El
Rosario es una plegaría de "familia": pobre, íntima,
hecha junto a María Santísima, nuestra Madre, que
nos ayuda a contemplar la realidad y grandeza del misterio de
la salvación.
Es
con ella que celebramos el Gran Jubileo en el que se recuerda,
después de 2000 años, el evento de la encarnación
y el comienzo de nuestra redención. El Santo Padre, Juan
Pablo II, en la Bula de indicción del Año Santo,
Incarnationis Mysterium, así se expresa: "la alegría
jubilar no sería completa si la mirada no nos llevara a
aquella que en la obediencia plena al Padre ha generado para nosotros
en la carne El Hijo de Dios: En Belén se cumplieron para
María los días del parto..." (Lc 2,6).
Y,
colmada del Espíritu Santo, dio a luz al Primogénito
de la nueva creación. Llamada a ser la Madre de Dios, desde
el día de la concepción virginal María ha
vivido plenamente su maternidad, llevándola a término
sobre el calvario a los pies de la cruz. Por el don admirable
de Cristo, aquí ella se ha vuelto también Madre
de la Iglesia, mostrando a todos el camino que conduce a su Hijo.
Aquella
que con Jesús y con su esposo José fue peregrina
hacia el templo santo de Dios proteja el camino de cuantos nos
hacemos peregrinos en este Año Jubilar.
Pidamos a María
que el Gran Jubileo sea sobretodo año de regocijo para
toda la humanidad: regocijo en la conversión a una vida
auténticamente santa, porque la santidad es la única
respuesta al amor del Padre que en su Hijo nos ha redimido.