La comunión y la esperanza cristiana frente al dolor y la certeza de la muerte

|  octubre 07 de 2020 | POR: Fray Daniel Yovani Sisa Niño, O.P. | 

El mundo posmoderno se ha caracterizado por la liquidez de las seguridades, es decir, que la firmeza de la fe y de la ciencia ha sido reemplazada por la moda, las relaciones virtuales y la fama, en las cuales prima el facilismo, y esto satisface en nosotros el deseo de seguridad; sin embargo, esta seguridad ficticia que es en ultimas pasajera, se enfrenta a algo que rompe  nuestras burbujas de jabón, nuestros pequeños mundos llenos de virtualidades, pues en la realidad del dolor, de la enfermedad y de la muerte se desvanecen nuestras esperanzas. Quizás en este tiempo de pandemia por el que atraviesa el mundo entero, pareciese que la muerte tose a nuestra espalda, se hace visible nuestra fragilidad, nuestra desnudez, nuestra finitud, pero es allí en el dolor, en la angustia del sufrimiento y en la seguridad de la muerte, es en donde podemos descubrir nuevas perspectivas a nuestra propia vida, pues pensar en la muerte, siempre es pensar en la vida.

La realidad cruda del dolor y de la muerte, que asecha nuestro entorno rompe nuestras esperanzas y nuestras seguridades, pero en la figura de Jesús podemos encontrar una respuesta y una esperanza mayor frente al misterio de la muerte y del dolor. Quizás la primera reacción que podemos tener al enfrentarnos al dolor de la perdida sea la negación, pues a veces es más fácil negar la realidad y convencernos de que todo está bien. podríamos pensar como las redes sociales permiten facilidad para despojarnos de la cruda realidad, e inventarnos una nueva, pero esto no es más que una huida cobarde; sin embargo, quedarse ocupado negando la realidad no permite que se puedan ver nuevos horizontes. La siguiente etapa es ser capaz de expresar el dolor, es una etapa que requiere mucha valentía, pues el dolor no se ha ido, sino que necesita salir, expresarse con diversas verdades como el arte, la música, la poesía, el llanto, el diálogo, y es aquí donde es de vital importancia  la comunidad,  la familia,  un entorno social sólido, ya que  los miles de seguidores de tik tok o de Instagram son puramente líquidos y solo están creados como comité de aplausos; pero la realidad del dolor devela estas relaciones y las antepone a los verdaderos amigos, a la familia y a comunidades cristianas solidas; en ultimas, la realidad de la muerte para el cristiano y de todo aquel que ha puesto su seguridad en el paradigma de humanidad de Jesús de Nazaret, no representa la caída en la nada, sino que por el contrario es expresada en la firmeza de la fe en la eternidad, por lo que se es capaz de salir fortalecido de cualquier circunstancia abrupta, al igual que lo hicieron las primeras comunidades cristianas.

Al ver en la fragilidad de este hombre en la cruz, flagelado y coronado de espinas hace que pongamos la esperanza ya no en las seguridades superfluas, sino en la esperanza en la resurrección, en la certeza de la eternidad; sin embargo, esta espiritualidad fundada en la contemplación de la cruz no puede encerrarse en el yo egoísta, sino que esta espiritualidad debe tener sus frutos en la misericordia con el prójimo y en la fraternidad. Por lo tanto, las víctimas de la barbarie del actuar humano, deben ser el foco de reflexión y actuar del cristianismo. No es posible ser cristiano y a la vez ser indiferente con las injusticias y el dolor humano, solo en esta identidad con el crucificado y su dolor es que podemos llegar a la esperanza de la resurrección. 

Quizás muchas veces nos pase como los apóstoles que al enfrentarse cara a cara con el dolor y con la inminente muerte deciden salir corriendo, deciden huir, pero ¿se puede huir del dolor y de la muerte para siempre?  la respuesta negativa salta a nuestra vista pues poco tiempo después, los discípulos de Jesús salen al encuentro con el Resucitado y esto es lo que les permite sobrellevar el dolor, la persecución y la muerte. Pero hay una característica primordial en este relato, y es que los discípulos no estaban solos, siempre se configuraron en comunidades, esto es y sigue siendo señal de la resurrección de Cristo.

Es necesario preguntarnos si en realidad tenemos comunidades cristianas sólidas, si en realidad hemos construido relaciones sociales que perduren y que trasciendan lo momentáneo, pues como hemos escuchado muchas veces las apariciones del Resucitado tienen lugar en comunidad.  Es en el apoyo mutuo de la comunidad que es posible comprender y afrontar el misterio de la muerte y del dolor. La realidad del cristiano frente al dolor debe ser orientada por la esperanza en la resurrección y por la convicción de entregar la vida por amor a los hermanos, esta fraternidad fue la que expresó San Pablo como ideal de comunión cristiana, en la teología del Cuerpo Místico de Cristo en donde todos cumplimos un papel importante para el cuerpo, y si alguna parte se enferma la Iglesia sufre, el conjunto sufre, y es en conjunto que esta realidad puede ser afrontada con esperanza.

Esta comprensión de la Iglesia como un todo, cuya cabeza es Cristo, debe hacernos pensar en la alegoría del cuerpo humano, que cuando una parte de este se enferma o sufre algún daño, el cuerpo en su totalidad se ve afectado de alguna manera. Esto sin lugar a dudas expresa una comunión eclesial, y una verdadera preocupación por el prójimo, pues al igual que lo relata el Evangelio de Marcos muchas veces nuestros enfermos no pueden acercarse a Jesús, o son paralíticos por diversas circunstancias y necesitan ser conducidos y llevados por otros, por sus hermanos, por su comunidad. Así pues, como comunidad cristiana es necesario cuestionarnos si en este tiempo de crisis mundial, hemos sabido hacer comunión con todos, si hemos sido capaces de tener relaciones sociales solidas que me acerquen a Cristo o solo tengo diversos comités de aplausos que terminan por diluirse en la virtualidad.

En ultimas es posible decir que el vestigio que dejó Cristo en sus discípulos constituye la verdadera reliquia autentica de Jesús, pues solo es en el testimonio vivo de sus discípulos, en su memoria que es predicada a todos los pueblos, que es posible retomar la seguridad y la esperanza de una vida eterna. Así, esta constante actualización de la obra de Cristo en nosotros sus discípulos es la puesta en camino hacia el Reino, pero en comunidad pues es en la certeza de confiar y amar a otros que es posible vivenciar la resurrección, especialmente en este momento de la historia de la humanidad todos estamos llamados cristianos y no cristianos a preguntarnos por el hermano que sufre, y a preguntarnos sobre nuestra propia muerte, pero siempre desde la esperanza que nos ofrece Cristo. ¿Te animas a seguirle y a encontrarle sentido al misterio de la muerte y el dolor?


Fr. José Eduardo Pardo Carillo, O.P.


Por: Fr. Fabián Leonardo Rueda Rueda, O.P. y Fr. José Ángel Vidal Esquivia, O.P.

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