La virtud de la justicia, una relación entre el hombre y la creación

|   junio 06 de 2021  •  Fray Rodolfo Toro Gamba, O.P.  |

Escuchar sobre “Ecología”, nos lleva a pensar en un sin número de acciones y aspectos relacionados con el medio ambiente y el comportamiento del ser humano dentro de un ecosistema que le permite sobrevivir, adaptarse y sobrellevar situaciones en defensa de la naturaleza y de una relación con su propio entorno; aspecto en el que interviene también una conexión no solamente con aquello de la naturaleza que cree externo a si mismo y a su condición, sino en una situación horizontal en la que se hace evidente el otro, el ser humano, el que es igual a mi, en una relación proporcional.

Para hablar de la justicia desde la perspectiva de Tomás de Aquino, primero es necesario tener en cuenta dos aspectos, el primero, es que la justicia tiene una fuerte influencia de la virtud entendida desde el pensamiento de Platón, es decir, en la idea del bien en armonía con el mundo. Así mismo, es menester entender la virtud como aquel hábito operativo bueno. Segundo, Tomás de Aquino, comprende dos tipos de virtudes; 1) las teologales: fe, esperanza y caridad, y, 2) las morales: prudencia, justicia, templanza y fortaleza.

Ahora bien, Tomás de Aquino habla en la Summa Theologiae acerca de la justicia en la II-II, desde q.57 hasta la 61. En su desarrollo se puede encontrar la definición que da a la justicia: Es el hábito por el cual el hombre da a cada uno lo que le es propio mediante una voluntad constante y perpetua, en ese sentido, hay tener en cuenta la intervención de la voluntad, la rectitud, el sentido general y particular de la justica.

En efecto, todo acto de justicia ha de ser voluntario, pues quién actúa en voluntad, actúa en libertad, lo cual hace más perfecto el acto, es decir, responde al hecho de que la justicia es una virtud, que a su vez al ser un habito, actúa en pro de un bien. A partir de este concepto entendemos que la idea de justicia que plantea Tomás de Aquino, tiene una estrecha e íntima relación con la razón, que es la que modela las pasiones llevándolas a una rectitud, es así como se debe entender que la rectitud de la justicia está (como se planteaba al principio), en darle a cada cual, según su derecho, es decir, que la justicia responde y conduce a las otras virtudes a partir de su voluntad a obrar por el bien común, y no podemos entender el bien común sin entender una de sus partes, es decir el bien particular.

En esa medida, entra en juego la justicia entendida en un sentido general y en un sentido particular. La justicia en sentido general da respuesta al obrar del hombre hacia un bien común, en este aspecto cabe resaltar que dentro de las virtudes morales, la justicia se destaca de entre ellas por estar encaminada a un bien externo, al bien común, pues las otras tres responden de manera interna al sujeto; la justicia por el contrario las encamina a responder con rectitud al otro. Es allí donde, necesariamente (por no decir que de manera precedente), la justicia responde en un sentido particular, pues esta virtud al ser justa debe estar en comparación o en medida de otro y el otro hace parte del todo, por lo que, el ejecutar la virtud de la justicia de manera igualitaria dando a cada cual su derecho, directamente debe actuar virtuosamente con los demás, respondiendo al principio esencial de la justicia, virtud habitual en pro del bien común.

Frente a lo anterior, Santo Tomás afirma algo de lo que podemos tomar como categoría para expresar la posición del hombre en el ordenamiento jerárquico de los seres: “Hay que tener presente que todo el universo está hecho con todas las criaturas como el todo con las partes” y más adelante afirma que “En efecto, sobre los cuerpos inanimados encontrará las plantas; sobre estas, los animales irracionales; sobre estos, las sustancias intelectuales; y en cada una descubrirá la diversidad según unas son más perfectas que otras” (S.C.G, L.III, c. 97).

Afirma el numeral 118 de la encíclica Laudato Si’ del Papa Francisco que “no hay ecología sin una adecuada antropología”, y esto nos lleva a reflexionar teniendo en cuenta que no se puede defender la naturaleza si no se defiende cada ser humano, sobre lo que el mismo Papa Francisco indica:

“La vida está agredida  por las guerras, por las organizaciones que explotan al hombre – leemos en los periódicos o vemos en los informativos muchas cosas-, por las especulaciones sobre la creación, por la cultura del descarte y por todos los sistemas que someten la existencia humana a cálculos de oportunidad” (Francisco, 2018)

Plantear entonces la virtud de la justicia en relación con la ecología, es hacer una aproximación en primer lugar, a la relación del hombre a partir de la armonía con la creación de Dios, y en segundo lugar al vinculo que tiene el hombre con el otro, con aquel de su misma especie, y que requiere de valores encaminados hacia el bien común salvaguardando valores específicos en la lucha por la defensa de los derechos y en reproche de la deshumanización del otro que hace parte no solo de su  ecosistema sino también de su naturaleza; entonces, aparece también una relación con los demás seres vivos.

“Santo Tomás busca una síntesis entre la gracia y la naturaleza. Para él no hay crecimiento espiritual sin humanización, es decir, sin desarrollo humano en el sentido amplio y complejo de la expresión, puesto que la realidad humana participa de la vida divina.” (Díaz Camacho, 2003, pág. 42)

Sin embargo, según lo que el mismo Tomás ha afirmado frente a la justicia y frente al ordenamiento jerárquico de los seres, esta relación humanizante del hombre no se expresa únicamente con sus congéneres, sino que trasciende, es decir, se encuentra con la naturaleza en absoluto, no descarta la relación ni con las plantas, ni con los animales, y en ese sentido es necesario tener en cuenta que la agresión hacia los demás seres vivos es injusta porque son parte de la misma creación, porque estamos inmersos en un medio ambiente que nos demanda cuidados particulares, y porque en medio de esa gradación jerárquica, el hombre cuenta con la razón y la voluntad, estas le permiten sopesar sobre la posible inferior forma de defensa de aquellos seres vivos.

Por ejemplo, la deforestación que tanto podría afectar al hombre en tanto situaciones con respecto al medio ambiente, no es injusta porque afecte al ser humano únicamente, sino que es injusta porque agrede el hábitat natural de seres indefensos en los que como afirma Santo Tomás “Es evidente que la diversidad de las cosas exige que no todo sea igual y que en los seres haya orden  y grados” (S.C.G, L.III, c. 97), Así mismo exige que la justicia esté encaminada por el respeto y la salvaguarda de aquellos seres que no poseen voluntad, ni intelecto, pero que si sienten, padecen y sufren la mano desgarradora del hombre.

 Situaciones como la caza indiscriminada de especies (no solamente aquellas en vía de extinción),  la deforestación, la contaminación de los ríos, entre otros, nos hace cuestionar acerca de si estos podrían ser sujetos de derecho, en los que se salvaguarde la integridad de la naturaleza.

Es por esto que se presenta como imperativa la necesidad de conversión cristiana para llegar a una conversión ecológica que implique la vivencia de la justicia desde un carácter no solo emocional sino que comprenda el valor evangélico en la defensa por el otro, por sus necesidades, y que a su vez vincule una familiaridad que le permita hacerse consciente del vinculo de hermanos, hijos de un mismo Padre en el que la realidad humana participa de la vida divina, porque hablar de medio ambiente, ecología integral y armonía implica una relación con el otro más allá de meros formalismos, y que no deja de lado la relación con los demás seres vivos. Todo lo anterior nos deja un gran interrogante ¿Quién es cada cuál y qué le corresponde a ese cada cuál?



Por: Fray José Ángel Vidal, O.P. y Fray Ramiro Alexis Gutiérrez, O.P.  



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