Caminar en familia como primera comunidad, saliéndole al paso a los conflictos del hogar

|  octubre 14 de 2020 | POR: Fray Duván Ferney Letrado Sotomonte, O.P. | 

El conflicto en el hogar puede sonar como un tema bastante recurrente y cercano a cada una de las familias a las que pertenecemos, pero hablar de soluciones y formas de salir adelante en común unión no siempre es tan fácil y mucho menos cuando lo hacemos desde la fe. Dentro de la vida de la familia se generan conflictos y discusiones que de alguna manera son producto de la interacción entre los seres humanos que comparten vínculos de cercanía o consanguinidad ya sea que vivan en el mismo espacio o se vean de vez en cuando.

El escenario de la pandemia por el SARS-CoV-2 ha sido un espacio en el que las interacciones familiares han cambiado en gran medida, ya sea para mejorar o, por el contrario, generando conflictos y situaciones de choque al interior de los hogares. Dicho problema se evidencia dependiendo de las oportunidades de encuentro que se tengan para verse con los miembros de la familia y los vacíos que ya existían desde antes; es decir, que la pandemia sólo ha puesto sobre la mesa algunas dificultades que ya existían y que no se querían asumir. El verdadero problema no son los conflictos en el hogar, sino la actitud de cada uno frente a estos y la forma en que se solucionan o no. Se debe entender que es un problema de todos y que la respuesta está en todos con sus actitudes, diálogos e interés de caminar juntos con la familia como hogar dado por Dios para expresar los más grandes sentimientos que puede experimentar el hombre.

Lo primero que se debe tener en cuenta, es que debemos ponernos en los zapatos de los demás, y no pensar que el mundo gira alrededor nuestro, según los propios deseos y necesidades. «El problema es cuando exigimos que las relaciones sean celestiales o que las personas sean perfectas. Entonces todo nos impacienta, todo nos lleva a reaccionar con agresividad (Francisco, 2016)». Tampoco significa que hay que resignarse a sufrir porque así es lo propio de estas situaciones y que no hay ya nada que hacer. Por el contrario, es la oportunidad de fijarse en lo que hace grande ese hogar, esa familia esa comunidad doméstica. En este punto vale aclarar que la iglesia doméstica es la base de la sociedad y de la Iglesia universal; es allí en donde se construye la base de la fe que luego será compartida en una comunidad más grande que responde a la gran familia de todos los bautizados.

Así pues, los conflictos en el hogar han de ser manejados con la madurez propia de cada uno de quienes forman el hogar y ser así ejemplo vivo de la experiencia de Dios en el hogar. Esta experiencia de Dios nace en lo más profundo de la familia –en la mayoría de los casos– con quienes están aprendiendo a orar, a dialogar, en definitiva, a amar; que por lo general son los más pequeños. El testimonio de la primera comunidad que se constituye en casa es esencial para lo que viene en la vida de fe fuera de núcleo familiar; es decir, que la responsabilidad es grande por parte de quienes lideran cada familia, porque es con el testimonio y no con los gritos como se genera un ambiente ameno para vivir, no como en un campo de batalla sino como en el calor que responde a la etimología de la palabra hogar. De esta manera nace una actitud de amor por el otro como creatura de Dios que se une a mí y formamos una familia de fe.

Al revisar algunas páginas de la escritura a simple vista y sin mayor análisis o exegesis bíblica, se encuentra que desde el inicio de la creación se ha vivido en grupo humano y han existido dificultades en los mismos. La muerte entre familia, como cuando Caín mata a su hermano, es puesta en las primeras páginas de la biblia, claro hay que hacerle la debida interpretación, pero el mensaje de fondo no cambia y demuestra que el conflicto puede llegar hasta momentos dolorosos que se quisieran evitar a toda costa.

Es así como en un segundo momento se encuentra que la comprensión del amor y de otros valores y sentimientos humanos, son una buena herramienta para vivir en concordia y tranquilidad en el hogar. El valor agregado resulta de la comprensión del mensaje cristiano y el ejemplo de Jesús que sirve de parámetro para la vida del bautizado que vive en familia y que tal vez quiera formar una nueva, con la misma lógica de una familia creyente. Los sentimientos negativos, por el contrario, son fuente de dolor, de destrucción de individualismo; mismo individualismo que puede llevar a la envidia. «La envidia es una tristeza por el bien ajeno, que muestra que no nos interesa la felicidad de los demás, ya que estamos exclusivamente concentrados en el propio bienestar» (Francisco, 2016). Esta envidia es lo opuesto al amor, ya que como bien lo recuerda el Papa en Amoris Laetitia, En el amor de pareja y de familia no hay lugar para sentir malestar por el bien del otro, por el triunfo y los logros del esposo, de la esposa, de los hijos, en últimas de los seres queridos. El amor hace que entendamos que somos complemento de una comunidad que puede ser de dos, de tres o de quince como es el caso de muchas de las familias de antes. Puede ser papá e hijo, abuelos y nietos, y muchos otros roles de familiaridad que se pueden dar, inclusive aún sin ser de la misma sangre. Ese mismo amor reconoce los dones al interior de la familia y los potencializa en bien de la misma, en bien de la sociedad y de la Iglesia; dones que han sido dados por Dios y que sirven para buscar la felicidad desde la casa.

Existen conceptos que puestos en práctica dan resultado cercano a lo que debe vivir una familia. Por ejemplo, la paciencia es fundamental en una relación comunitaria, y más una familia que vive y que comparte espacios, momentos, experiencias. Pero el hablar de paciencia no es sinónimo de pasividad y aguantarlo todo; por el contrario, la paciencia «es una actividad, una reacción dinámica y creativa ante los demás. Indica que el amor beneficia y promueve a los demás. Por eso se traduce como “servicial”» (Francisco, 2016). La paciencia es el plus que sirve para construir juntos en medio de la diferencia, porque sí que hay diferencia en una familia. Un ejemplo muy citado es la idea de concebir la familia como una mano, en la que hay diferencias de altura, de anchura, de generación, de personalidades, entre otras, pero que no son obstáculo sino medio para complementarse como ya se mencionaba anteriormente.

Otro concepto es la amabilidad, siguiendo la propuesta del papa Francisco, 2016 en su carta cuando afirma: «ser amable no es un estilo que un cristiano puede elegir o rechazar. Como parte de las exigencias irrenunciables del amor, “todo ser humano está obligado a ser afable con los que lo rodean”» (n. 99). El compromiso es valioso y retador, reconociendo de antemano que no es fácil y sencillo, sino que por el contrario trae sus propias dificultades. Es fácil ser amable en una familia en la que no hay problemas económicos, una familia en la que todo marche bien y no exista la enfermedad física o mental, o simplemente en la que todo marcha a buen ritmo, que realmente son muy pocas. Pero cuando estamos ante familias con problemas como las adicciones, el mal manejo de las emociones entre otros, debe ser la ocasión para disponerse para el encuentro con el otro, con el que está pasando por la dificultad. La actitud cristiana debe ser de valentía de solidaridad y valga el término, de verraquera en el buen sentido de la palabra; debe ser una actitud cimentada en una experiencia comunitaria real que implica contacto y caminar juntos confiados en la ayuda de Dios.

Los dos últimos conceptos que se proponen en este escrito son el perdón y la confianza orientados hacia la solución de los conflictos al interior del hogar. Estos no tienen mejor medida que en Dios y su gracia para con cada una de las creaturas; con el mismo amor con el que Dios nos ha amado nos ha perdonado y confía en su pueblo. «Si permitimos que un mal sentimiento penetre en nuestras entrañas, dejamos lugar a ese rencor que se añeja en el corazón» (Francisco, 2016). Lo más común es decir este ya no puede cambiar, siempre ha sido el mismo desde niño, el famoso refrán “árbol que nace torcido, no endereza” y se va hacia un negativismo en el que no hay cabida a las segundas, terceras, “setentas” posibilidades de perdón como sí lo expresa el evangelio. Tampoco ha de llegarse al otro extremo en el que todo se pasa y no hay un compromiso serio por parte de quien comete el error y se llega muchas veces hasta la violencia física y psicológica.

El justo medio es parámetro para definir en qué momento y cómo se debe actuar; cosa que no es fácil, pero si se pone atención puede lograrse. Dicen los psicólogos que una causa de los grandes problemas en las familias y comunidades, puede estar en el no diálogo de las situaciones de inconformidad y decepción. Cuando no se habla en familia y con confianza se van generando bolas de nieves que cuesta abajo se van haciendo más grande hasta el punto de no poderse controlar y estallar dejando heridos al paso con comentarios, acciones o agresiones de cualquier tipo. «Sabemos que para poder perdonar necesitamos pasar por la experiencia liberadora de comprendernos y perdonarnos a nosotros mismos. Tantas veces nuestros errores, o la mirada crítica de las personas que amamos, nos han llevado a perder el cariño hacia nosotros mismos» (Francisco, 2016). Pero el reconocer los problemas y solucionarlos no es exclusivo de la razón y de las fuerzas propias, es un camino que se recorre de la mano de Dios con diferentes medios y herramientas que nos brinda la fe y la misma Iglesia; es decir que, a través de la oración, –dice el Papa: orar con la historia propia– se reconocen las limitaciones mías y del otro, y así mismo le brindo el perdón y la sanación interior. La consejería espiritual y el sacramento de la confesión también sirven a la hora de encontrar soluciones a las dificultades que se presentan en el hogar y que necesitan un pastor o guía que desde otra óptica pueda orientar hacia lo que es más acertado. No se puede encerrar la solución a la exclusividad de las ayudas desde la Iglesia, sino que también según el caso pueden buscarse ayuda en los profesionales que desde el campo científico aportan y se complementan con la acción de Dios en la vida de cada uno, en la historia de cada familia.

El confiar contribuye en cualquier escenario de relación entre individuos y consolida una amistad, una relación, una familia. Esto llevado en un buen ambiente que se hace con trabajo de las dos o más partes. El papa Francisco, 2016 afirma:

Panta pisteuei, «todo lo cree», por el contexto, no se debe entender «fe» en el sentido teológico, sino en el sentido corriente de «confianza». No se trata sólo de no sospechar que el otro esté mintiendo o engañando. Esa confianza básica reconoce la luz encendida por Dios, que se esconde detrás de la oscuridad, o la brasa que todavía arde debajo de las cenizas.

Por esta confianza se refleja el actuar del Espíritu de Dios en la vida de quienes integran la familia y demuestra que se trabaja en fortalecer los lazos de familiaridad y seguir avanzando en conjunto. La confianza se abre la puerta de la casa a la libertad en la que al estilo del mismo Dios no es necesario controlarlo todo, sino que se reconoce en el otro la posibilidad de actuar en orden al bien y se deja de lado la idea de controlarlo todo y pensar que la familia es un tablero de ajedrez que se puede mover al antojo de uno o de otro. Se le debe apuntar a que la familia se conforme por almas limpias, no elevadas, sino puras de sentimientos en las que no hay miedo a reconocer el error o la debilidad, sino que demuestran con transparencia lo que se es y la intención de querer progresar en adquirir aquellas cosas buenas que no se tienen.

Finalmente, debe entenderse que sin mayores análisis de estadísticas de comisarías de familias u otras instituciones es claro que no existen hogares ideales; existe tu hogar, el del vecino y el mío concreto. Hogares de seres humanos con falencias y aciertos. Hogares que siguiendo el plan trazado por Dios descubren en las dificultades una oportunidad para apostarlo todo en la construcción de la iglesia doméstica con miras a alcanzar el Reino de Dios y ser comunidad en la Iglesia de Jesucristo. Sí se parte de estas ideas puede que sea más llevadero el camino de la solución de los conflictos en el hogar y hacerlo desde la fe.


Referencia: Francisco. (2016). Amoris Laetitia. Roma: Libreria Editrice Vaticana. Obtenido de http://www.vatican.va/content/francesco/es/apost_exhortations/documents/papa-francesco_esortazione-ap_20160319_amoris-laetitia.html#Paciencia


fr. José Eduardo Pardo Carrillo, O.P. y fr. Jaider Jiménez Yacely, O.P.


Por: Fr. Fabián Leonardo Rueda Rueda, O.P. y Fr. José Ángel Vidal Esquivia, O.P.


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