Moisés
habló al pueblo, diciendo: - "Ahora, Israel, escucha
los mandatos y decretos que yo os mando cumplir. Así
viviréis y entraréis a tomar posesión
de la tierra que el Señor, Dios de vuestros padres,
os va a dar. No añadáis nada a lo que os mando
ni suprimáis nada; así cumpliréis los
preceptos del Señor, vuestro Dios, que yo os mando
hoy. Ponedlos por obra, que ellos son vuestra sabiduría
y vuestra inteligencia a los ojos de los pueblos que, cuando
tengan noticia de todos ellos, dirán:"Cierto que
esta gran nación es un pueblo sabio e inteligente."Y,
en efecto, ¿hay alguna nación tan grande que
tenga los dioses tan cerca como lo está el Señor
Dios de nosotros, siempre que lo invocamos? Y, ¿cuál
es la gran nación, cuyos mandatos y decretos sean tan
justos como toda esta ley que hoy os doy?"
En
aquel tiempo, se acercó a Jesús un grupo de
fariseos con algunos escribas de Jerusalén, y vieron
que algunos discípulos comían con manos impuras,
es decir, sin lavarse las manos. ( Los fariseos, como los
demás judíos, no comen sin lavarse antes la
manos restregando bien, aferrándose a la tradición
de sus mayores, y, al volver de la plaza, no comen sin lavarse
antes, y se aferran a otras muchas tradiciones, de lavar vasos,
jarras y ollas. ) Según eso, los fariseos y los escribas
preguntaron a Jesús "¿Por qué comen
tus discípulos con manos impuras y no siguen la tradición
de los mayores"? Él contesto: / "Bien profetizó
Isaías de vosotros, hipócritas, como está
escrito: / "Este pueblo me honra con los labios, / pero
su corazón está lejos de mí. / El culto
que me dan está vacío, / porque la doctrina
que enseñan / son preceptos humanos." / Dejáis
a un lado el mandamiento de Dios para aferraros a la tradición
de los hombres." Entonces llamó de nuevo a la
gente y les dijo: "Escuchad y entended todos: Nada que
entre de fuera puede hacer la hombre impuro; lo que sale de
dentro es lo que hace impuro al hombre. Porque de dentro,
del corazón del hombre, salen los malos propósitos,
las fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, codicias,
injusticias, fraudes, desenfreno, envidia, difamación,
orgullo, frivolidad. Todas esas maldades salen de dentro y
hacen al hombre impuro."
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HOMILÍA:
Dejáis a un lado el mandamiento
de Dios
para aferraros a la tradición de los hombres
Por: Fr.
Miguel Ignacio Cely, O.P.
Tercer año de Teología
El
Evangelio de este domingo, nos habla de la importancia de
poner por obra aquello que profesamos de boca. Lo anterior,
lo refleja Jesús de manera clara con la siguiente afirmación:
“este pueblo me honra con los labios, pero su corazón
está lejos de mí”. Esta afirmación,
aunque había sido proferida por Isaías ocho
siglos antes de Cristo, continuaba teniendo vigencia para
Jesús en ese momento –igual en nuestro tiempo-.
La
situación para la mayoría de personas que habitaban
Jerusalén era de marginalidad, de exclusión
social, puesto que algunos grupos religiosos minoritarios
de aquella época como los fariseos y escribas, ponían
más énfasis en los ritos externos y, no en la
conversión interior, como condición necesaria
para agradar a Dios, frente a esta situación, Jesús
protesta de manera enérgica, Él ha visto como
el pueblo es víctima de injusticias mientras quienes
imponen los ritos, por un lado, no llevan una vida acorde
con la voluntad de Dios y, por el otro, favorecen la iniquidad
sin hacer nada por cambiar la situación de marginalidad,
al contrario, se quedan únicamente en la superficialidad
o frivolidad, en un culto vacío, el cual, en vez de
acercar al Dios misericordioso desfigura su imagen, concepción
o idea que Jesús sintetiza con la siguiente expresión:
“Dejáis a un lado el mandamiento de Dios para
aferraros a la tradición de los hombres”.
En
este sentido, si bien la expresión ritual es la característica
más sobresaliente de toda religión porque en
este gesto el hombre religioso vivencia lo sagrado, también
es importante advertir que la misma genera repercusión
social entre sus seguidores por los lazos de amistad y, por
ende, de solidaridad que se deben establecer entre los miembros
del grupo, es decir, la crítica de Jesús va
en torno al hecho de que el rito adquirió una connotación
más individual, pasando por alto su perspectiva social
y comunitaria, ante la problemática expuesta que supone
en el rito exterior un signo central o fundamental de pureza,
se pronunciará Jesús diciendo finalmente: “nada
que entre de fuera puede hacer al hombre impuro; lo que sale
de dentro es lo que hace impuro al hombre”.
Bibliografía
consultada:
Biblia de Jerusalén
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