es causa de libertinaje; llenaos más bien del Espíritu. Recitad entre vosotros salmos, himnos y cánticos inspirados; cantad y salmodiad en vuestro corazón al Señor, dando gracias siempre y por todo a Dios Padre, en nombre de nuestro Señor Jesucristo.

EVANGELIO: Juan 6,51-58

Yo soy el pan vivo, bajado del cielo. Si uno come de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo le voy a dar, es mi carne por la vida del mundo.» Discutían entre sí los judíos y decían: «¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?» Jesús les dijo: «En verdad, en verdad os digo: si no coméis la carne del Hijo del hombre, y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo le resucitaré el último día. Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí, y yo en él.
Lo mismo que el Padre, que vive, me ha enviado y yo vivo por el Padre, también el que me coma vivirá por mí. Este es el pan bajado del cielo; no como el que comieron vuestros padres, y murieron;
el que coma este pan vivirá para siempre.»

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HOMILÍA:
Llamados a estar con Él

Por: Fr. John Edisson Urrego Romero, O.P.
Segundo año de Filosofía

“El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí y yo en Él”. Este es un versículo del evangelio que, a mi modo de ver, concentra el meollo del pasaje que el evangelista Juan hoy nos muestra: Permanencia en Jesús.

Donación como condición de permanencia

A simple vista el evangelio de hoy, sería la continuidad de un texto que nos habla sobre el misterio sacramental de la Eucaristía. Sin embargo, encontramos que Jesús, más que invitarnos a descubrir en el misterio eucarístico su presencia renovadora, nos invita a que estemos con él. Cuando Jesús se entrevista con los judíos se les muestra como “pan bajado del cielo” que no solamente da vida sino que es la vida misma. Eso nos lleva a pensar cómo Jesús tiene conciencia de su donación, no solamente como entrega por los diversos escándalos que ha causado, sino efectivamente como entrega en favor de la redención de nosotros los pecadores. Él es el pan que está dispuesto a donarse en una cruz para dar vida, y razones de vivir a todos los que se encuentran necesitados de su presencia.

Jesús, Dios hecho hombre

Otro pasaje inquietante es la manera como cuestiona a los judíos. La primera impresión es similar a la nuestra cuando leemos por primera vez el texto y nos preguntamos: ¿Cómo comer la carne de una persona y beber su sangre? En realidad, los judíos no lograban comprender ni ver en Jesús al hijo de Dios que había venido a vivir entre ellos y a donar su vida por la salvación de los hombres. Dentro de los judíos se hallaba mucho escepticismo con respecto a la misión de Jesús y se mostraba soberbia al no querer depender su salvación de un hombre. Es en este contexto donde descubrimos la novedad en Jesús. Él se hizo uno de nosotros; fue Dios encarnado hecho hombre como cualquier otro, que vino a estar con nosotros, a entregarnos su vida pero también a darnos vida en abundancia. En realidad, fue su humanidad la causa por la que fue rechazado, lo que implicaba igualmente el rechazo intrínseco de su mensaje.

Conclusión

Descubrimos cuán difícil fue no solamente para Jesús, sino para todos los que se encontraban en este contexto, descubrir en la humanidad de Jesús a aquella persona que venia a traerles la salvación. No cabe dentro de nuestros paradigmas la idea que Dios, hecho hombre, haya podido entregar su vida en una cruz por nosotros. Realmente esta comprensión no puede ser más que un acto de fe.

Por tanto, comer su carne significa creer en Jesús como hijo de Dios. Y creer en el implica entrar en comunión con Jesús y el Padre. Por ende, la invitación que nos hace hoy el Señor es a que creamos en Él y por lo mismo a que permanezcamos en Él, para que al igual que en el sacramento de la Eucaristía, podamos estar reunidos y en comunión con aquel que nos dio y continuará dando vida.

Bibliografía consultada:

LEÓN-DUFOUR Xavier. Lectura del Evangelio de Juan. Sígueme. Salamanca: 1995.

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Última actualización: Septiembre 16 de 2006