TOMAS DE AQUINO Y EL PROBLEMA DEL HOMBRE

HACIA UNA VISION INTEGRAL DEL SER HUMANO.

Fray Franklin Buitrago Rojas,O.P.

 

Una de las preocupaciones fundamentales de la filosofía ha sido comprender ¿Qué es el ser humano?. No es fácil entender un ser tan complejo y polifacético como el hombre, sin embargo cada escuela filosófica ha intentado abarcar el fenómeno antropológico desde sus propios postulados.

Al estudiar al hombre comprendemos que su ser se encuentra en una doble condición con respecto a todos los demás seres de la naturaleza. Se puede decir que comparte muchas características con los demás seres "existe como las cosas, vive como las plantas, siente como los animales", pero a la vez trasciende el mundo natural porque es capaz de razonar, de concebir ideas universales, de elaborar conceptos que no están restringidos al espacio ni al tiempo. Por su carácter racional, el hombre supera a todos los demás seres que conocemos en el mundo material.

Esta constatación ha generado dos posturas extremas, veamos:

MONISMO ESPIRITUAL

Un grupo de pensadores sostienen que en el hombre hay dos sustancias, dos entidades distintas: Una entidad espiritual llamada alma que ejerce todas las facultades de la razón y una sustancia material llamada cuerpo que ejerce todas las funciones animales (sensibilidad, alimentación, reproducción, locomoción). El verdadero hombre es el alma, el cuerpo no es más que un instrumento o, en el peor de los casos, una cárcel para el alma.

Este monismo espiritual (o dualismo platónico y cartesiano) tiene una larga trayectoria en la historia de la filosofía. Desde Platón y Aristóteles, pasando por Descartes, hasta muchas concepciones religiosas de nuestro tiempo. Por ejemplo, la creencia en la reencarnación se sustenta en esta concepción filosófica. Si el hombre es solamente alma, ésta puede cambiar de cuerpo, como quien se cambia un vestido, sin perder su identidad.

Inclusive dentro del cristianismo se ha manifestado esta reducción del hombre al alma. San Agustín describe al hombre como "un alma racional que usa un cuerpo mortal y terrenal" (De moribus eccl., 1, 27,52) o como "una cierta sustancia que participa de la razón y es adecuada para el gobierno de un cuerpo" (De quantitate animae 13, 21) Esta concepción se mantiene en gran parte de la literatura ascética y mística cristiana. La religiosidad popular también acude con frecuencia a estas representaciones: muchos relatos tradicionales muestran el alma como un fantasma o como un gas luminoso que entra y sale del cuerpo.

 

El monismo espiritual cree que las facultades racionales funcionan completamente separadas del cuerpo. Esto era creíble hasta cuando la ciencia demostró que el pensamiento se encuentra ligado con procesos fisiológicos del sistema nervioso, y que los sentimientos corresponden a secreciones del sistema hormonal. Por ejemplo, si la razón es una entidad completamente separada del cuerpo ¿Por qué sufrimos alteraciones en la memoria o en las facultades cognoscitivas cuando ingerimos ciertas sustancias como bebidas alcohólicas o fármacos? ¿Por qué un psiquiatra puede controlar las emociones de un individuo con medicamentos y fármacos?

De otro lado, la ciencia médica ha comprobado, cada vez con mayor certeza, que nuestro temperamento (es decir la velocidad de reacción de nuestro organismo y el estado de ánimo predominante) es innato y depende de la configuración de nuestro sistema nervioso. Si esto es cierto, ¿cómo creer que alguien puede cambiar de organismo sin que esto altere radicalmente su personalidad? ¿Cómo "brincar" a otro cuerpo sin dejar de ser nosotros mismos? Este es un buen argumento contra la creencia en la reencarnación.

MONISMO MATERIAL

Frente a este monismo espiritual surgió un monismo material que se ha ido afianzando en la concepción científica. El monismo material considera innecesario hablar de sustancias espirituales. El hombre es solamente materia y desde ella se pueden explicar todas sus facultades racionales. A medida que la ciencia va descubriendo las causas físicas de los pensamientos y de las emociones, el alma pareciera quedarse sin función alguna.

Esta escuela tiene sus raíces entre los griegos, particularmente entre los atomistas, quienes le asignan al alma una naturaleza material. Más tarde fue recuperada por algunos ilustrados y alcanzó su máximo esplendor con los neopositivistas del siglo XIX y, sigue vigente hasta nuestros días en muchas formas de cientificismo y ateísmo.

El problema de esta postura está en la incapacidad de explicar totalmente al ser humano. Un científico puede decirnos qué reacciones fisiológicas se asocian a la tristeza, con qué medicinas se puede manejar, pero nunca podrá decirnos qué es la tristeza. Un médico puede decirnos qué zonas del cerebro reaccionan cuando realizamos ciertas funciones cognoscitivas pero no puede explicarnos cómo hace el hombre para transformar la información que le llega por los sentidos en conceptos universales.

En general, el monismo material nos permite entender que las facultades superiores del hombre están íntimamente ligadas a los procesos fisiológicos pero, a la vez, descubrimos que nuestro carácter racional no se reduce a procesos bioquímicos.

LA CONCEPCIÓN DEL HOMBRE EN SANTO TOMÁS: "Ad hoc respondeo dicendum quod..."

En medio de estas dos posturas extremas encontramos una tercera, propuesta por Santo Tomás de Aquino, y seguida por la doctrina oficial de la Iglesia Católica, que busca reivindicar tanto el carácter corpóreo como el carácter espiritual del ser humano.

Para la escuela tomista, el alma no es una entidad separada del cuerpo y unida accidentalmente a la materia. El alma es el "primer principio de la vida humana" y forma una única substancia con el cuerpo. El hombre no es solamente el alma, como creían Platón y Descartes, sino que constituye una unión profunda de alma y cuerpo.

Recordemos que Tomás es discípulo de Aristóteles, por eso toma del pensador griego la Teoría de la materia y la forma para explicar la relación entre cuerpo y alma. Así como la forma mantiene unida la materia para dar origen a los cuerpos, el alma como un principio vital configura la materia y se constituye en la forma del cuerpo. Esta concepción es recogida por el Catecismo de la Iglesia Católica cuando afirma: "La unidad del alma y el cuerpo es tan profunda que se debe considerar al alma como la forma del cuerpo, es decir, gracias al alma espiritual, la materia que integra el cuerpo es un cuerpo humano y viviente. En el hombre, el espíritu y la materia no son dos naturalezas unidas, sino que su unión constituye una única naturaleza."

Es bueno aclarar que Santo Tomás utiliza el término latino "anima" en un sentido amplio: todo lo que tenga vida posee un ánima. Así existen tres tipos de almas: almas vegetativas para las plantas, almas sensitivas para los animales y almas racionales para los seres humanos. Esto no quiere decir que en el hombre existan tres almas, como pretendía Platón, sino que el alma racional asume y supera las funciones de las almas vegetativa y sensitiva.

Esta visión integral del ser humano, permite que Santo Tomás aprecie el cuerpo como un bien para el alma, separándose del monismo que ve en el cuerpo una cárcel o un mero instrumento del alma. Gracias al cuerpo, el alma puede relacionarse con el mundo sensible, conocer las cosas y conocerse a sí misma, ya que todo nuestro conocimiento se hace a partir de las impresiones del mundo que obtenemos por medio de los sentidos. "Orígenes pensó, como Platón, que el alma humana es una substancia completa y que el cuerpo está unido a ella accidentalmente. Pero como esto es falso, según se ha demostrado, el alma no está unida al cuerpo en detrimento suyo, sino para la perfección de su propia naturaleza." (Quaestio disputata de anima, 2 ad 14).

Con lo que hemos expuesto hasta aquí, se comprueba fácilmente la superioridad de la concepción tomista frente al monismo espiritual. Si el alma está integrada al cuerpo de manera sustancial no es de extrañarnos que ciertos factores físicos afecten nuestras facultades intelectuales. Aún más, los descubrimientos médicos, según los cuales las operaciones racionales y las emociones corresponden a procesos fisiológicos, no rebaten sino que confirman el planteamiento del Doctor Angélico: el alma es la forma del cuerpo por eso existe una unidad entre los procesos biológicos y los procesos intelectuales. Si Santo Tomás hubiera vivido en nuestra época, seguramente no se alarmaría con estas constataciones, sino que las hubiera tomado como otras tantas confirmaciones científicas de su planteamiento central.

Pero bien, ahora alguien podría preguntar si Santo Tomás coincide con los hallazgos de la medicina, ¿Qué sentido tiene seguir hablando de "alma y cuerpo" que a fin de cuentas son descomposiciones racionales de una realidad indisoluble como es el hombre? ¿Por qué no simplificar nuestro lenguaje y nuestro estudio centrándonos en lo fisiológico como lo hace la ciencia moderna? ¿Qué necesidad hay de recurrir a "principios espirituales" para definir al hombre?.

Tampoco Santo Tomás se vería limitado por el monismo material de nuestro tiempo. Dentro de su planteamiento está muy claro que aunque el hombre comparte la condición material de todos los demás seres naturales también la supera en cuanto es capaz de realizar funciones independientes de la materia. Por ejemplo, la inteligencia y el entendimiento pueden conocer y concebir cosas distintas de las materiales. Ideas universales o conceptos que se salen de las determinantes de espacio y tiempo, o conceptos matemáticos como el triángulo y la raíz cuadrada que no tienen correspondencia con ningún objeto real. "Si el entendimiento fuese un cuerpo, su acción no excedería el orden de los cuerpos. Pero esto es manifiestamente falso, porque entendemos muchas cosas que no son cuerpos. Luego el entendimiento no es un cuerpo." (Suma contra gentiles 2, 49) Si el entendimiento fuera un cuerpo material no podríamos desarrollar la lógica pura o las matemáticas, ni elaborar una teoría abstracta de la ciencia física; menos aún podríamos plantearnos el problema de Dios y de la metafísica. Como no podemos conocer directamente la naturaleza de nuestra alma, sino que debemos deducirla por sus efectos, sabemos que el alma es inmaterial ya que es capaz de conocer cosas inmateriales.

Esta afirmación resulta básica para entender el planteamiento de la inmortalidad del alma que le permite a Tomás encontrarse con la fe. Hasta ahora hemos mostrado cómo cuerpo y alma constituyen una unidad profunda, de modo que el cuerpo vive gracias al alma y el alma por naturaleza tiende a unirse al cuerpo. Sin embargo, al llegar la muerte, el cuerpo y el alma se separan, se diluye la unidad constitutiva del ser humano. Después de la muerte, el cuerpo, al faltarle el principio vital, se corrompe y se descompone. Pero el alma, por constituir un principio inmaterial, no se descompone, sino que pervive, aunque de manera muy imperfecta, sin el cuerpo al que estaba unida.

Recordemos que el alma, por sí sola, no es un ser humano, sino un principio vital. Aunque este "Principio Vital" pueda subsistir después de la muerte, es claro que necesita unirse a un cuerpo que es lo propio de su naturaleza. Por eso, la filosofía tomista encaja muy bien con la fe cristiana según la cual Dios restituirá al alma su cuerpo glorificado. Volvamos sobre nuestro Catecismo "En la muerte, separación del alma y el cuerpo. El cuerpo del hombre cae en la corrupción, mientras que su alma va al encuentro con Dios, en espera de reunirse con su cuerpo glorificado." Esta afirmación es eco del Apóstol San Pablo: "Todos resucitarán con su propio cuerpo, que tienen ahora, pero este cuerpo será transfigurado en un cuerpo de gloria." (Filp. 3, 21).

Con este estudio no queremos afirmar que Santo Tomás ya agotó todo lo que se puede decir sobre el ser humano. Evidentemente su visión es la de un filósofo aristotélico y la de un teólogo cristiano. Todavía queda espacio para muchas reflexiones de carácter psicológico, médico y antropológico sobre el hombre. El gran aporte del Doctor Angélico consiste, una vez más, en mostrarnos la compatibilidad y la complementariedad entre el estudio teológico, la reflexión filosófica y el avance científico en torno a problemas comunes, evitando caer en reduccionismos que desconocen las distintas dimensiones del hombre como persona.

AQUINO, Tomás de. Suma Teológica. Introducción y cuestiones 75 - 76. Biblioteca de Autores Cristianos. Madrid. 1969.

COPLESTON, F.C. El Pensamiento de Santo Tomás. Fondo de Cultura Económica. Universidad de México. Ciudad de México. 1960.

PHILLIPS, R.P. Moderna Filosofía Tomista. Ediciones Morta. Colecciones Jordán. Madrid. 1964

ACTAS DEL SEMINARIO SANTO TOMAS DE AQUINO Y LA PSICOLOGÍA CONTEMPORÁNEA. Acta 2. Studium Generale. Padres Dominicos. Bogotá D.C. 1999.

CATECISMO DE LA IGLESIA CATOLICA. Numerales 362 – 365 y 997 – 1000. Conferencia Episcopal de Colombia. Bogotá, D.C. 1993.

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Última actualización 17 de Septiembre de 2003