SU
MEDIACIÓN LLEVA AL ENCUENTRO CON DIOS
El
Padre quiso la presencia de María en la historia de la
salvación. Cuando decidió mandar a su Hijo al mundo,
quiso que viniera a nosotros naciendo de una mujer. Así
quiso que esta mujer, la primera en recibir a su Hijo, lo comunicara
a toda la humanidad.
María
se encuentra por lo tanto sobre el camino que va del Padre hasta
la humanidad, como Madre que da a todos el Hijo Salvador. Al mismo
tiempo, ella está sobre el camino que los hombres tienen
que recorrer para alcanzar al Padre, por medio de Cristo en el
Espíritu.
Para
comprender la presencia de María en el itinerario hacia
el Padre tenemos que reconocer con todas las Iglesias que Cristo
es "el camino, la verdad y la vida" (Jn 14,6) y el único
mediador entre Dios y los hombres. María está insertada
en la única mediación de Cristo y está totalmente
a su servicio. Consecuentemente, como el concilio lo ha subrayado
en la Lumen Gentium "la función materna de María
hacia los hombres de ninguna manera obscurece o disminuye ésta
única mediación de Cristo sino que demuestra su
eficacia" (n. 60). Estamos bien lejos de afirmar un rol de María
en la vida de la Iglesia fuera de la mediación de Cristo
o junto a ella casi como si fuera una mediación paralela
o concurrente.
Considerada
en esta perspectiva, la mediación de María se presenta
como el fruto más alto de la mediación de Cristo
y está sustancialmente orientada a volver más íntimo
y profundo nuestro encuentro con Él: "Esta función
subordinada de María, la Iglesia no duda en reconocerla,
continuamente la experimenta y recomienda para el amor de los
fieles, porque sostenidos por esta materna ayuda, sean más
íntimamente ligados con el mediador y Salvador".
Realmente
María no quiere atraer la atención sobre su persona
-ha vivido sobre la tierra con la mirada fija sobre Jesús
y sobre el Padre Celeste. Su más fuerte deseo es hacer
converger las miradas de todos en la misma dirección.
Ella
quiere promover una mirada de fe y de esperanza en el Salvador
que nos fue enviado por el Padre. Fue modelo de una mirada de
fe y de esperanza sobre todo cuando, en la tempestad de la pasión
del Hijo, mantuvo en el corazón una fe total en él
y en el Padre. Mientras que los discípulos turbados por
los acontecimientos fueron hondamente sacudidos en su propia fe,
María, aunque probada por el dolor, quedó íntegra
en la certeza de que habría de realizarse la predicción
de Jesús: "El Hijo del hombre... el tercer día resucitará"
(Mt 17, 22-23). Una certeza que no la dejó siquiera cuando
recibió entre los brazos el cuerpo sin vida del Hijo crucificado.
Catequesis de Juan
Pablo II
12 de enero de 2000