FRAY ANTONIO DE MONTESINOS

Este artículo está tomado de un suplemento literario del periódico el Tiempo del 22 de octubre de 2000

"En los anales de la lucha milenaria de los hombres justos contra la violación de los derechos humanos básicos, pienso que no hay capítulo comparable a esta brega tenaz, que no conoció una hora de reposo en siglos, librada por la Monarquía Española en defensa de los naturales americanos, vale decir, en la protección de los derechos de los más débiles e indefensos contra los abusos de los poderosos.

Pensando en este tema, que siempre me ha apasionado, y releyendo estas páginas admirables, me ha vuelto a la memoria la figura histórica, pero casi legendaria, de Fray Antonio de Montesinos, aquel aguerrido dominico, que el domingo anterior a la Navidad de 1511 mostró el coraje suicida de subirse al púlpito de cualquier templo de la ciudad de Santo Domingo, que a la sazón se hallaba abarrotado de ricos y codiciosos encomenderos – la nueva aristocracia de la Isla – que, no obstante su incontrastable poder, quedó paralizada por la fuerza sísmica del sermón con que los sorprendió y fulminó el valeroso dominico. Erguido en medio de esta caterva de sátrapas, que hubiera podido pulverizarlo sin la mínima dificultad, Montesinos les enrostró todas sus iniquidades y sus crímenes contra la población nativa, ya entonces harto diezmada por el genocidio sistemático.

Pero lo más admirable fue que la brava requisitoria del dominico no cayó en el vacío. Los encomenderos salieron de la misa a promover toda suerte de querellas contra Fray Antonio, pero Montesinos no había predicado en el desierto. Por el contrario, su verbo iluminado, que hizo recordar el de los grandes profetas bíblicos, produjo efectos asombrosos e inmediatos.

  1. – Fue la perfecta repetición del accidente que en el camino de Damasco obró la conversión de Pablo de Tarso, esta vez en la persona del encomendero Bartolomé de las Casas, que, bajo el efecto de la transverberación que operó en su ánimo el sermón de Montesinos, abandonó sin pensarlo sus actividades de explotación de indios para convertirse en el más grande defensor de los derechos humanos conocidos a lo largo de la historia.
  2. – Al año siguiente, y como consecuencia directa del histórico sermón, fueron promulgadas las llamadas Leyes de Burgos, primer estatuto jurídico que registra la historia, fruto insólito de la preocupación de una potencia por el bienestar de los pueblos sometidos. Con justa razón calificó don Pedro Henríquez Ureña la batalla de Montesinos contra los verdugos de los aborígenes y sus felices y rápidas consecuencias como ‘uno de los más grandes acontecimientos de la historia espiritual de la humanidad’.

Los conquistadores no podían creer lo que veían y oían. Montesinos siguió apostrofándolos sin miramientos, pese a que sobre él se abatió una furiosa borrasca descargada desde las altas jerarquías de la Orden de Predicadores. Pero el indómito fraile no se silenció y ya vimos cómo la fuerza de su voz se hizo realidad aplastante en las Leyes de Burgos.

La verdad es que nadie ha representado con tanta elocuencia a la inmortal catilinaria de Montesinos como el eminente historiador norteamericano Lewis Hanke, uno de los más lúcidos y profundos estudiosos de este tema y de la vida sin par de Bartolomé de las Casas, cuando escribió en su libro La lucha por la justicia en la conquista de América: ‘Tan cerca estaba (Montesinos) de convencer a sus feligreses de su mala conducta, como lo estaría hoy un estudiante de teología que soltara una filípica en Wall Street sobre el texto bíblico: Vended lo que tengáis y dádselo a los pobres, ganaréis un tesoro en el Cielo.’

Por supuesto, estuvo tan lejos de convencerlos como lo estaría hoy el alucinado predicador de Wall Street.

Pero al armar y mover la potente catapulta de las Leyes de Burgos, dio vida a la grandiosa maquinaria jurídica, gracias a la cual los pueblos nativos de la América Española gozaron de una suerte mucho más propicia que la de los indios norteamericanos, menos afortunados ante la vesania de los hombres blancos que los bisontes y los búfalos. Fue, pues, allí, en aquella rústica iglesita pajiza de Santo Domingo y en aquella mañana dominical de 1511, donde y cuando la voz inspirada de Fray Antonio de Montesinos echó semillas de lo que no tardó en convertirse en la más admirable maquinaria jurídica puesta exclusivamente al servicio de los oprimidos y desamparados. Y, por supuesto, piezas vitales de esa estructura fueron las audiencias, que dondequiera que establecieron su imperio fueron eficaces instrumentos de sustitución de la potestad arbitraria y despótica de los conquistadores por el gobierno de la justicia y de la ley."

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Última actualización 17 de Septiembre de 2003