“JOVEN, OPTAR POR EL OTRO ES OPTAR POR SER MÁS HUMANO

Fray Germán Andrés Polanía Dussán

Optar por la realidad colombiana, por el pueblo de Colombia es comenzar un camino oscuro o incierto, pues no es sólo llevar mercados, defender los derechos humanos, brindar ayuda médica, sino que es dar vida, esperanza, ser capaces de compartir un futuro, en donde la lucha no sea por sobrevivir (satisfacer la necesidades básicas), sino por tener una experiencia con sentido de vida humana. Ustedes deben estar diciendo que soy un poco exagerado y fatalista con estas afirmaciones, pero tristemente no es así, pues es la realidad. Recuerdo que una vez en un reunión de una ONG, un visitador extranjero afirmaba que estaba asombrado y triste, pues en todos los países que brindaban ayuda había un ambiente de alegría y esperanza en las personas, pero en Colombia observaba en las miradas de cada una de los hombres, las mujeres, los niños, una constante tristeza, un sin sentido, un vacío, una falta de esperanza total, como una muerte en vida. Entonces, muchachos ahí está nuestra verdadera tarea.

Estarán diciendo que es algo muy difícil, pero detente que por eso estamos aquí, pues nos hemos reunido para saber qué podemos hacer, en donde debes tener en cuenta que tu decisión por el que está a tu lado no es algo fuera de este mundo, sino que es asumir y hacernos verdaderamente humanos. Nos hacemos hombre y mujer no porque nos vistamos, caminemos o hablemos de una manera determinada, ni tampoco por tener una carrera, un empleo, la cédula, sino que nos hacemos humanos en la medida que seamos capaces de darnos a la otra persona, pues recuerda que uno sólo da de lo que tiene, por ende tu calidad humana te lleva necesariamente al otro, al desconocido, al lejano, ya que si reflexionas de una manera detallada, profunda y real descubres que ellos están unidos a ti, pues desde que naciste estabas unido a los demás, mientras podías hablar habían otras personas que lo hacían por ti, pues siempre eres un ser con el otro y no contra el otro.

Recuerdo una lectura de un santo llamado Alberto Magno, el cual reflexionaba sobre cómo en el mundo habían menos hombres de los que contaban las estadísticas, pues unos se habían quedado incompletos, otros eran sólo apariencia. Decía que esos hombres entendían su plenitud como un vaso, pues sólo buscaban almacenar ciencia, lo leen todo, coleccionan títulos, esclavos de su bienestar, del dinero. Tienen, pero no reparten. Retienen, pero no dan. Son magníficos, pero magníficamente estériles. Son simples servidores de su egoísmo, son de otro mundo...de su mundo.

Afirmaba también nuestro santo que otros piensan que la plenitud es ser un hombre-canal: es la gente que se desgasta en palabras, que pasa la vida haciendo y haciendo cosas, que nunca reflexionan. Padecen la neurosis de la acción, tienen que hacer muchas cosas y todas de prisa, creen estar sirviendo a los demás pero su servicio es un modo de calmar sus necesidades, sus inquietudes. Dan y no retienen. Y después de dar se sienten vacíos. Dan para que se les agradezca, para figurar en una placa.

¿Cuántos de los que estamos aquí son personas a medias, hombres-vaso, hombres-canal?

El verdadero humano, persona es la plenitud del hombre-fuente, el cual da de lo que ha hecho y reparte como las llamas, encendiendo la del vecino sin disminuir la propia, porque goza todo lo que vive y reparte todo cuando ha gozado. Dan sin vaciarse, riegan sin decrecer, ofrecen su agua sin quedarse secos. Aquí podemos apreciar claramente la verdadera vocación del cristiano, pues Jesús es el hombre fuente de la vida.

Entonces, ayudar al prójimo, es decir, al que está cerca a ti, es optar por comprometerse ha realizarse como persona. Es dar a los demás los más propio de cada uno de nosotros: el amor, la solidaridad, el respeto y sobre todo la esperanza que frente a unos ojos tristes, apagados, sienten la obligación de entregarse sin esperar nada a cambio, sólo su sonrisa.

Pero ten en cuenta que tu tarea no es la de ser un “súper héroe” que va salvar el mundo con sus súper poderes, sino que eres un joven que desde la sencillez y la debilidad te das a los demás, pues mucha gente cree que servir es ser débil, ser bobo, pero en verdad ahí está la grandeza del ser humano. No hay nada más gratificante, más bello, más grande que hacer feliz a otra persona. Sólo tienes que mirar el rostro de Jesús y veras al hombre que se hace servidor y apreciarás la verdadera libertad que traspasa la raza, la clase social, los prejuiciosos, los temores y más que eso la muerte.

El amor nos hace humanos, pero recuerda que eso no nos hace famosos ni ricos, pero sí nos hace felices. En nuestra sociedad sobresalen no precisamente los que hacen el bien, pero sí el “protagonista de novela”, “la expedición Robinson”. Por eso, ten en cuenta unas palabras de Martín Descalzo al reflexionar sobre esta situación: la hierba -como todas las cosas grandes e importantes del mundo- crece de noche, en silencio, sin que nadie la vea crecer. Porque bondad y bien empalman con silencio, así como la estupidez va siempre acompañada del brillo y del ruido, de ahí que servir al pueblo no es cuestión de halagos o gratificaciones, sino de entrega gratuita, la cual nunca dejará de seguir generando frutos.

Joven, pon la mano en tu corazón y siente ese latido de vida y piensa que toda esa fuerza de tu corazón se hace realidad en el amor a tu prójimo. También que tu felicidad está en conseguir una sonrisa de la persona que se siente sola y destrozada. Es hora de dejar a un lado “los peros”, las excusas, pues tu vida te exige compartirla. Esta es la vocación de todo cristiano. “venid y lo veréis” (Jn 1, 39).

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Última actualización 17 de Septiembre de 2003