Así
pues, mirad atentamente cómo vivís; no seáis
necios, sino sabios; aprovechando bien la ocasión,
porque los días son malos. Por tanto, no seáis
insensatos, sino comprended cuál es la voluntad del
Señor. No os embriaguéis con vino, que es causa
de libertinaje; llenaos más bien del Espíritu.
Recitad entre vosotros salmos, himnos y cánticos inspirados;
cantad y salmodiad en vuestro corazón al Señor,
dando gracias siempre y por todo a Dios Padre, en nombre de
nuestro Señor Jesucristo.
Yo
soy el pan vivo, bajado del cielo. Si uno come de este pan,
vivirá para siempre; y el pan que yo le voy a dar,
es mi carne por la vida del mundo.» Discutían
entre sí los judíos y decían: «¿Cómo
puede éste darnos a comer su carne?» Jesús
les dijo: «En verdad, en verdad os digo: si no coméis
la carne del Hijo del hombre, y no bebéis su sangre,
no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y
bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo le resucitaré
el último día. Porque mi carne es verdadera
comida y mi sangre verdadera bebida. El que come mi carne
y bebe mi sangre, permanece en mí, y yo en él.
Lo mismo que el Padre, que vive, me ha enviado y yo vivo por
el Padre, también el que me coma vivirá por
mí. Este es el pan bajado del cielo; no como el que
comieron vuestros padres, y murieron;
el que coma este pan vivirá para siempre.»
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HOMILÍA:
Llamados a estar con Él
Por: Fr.
John Edisson Urrego Romero, O.P.
Segundo año de Filosofía
“El
que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí
y yo en Él”. Este es un versículo del
evangelio que, a mi modo de ver, concentra el meollo del pasaje
que el evangelista Juan hoy nos muestra: Permanencia en Jesús.
Donación como condición de permanencia
A
simple vista el evangelio de hoy, sería la continuidad
de un texto que nos habla sobre el misterio sacramental de
la Eucaristía. Sin embargo, encontramos que Jesús,
más que invitarnos a descubrir en el misterio eucarístico
su presencia renovadora, nos invita a que estemos con él.
Cuando Jesús se entrevista con los judíos se
les muestra como “pan bajado del cielo” que no
solamente da vida sino que es la vida misma. Eso nos lleva
a pensar cómo Jesús tiene conciencia de su donación,
no solamente como entrega por los diversos escándalos
que ha causado, sino efectivamente como entrega en favor de
la redención de nosotros los pecadores. Él es
el pan que está dispuesto a donarse en una cruz para
dar vida, y razones de vivir a todos los que se encuentran
necesitados de su presencia.
Jesús,
Dios hecho hombre
Otro
pasaje inquietante es la manera como cuestiona a los judíos.
La primera impresión es similar a la nuestra cuando
leemos por primera vez el texto y nos preguntamos: ¿Cómo
comer la carne de una persona y beber su sangre? En realidad,
los judíos no lograban comprender ni ver en Jesús
al hijo de Dios que había venido a vivir entre ellos
y a donar su vida por la salvación de los hombres.
Dentro de los judíos se hallaba mucho escepticismo
con respecto a la misión de Jesús y se mostraba
soberbia al no querer depender su salvación de un hombre.
Es en este contexto donde descubrimos la novedad en Jesús.
Él se hizo uno de nosotros; fue Dios encarnado hecho
hombre como cualquier otro, que vino a estar con nosotros,
a entregarnos su vida pero también a darnos vida en
abundancia. En realidad, fue su humanidad la causa por la
que fue rechazado, lo que implicaba igualmente el rechazo
intrínseco de su mensaje.
Conclusión
Descubrimos
cuán difícil fue no solamente para Jesús,
sino para todos los que se encontraban en este contexto, descubrir
en la humanidad de Jesús a aquella persona que venia
a traerles la salvación. No cabe dentro de nuestros
paradigmas la idea que Dios, hecho hombre, haya podido entregar
su vida en una cruz por nosotros. Realmente esta comprensión
no puede ser más que un acto de fe.
Por
tanto, comer su carne significa creer en Jesús como
hijo de Dios. Y creer en el implica entrar en comunión
con Jesús y el Padre. Por ende, la invitación
que nos hace hoy el Señor es a que creamos en Él
y por lo mismo a que permanezcamos en Él, para que
al igual que en el sacramento de la Eucaristía, podamos
estar reunidos y en comunión con aquel que nos dio
y continuará dando vida.
Bibliografía
consultada:
LEÓN-DUFOUR Xavier. Lectura del Evangelio de Juan.
Sígueme. Salamanca: 1995.
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