Por: Fray Ramiro Gutiérrez, O.P.  • Fray Oscar Ruíz, O.P.


Vocación en tiempo de crisis

|  mayo 09 de 2022  | Por: Fr José Ángel Vidal, O.P. • Fr Rodolfo Toro, O.P. • Fr David Padilla, O.P. | 

 

Entre la crisis y la esperanza

La vida humana se encuentra en medio de una realidad un tanto caótica. La crisis forma parte de muchos aspectos de la vida cotidiana. Pregonan las noticias, la academia y demás ambientes donde los seres humanos constituyen comunidad, el término “crisis”, asociado a la economía, a la ecología, a la educación, y por supuesto, a la vocación. Pero la crisis, más que una alteración en el orden de la realidad es ante todo una oportunidad para llegar hasta lo más profundo y vulnerable de la vida, y así resurgir como el fénix de la ceniza. 

¿Crisis vocacional? Sí, crisis vocacional. Los seres humanos tienen un llamado común: el ser, precisamente, humanos. Esta constituye la primera y más fundamental de las crisis. Pero no habrá de detenerse la reflexión en ello, no obstante, es sustancial haberla mencionado. Así pues, la vida consagrada también experimenta la crisis, esto no es algo novedoso, desde sus orígenes ha estado inmersa en momentos críticos. Timothy Radcliffe, O.P., sostiene que la comunidad cristiana nace en el momento de disgregación después de la última cena, es decir, nace de un momento de crisis, que bien se conoce termina en el madero de la cruz, bajo un aparente signo de fracaso.  Dirá Timothy que “crisis son la especialidad de la casa”.

Pero no basta con decir que la vida consagrada ha estado en crisis en muchos momentos, es importante reconocer cuales han sido, y continúan siendo, los factores que ocasionan la crisis y en su defecto, los agravantes de estos.

Reconociendo elementos de la crisis

Una primera causa de la crisis en la vida consagrada es el miedo al “para siempre”. Los jóvenes de esta época se encuentran en medio de una realidad que los lleva a no pensar demasiado en lo futuro, sino a vivir en lo inmediato, en el ahora. Esa disposición de vivir en un eterno presente, hace que los compromisos pierdan lugar en medio de sus opciones personales, puesto que implica confiar en algo que vendrá pero que se desconoce, y en ese aspecto se sienten mucho más seguros con lo conocido que es lo presente.

La pandemia también ha suscitado no solo en los jóvenes, sino también en muchos miembros de la sociedad, una exacerbada idea de vivir el ya y el ahora porque mañana no se sabe. Esto causa una relegación del compromiso en muchos aspectos de la vida, y la vida consagrada tiene mucho de compromiso.

Así pues, aunque los jóvenes se sienten inquietos y llamados por Dios, les cuesta mucho esperar, vivir las etapas del proceso y no alcanzar rápidamente la meta deseada. Esta sensación causa un cierto vacío emocional que conlleva a espacios de melancolía y frustración, y que, en muchos casos, desecha la elección de la vida consagrada como proyecto de vida, o en su defecto, anima a la renuncia en medio del proceso. El miedo al compromiso es un mal que ataca no solo la vida consagrada, también la vida matrimonial, la vida laboral y social, es por ello que urge reflexionar estas realidades propias de la humanidad.

Cada persona, además, está permeada por las circunstancias que envuelven su vida. Dichas circunstancias tienen que ver con un sinnúmero de factores como lo son el idioma, el lugar donde nació y ha vivido, su situación económica, el modo de pensar irradiado por la cultura a su alrededor, su realidad familiar y afectiva, entre otros.

Dentro del aspecto afectivo-familiar se puede decir que la concepción de familia que hay en nuestra época ya no es la misma de hace tan solo algunas décadas. Específicamente, la situación familiar en estos tiempos se ha diversificado de modos insospechados, generando realidades nunca vistas anteriormente, que cuestionan el modo de entender, en ciertos aspectos, el orden social tradicional.

Por consiguiente, la realidad familiar constituye otro de los elementos que influyen en la crisis de las vocaciones. Las familias ahora tienden a ser menos numerosas y más secularizadas. Los padres tienen menos hijos a los cuales brindan mayores cuidados y quizás se apegan con mayor facilidad. Por una parte, cada vez el tema religioso está menos presente en el ámbito del hogar, donde se les da cada vez mayor importancia a otras cuestiones diferentes de lo espiritual. Por otra parte, concebir hoy en día el tema de la vida religiosa, resulta extraño e incluso contrario a las aspiraciones que muchos padres puedan desear para sus hijos. En la actualidad, las familias esperan otro tipo de metas para sus jóvenes; por ejemplo: adquirir un título profesional, alcanzar un estilo de vida más alto, ser prestantes e independientes económicamente, tener un trabajo bien remunerado, entre otros.

Surge entonces otro factor, el de las oportunidades. Al hablar con personas mayores se podría constatar que la realidad de épocas anteriores era mucho más precaria que la actual. Suplir las necesidades básicas resultaba en algunos momentos y contextos todo un reto. Hoy en día se pude decir con cierta tranquilidad que la mayor preocupación de un gran porcentaje de personas no se refiere tanto a lo que se va a comer durante el día. Costear unos estudios o adquirir algunos lujos no hacía parte de las aspiraciones comunes de las personas en otros tiempos. Hoy en día existen más posibilidades de que alguien con pocos recursos pueda lograr un título profesional. Si esto puede ser así para una persona sin mucho dinero, las posibilidades aumentan para aquel que goza de una mejor economía.

 No obstante, esta prosperidad cada vez más generalizada, ha llevado a un modo de pensar radicalmente distinto, donde el progreso y la realización personal, se miden más por el éxito profesional y la prestancia económica, que por otro tipo de logros considerados de nivel más afectivo o subjetivo. Además, lo que se entiende ahora por felicidad y plenitud ha cambiado, lo cual produce que los medios para alcanzarlas varíen considerablemente, relegando a la religión y a Dios a un segundo plano en este proyecto. Estos elementos, constituyen algunos de los retos o dificultades que atraviesan muchas personas a la hora de considerar la vocación a la vida religiosa como un estilo de vida propio que los puede llevar a realizarse y ser felices.

La motivación

La crisis vocacional no solo se refiere a la falta de personas que ingresan a las comunidades religiosas, sino que también tiene un componente interno. Mantener encendida la llama de la vocación a lo largo del tiempo también constituye un gran reto para aquellos que han optado por seguir el camino de la vida religiosa.

Con mucha frecuencia los consagrados se encuentran ante situaciones desesperanzadoras, momentos en los que el cansancio, una supuesta “monotonía”, y un desanimo para continuar, impiden ver la alegría del evangelio que se manifiesta en lo sencillo, en lo cotidiano, en la comunidad; tal como lo manifestaba el Papa Francisco en el encuentro con sacerdotes, religiosos, consagrados, consagradas, seminaristas y sus familias el sábado 9 de septiembre de 2017 en el Coliseo La Macarena en la ciudad de Medellín:

Dios no nos quiere sumidos en la tristeza -uno de los malos espíritus que se apoderan del alma y que ya lo denunciaban los monjes del desierto-; Dios no nos quiere sumidos en el cansancio que viene de las actividades mal vividas, sin una espiritualidad que haga feliz nuestra vida y aún nuestras fatigas. Nuestra alegría tiene que ser el primer testimonio de la cercanía y del amor de Dios. (Francisco 2017)

Las motivaciones son la primera chispa que enciende y pone en funcionamiento una especie de motor, son aquello que le permite al consagrado responder de manera generosa al llamado que el Señor le hace y que tiene como punto de partida aquel amor primero, tal como también lo afirma el Papa francisco en Mozambique en el encuentro con los religiosos y consagrados en el 2019. “Frente a la crisis de identidad sacerdotal, quizás tenemos que salir de los lugares importantes, solemnes; tenemos que volver a los lugares donde fuimos llamados, donde era evidente que la iniciativa y el poder eran de Dios”

Volver al primer amor significa entonces renovar la respuesta al llamado de Dios, y esto tiene en cuenta nuestra humanidad y nuestra relación con el mismo que nos ha llamado. Así pues, “Renovar el llamado muchas veces pasa por revisar si nuestros cansancios y afanes tienen que ver con cierta «mundanidad espiritual»” (Francisco, 2019)

Esto no debe convertirse en una carrera tortuosa que implique revivir momentos en la formación que tal vez fueron duros, y por los cuales no quisiéramos volver a pasar, sino que regresar al amor primero significa renovar el amor de Dios en la vida personal del religioso que se siente llamado, escogido por Dios, para llevar ese mismo amor a los otros, porque como dice el Papa: ¡Qué feliz es la Santa Madre Iglesia al escucharos manifestar el amor del Señor y la misión que os ha dado! ¡Qué contenta está de ver vuestro deseo de volver siempre al «amor primero»!

En conclusión, las crisis son momentos de fortalecimiento y crecimiento personal. Toda vocación viene acompañada por dificultades, y el caso de la vida religiosa no es la excepción. Es así como esta vocación específica comporta unos desafíos, lo que en vez de desalentar al vocacionado, le permite valorar mejor el hecho de que la vida religiosa sigue siendo hoy en día un estilo de vida apto para alcanzar la felicidad en el seguimiento de Cristo. Ante todo, es importante considerar los retos concretos que conlleva elegir esta vida sin dejarse paralizar por el miedo, sino asumiéndolos y superándolos en la marcha con ayuda de personas idóneas, para conseguir, de esta forma, frutos de la crisis.


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