Predicación Solemnidad de Santo Domingo de Guzmán

|  Agosto 19 DE 2020 Fray Diego Orlando Serna Salazar, O.P., Prior provincial |

Celebramos hoy con gran alegría la Solemnidad de Nuestro Padre Santo Domingo de Guzmán, fundador de la Orden de Predicadores y nos hemos reunido como familia dominicana de Colombia para exaltar su figura y reflexionar en torno a su vida y obra.

Hace más de 500 años, en el adviento de 1511, en el Templo de los Dominicos en la Isla la Española, fr. Antonio de Montesinos pronunciaba un famoso sermón que, aunque fue bellamente expuesto por él, había sido preparado por toda la comunidad conventual del lugar.

Hoy quisiera hacer algo similar: compartir con todos ustedes la homilía continuada que hiciesen varios de nuestros hermanos de la Provincia de San Luis Bertrán de Colombia durante la novena en honor a nuestro padre y fundador y que antecedió a esta celebración. Lo que voy a proponer, entonces, es la integración de varias de las ideas de lo que ellos escribieron durante estos días, en torno a una temática común: “FRAY DOMINGO DE GUZMÁN: Agudeza en los sentidos, 20/20”

Según los biógrafos de Santo Domingo, este sacerdote español nacido a finales del siglo XII, se caracterizaba por ser un hombre profundamente sensible. Sus ojos, sus oídos, sus manos, su voz, su mismo corazón y todos los demás sentidos estaban completamente sintonizados con los hombres y mujeres de su tiempo y, especialmente, con el dolor y el sufrimiento de los más débiles.

Como todos sabemos, cinco son los sentidos del ser humano: la vista, el olfato, el oído, el gusto y el tacto. Veamos entonces, cómo Santo Domingo captaba y asimilaba con cada uno de sus sentidos la realidad que lo rodeaba:

a) La vista:

- Hay una gran diferencia entre ver y mirar: Según el Diccionario de María Moliner, el ver es percibir algo con el sentido de la vista, mientras que mirar es fijar la vista en algo aplicando la atención. En ese sentido, el ver alude más a una actividad meramente física mientras que el mirar a un acto consciente y deliberado. Así las cosas, podríamos decir, que el mirar es algo más profundo que el ver, pues éste nos puede llevar a quedarnos en las apariencias, mientras que aquel, el mirar, nos lleva a trascender, a buscar en lo profundo de la realidad.

- Santo Domingo tuvo la agudeza del sentido de la vista porque percibió, miró detenidamente, lo que había detrás de la realidad que observaba: la injusticia, las atrocidades de la guerra, el dolor de los que lo perdían todo, los estragos que estaba generando la herejía, la falta de formación del clero y de una predicación doctrinal profunda.

- Santo Domingo tuvo una mirada aguda porque no se quedó inmóvil ante esa realidad, sino que dio una respuesta efectiva y compasiva a los problemas de su entorno: a los pobres los socorrió con ayuda, vendiendo incluso sus libros; a los herejes los condujo al camino de la verdad a través de la predicación; a los incrédulos los convirtió con su palabra y con la coherencia de su vida.

- Pero sobre todo, Santo Domingo fue agudo con su sentido de la vista, al visionar una Orden que iba a trascender las fronteras físicas y del tiempo. Su visión 20/20, lo hizo un hombre lúcido que aún hoy sigue iluminando al mundo con su obra de la Predicación. Él dejó a la humanidad una comunidad religiosa que con su palabra y su voz profética ha sido protagonista de la reflexión teológica e incluso social, del mundo y de la Iglesia. Religiosos y religiosas como Alberto Magno, Raimundo de Peñafort, Tomás de Aquino, Catalina de Siena, Enrique Lacordaire, Yves Congar, Marie Dominique Chenú, entre otros, se convirtieron en faros del pensamiento cristiano y en referentes obligados de la Teología.  Por otra parte, hombres y mujeres como Bartolomé de las Casas, Antonio de Montesinos, Pedro de Córdoba, Marie Poussepin, Martín de Porres, Juan Macías, Rosa de Lima, Gustavo Gutiérrez y otros más, hicieron que la denuncia ante la injusticia y la violación de los derechos humanos y el compromiso con los pobres, no se quedasen en el discurso, sino que trascendieran a la acción y a la ayuda real y efectiva para con aquellos rostros sufrientes de nuestro continente.

b) El oído:

- Al igual que con el sentido de la vista, también el del oído corre el riesgo de quedarse en la superficialidad. No es lo mismo oír que escuchar. Oír es una acción superficial, es una acción mecánica de dejar que entren los sonidos a nosotros. Escuchar, en cambio, es poner atención a lo que oímos. Es dejarnos interpelar por lo que captan nuestros oídos.

- Santo Domingo no sólo oyó las voces de quienes en ese entonces hablaban o lanzaban gritos de angustia. Él supo escuchar. Y supo escuchar porque ante todo fue un hombre contemplativo: el que es contemplativo sabe escuchar la voz de Dios y la voz del hombre, la Palabra de Dios en el otro y especialmente en el que sufre. Y por eso, Domingo de Guzmán, como buen contemplativo que era, sintonizó la voz de Dios en la voz del pueblo, esto es, escuchó la voz de Dios que clamaba desde el pobre, el humilde, el desorientado y el abandonado.

- Y sobre todo Santo Domingo, tuvo un oído agudo, el oído de discípulo, y lo tuvo porque no sólo oyó, sino que también escuchó y respondió con gestos concretos a los gritos de angustia de ese pueblo. No se quedó quieto ni indiferente: Recorrió grandes distancias para llevar la Palabra de Dios como suave bálsamo ante el sufrimiento. Gastaba largas horas de su jornada para consolar y orientar al que andaba perdido. Llevaba alimento y cobijo al que lo necesitaba.

- Por otro lado, Santo Domingo nos mostró que una verdadera escucha da lugar al diálogo. Por eso quiso fundar una Orden que entrara en diálogo con los principales debates teológicos, filosóficos y sociales de ese entonces. Por eso quiso que sus frailes fueran a las ciudades y universidades donde se podía entrar en contacto con las grandes corrientes de pensamiento y entablar un verdadero diálogo que ayudara a buscar y encontrar la Verdad. Y es que Dialogar no significa renunciar a las propias ideas o convicciones, sino a la pretensión de que sean únicas y absolutas. Dialogar significa estar convencidos de que el otro tiene algo bueno que decir, acoger su punto de vista, sus propuestas. Interesante intuición ésta que captó Tomás de Aquino, que en sus escritos y especialmente en la Suma teológica se abrió al diálogo incluso con aquellos que en ese entonces eran condenados por su forma de pensar y en una maravillosa síntesis logró conciliar posturas, en apariencia, diametralmente opuestas.

- Para lograr esta apertura de espíritu se necesita del silencio. Para escuchar, hay que hacer silencio, él es el ambiente propicio para dejar que Dios nos hable, el escenario ideal para que se pueda escuchar la voz del otro y la antesala de un diálogo profundo y respetuoso con los demás. Y por eso, Santo Domingo quiso hacer del silencio el espacio apropiado para que se formara el predicador. De ahí esa famosa frase de la tradición dominicana: “El silencio es el padre de los predicadores”. Y es que un verdadero predicador sabe guardar silencio, sabe contemplar, pues sólo quien sabe escuchar puede entrar en diálogo con las angustias, con el sufrimiento, con las dudas, expectativas y esperanzas de los hombres y mujeres. Y sólo quien sabe guardar silencio puede dar una palabra apropiada de fe y esperanza a esos hombres y mujeres.

c) El tacto:

- De las acciones simbólicas más hermosas y significativas de Jesús resalta el hecho de que él no tenía miedo de entrar en con-tacto con las personas. Durante su vida él tocó, abrazó e impuso sus manos a los demás como signo de cercanía y misericordia. Jesús nunca dudó en imponer sus manos especialmente a aquellos que se acercaban a él a pedir ayuda o milagros: Tocó al ciego de nacimiento, tocó al leproso, tocó a la hemorroisa, tocó a muchos hombres y mujeres que confiaban en que sus manos los sanaría. Al igual que el Maestro, Santo Domingo también fue un hombre que no dudó en palpar con sus manos al pobre, al necesitado, al moribundo, al enfermo, al despreciado. Sus manos y todo su ser entraron en contacto con la pobreza, el hambre, el miedo, la angustia, la desesperación, la desesperanza y se dejó tocar por ellas.

- El sentido del tacto, como el de la vista y el oído tiene también un sentido simbólico. Tocar y dejarse tocar simbolizan igualmente el dejarse cuestionar, el dejarse interpelar. Así como Santo Domingo no tuvo miedo en extender sus manos para ayudar, tampoco lo tuvo para dejarse tocar por la realidad que lo circundaba y llevó a que los demás también se dejasen tocar. Al dejarse tocar por la realidad Santo Domingo usó sus manos y sus palabras para auxiliar, para dar consuelo y orientación, para dar alimento y cobijo, para instruir y para guiar.

- Otra acepción simbólica del tacto, es la que se refiere a la manera de tratar a los demás. Tener tacto para tratar a los demás. Santo Domingo era un hombre muy fraterno y cercano. Era alguien que tenía tacto para hablarle a los otros y para hacerles entender sus errores, tenía tacto para corregir, tenía tacto para cuestionarles, tacto para exigirles, tacto para ordenarles. Cuando dispersó a sus frailes para que fuesen a predicar y algunos le recriminaron, él sólo atinó a decirles: “El trigo amontonado se corrompe”. Manera ésta muy elegante, respetuosa y de tacto para hacerse obedecer.

d) El olfato:

Aunque muchas cosas podrían decirse de los olores y su relación con el sentido del olfato, quiero reflexionar en este momento sobre el olfato en su acepción simbólica.

- Tener olfato es tener la capacidad de intuir por dónde hay que ir, qué es lo mejor que hay que hacer, especialmente en los proyectos o en los negocios. Tener olfato es captar lo que otros no captan y dejarse guiar por ello. Obviamente esta capacidad ha de ir acompañada de la sabiduría y la prudencia.

- Santo Domingo fue un hombre que tuvo olfato para saber responder a las necesidades de la Iglesia de su momento. Ese olfato lo llevo a entender que la Iglesia necesitaba una Orden de Predicadores, un grupo de hombres que ayudaran a los obispos en la tarea de la Predicación. Con ello estarían ayudando a guiar a los desorientados por las herejías.

- Santo Domingo también tuvo olfato cuando decidió que sus conventos debían fundarse en las ciudades o cerca de ellas, cuando pidió a sus frailes ir a las universidades a estudiar y a enseñar porque entendió que allí era donde se debatían las grandes cuestiones filosóficas, teológicas y sociales y cuando decidió sacar a sus frailes de los conventos y mandarlos  a predicar por todo el mundo pues sólo así podía compartirse con los demás el fruto de la contemplación en el estudio, la oración y la vida común.

e) El gusto:

- El gusto es uno de los sentidos que más carga semántica puede tener. Y al igual que el del olfato quiero referirme aquí sólo a su aspecto simbólico.

- Todo lo que hasta aquí hemos dicho de Santo Domingo encuentra su fundamento en el sentido del gusto. ¿Por qué? Porque la vocación de Santo Domingo como sacerdote, predicador y fundador, nacen en su gusto por la Palabra de Dios, él fue un hombre de fe que se deleitaba profundamente con la Sagrada Escritura. Es esa Palabra su alimento y su fortaleza. Sin ella, Santo Domingo hubiese sido un hombre caritativo más. Es el Evangelio el que le da sentido a su existencia. Él descubre su misión en la necesidad de llevar la Palabra de Dios a todos, de acercarla especialmente a los excluidos y a los desorientados, de ser la voz del Señor que da aliento y esperanza, que corrige y que guía, que ilumina y acompaña.

- Él entiende muy bien, que esa palabra de Dios que él gusta y degusta no es sólo para él, es para darla a los demás. No quiso quedarse en una actitud solipsista de su vocación y deseo de santidad, sino que quiso hacer de la salvación de los otros su motor de vida y por eso entendió que debía salir a llevar esa Palabra. Y es así, que el mismo órgano que simboliza el sentido del gusto, es el mismo que le sirve para predicar, para acercar la Palabra de Dios a los demás. Con su predicación Domingo lleva el alimento de la Palabra a los demás hombres. Su voz es expresión de lo que él ha degustado en la contemplación, en la oración, el estudio y la fraternidad.

Queridos hermanos y hermanas, ya hace más de 800 años que Domingo fundó la Orden de Predicadores, en el año de 1216 y sus palabras y ejemplo perduran en el tiempo. Su obra es un signo elocuente de la agudeza de sus sentidos. Próximos a celebrar ochocientos años de su glorificación, de su tránsito al cielo aprendamos de él a tener también agudeza en nuestros sentidos:

  • Agudeza en nuestra vista para ver más allá de las apariencias, para no hacernos los de la “vista gorda” ante el dolor y el sufrimiento de los hermanos.
  • Agudeza en la vista para visionar nuevos escenarios de predicación, para ver dónde la gente nos necesita, para discernir los signos de los tiempos y responder con claridad y oportunidad a los retos que el mundo nos impone.
  • Agudeza en nuestros oídos para escuchar el clamor de los que sufren, el grito de los que no son escuchados, el dolor de tantos hombres y mujeres que están hoy sufriendo a causa de esta pandemia porque han perdido a sus seres queridos, porque están conectados a una máquina para respirar, porque su empresa ha quebrado o los han despedido de sus trabajos, porque se han quedado solos, porque han perdido la fe y la esperanza, porque se sienten abandonados hasta de Dios.
  • Agudeza en nuestros oídos para escuchar la voz de Dios que nos impulsa a predicar su palabra y a tender la mano al que lo necesita.
  • Agudeza para poder entrar en diálogo con los otros, incluso con el que piensa diferente.
  • Agudeza para saberlo escuchar y para dejarme interpelar también por él.
  • Agudeza en nuestro tacto para dejarnos tocar por el dolor de nuestro pueblo y para que nuestras palabras y nuestras actitudes toquen a los indolentes e indiferentes.
  • Agudeza en nuestro tacto para saber tratar a nuestros hermanos, a los que viven con nosotros, a los que necesitan de una palabra de aliento, a los que esperan de nosotros un mensaje de optimismo y esperanza.
  • Agudeza en nuestro olfato para poder discernir por dónde debemos orientar nuestras decisiones, nuestros proyectos, nuestras vidas. Para ser intuitivos y creativos, para encontrar oportunidades donde otros ven derrotas, para sentir la providencia de Dios aun cuando hayamos perdido la esperanza.
  • Agudeza en el gusto para saborear la Palabra de Dios que siempre tiene un mensaje para nosotros de ánimo y fe, de consuelo y esperanza, de fortaleza y apoyo.
  • Agudeza para gustar de la presencia del otro, para deleitarnos con el gozo de la fraternidad.
  • Agudeza para predicar una palabra que transforme, que renueve, que inspire.
  • Agudeza para saber llegar al corazón de tantos hombres y mujeres que esperan de nosotros una palabra profunda, creíble y sustentada con la vida.
  • Agudeza en los sentidos de la fe para llevar la luz del Evangelio a quienes transitan a oscuras por los caminos de la vida.

Que el espíritu de Nuestro Padre Santo Domingo siga presente en medio de nosotros y nos impulse a vivir en fidelidad y creatividad el carisma dominicano de la predicación.

Concluyo con una hermosa plegaria a él, compuesta por el Padre Baltasar Hendriks, O.P., hace muchos años y que refleja muy bellamente lo que hemos compartido en esta homilía.

SANTO DOMINGO,

padre y fundador nuestro,
hombre del Evangelio,
de oración y apostolado.

Mira a tu familia
que es llamada a seguirte
consagrada a Cristo,
en pobreza y fraternidad.

Te aclamamos tus hijos,
por ser tú nuestra esperanza
y te damos gracias
por hacernos herederos
de tu vida y misión.

Inspíranos a vivir
un Evangelio integral,
como respuesta a un mundo
que busca y nos reta;
y así, padre,
tu ejemplo nos estimule,
y la Verdad nos ilumine
en el estudio y la oración;
y ambos nos urjan
a transmitir a los demás
lo que contemplamos y vivimos.

Haznos, padre, como tú:
confiados en la Providencia,
dóciles al Espíritu,
constantes en contemplar,
convincentes en predicar,
prudentes al enseñar,
generosos en servir,
valientes en emprender;
en la alegría agradecidos,
en el dolor esperanzados,
en el cansancio perseverantes,
en el convivir sinceros.

Concédenos, Santo Domingo,
vocaciones nuevas,
que continúen tu obra de la "Sagrada Predicación",
hablando con Dios o de Dios.

Para que, así, padre,
se cumpla lo que tú mismo prometiste,
en honor a la Verdad,
Jesucristo, el Señor. AMEN.


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