¿Cómo he vivido mi compromiso eclesial de ser solidario con el prójimo en tiempos de pandemia?

|  octubre 21 de 2020 | POR: Fray Duván Ferney Letrado Sotomonte, O.P. | 

La solidaridad puede ser abordada desde diferentes puntos de vista, en los cuales están vinculadas las creencias, los intereses y las necesidades de un individuo o de un grupo de personas que ofrecen o reciben algo. En los últimos meses el mundo cambió, y para nadie es un secreto que la pandemia por el SARS-CoV-2 ha dejado a su paso ciertas dificultades que se han vivido en mayor o en menor medida en muchos lugares del planeta.

Uno de los problemas más significativos son las necesidades de miles de familias que han dejado de trabajar, de estudiar, de vivir como vivían antes de la pandemia, ya que no cuentan con recursos o ayudas económicas y de acompañamiento que puedan ayudar a subsanar dichas necesidades. Esto no es problema exclusivo de las casas, sino que es evidente cómo algunas naciones han tenido problemáticas sociales bastante considerables por el avance de la pandemia en sus países y la pobreza característica de muchos de estos pueblos. Es decir, que el problema atañe a un mundo globalizado e interconectado, en el que son más notorias las desproporciones y en el que el factor económico juega un papel importante. Las acciones que se toman al otro lado del Pacífico afectan positiva o negativamente a los demás continentes, comprendiendo lo que ha manifestado el papa Francisco al referirse a que vivimos en la casa común y también con sus palabras en marzo pasado en las que afirmó que todos estamos en la misma barca.  

La solidaridad es un tema complejo de tratar, no por las fuentes bibliográficas escasas o abundantes, sino porque implica un compromiso social de llevar a la práctica los diferentes discursos que se escuchan a diario. Ser solidario no es una acción exclusiva de la Iglesia, sino que desde los diferentes momentos de la vida humana, se debe manifestar el interés de ayudar al otro, más allá de si profesa alguna religión, o de si pertenece o no a un grupo ONG. Ser solidario es un principio humano y que desde la Iglesia se experimenta como una acción cristiana, que enmarca el sentido de comunidad en la que debe vivir cada bautizado y su responsabilidad con el prójimo.

Como se mencionó en la entrega anterior, el amor es fundamental a la hora de hablar de Iglesia Doméstica y ésta dentro de una comunidad universal que vive en sociedad. Siguiendo el magisterio del papa Benedicto XVI, en su encíclica Deus caritas est se comprende el ejercicio del amor por parte de la Iglesia como una «comunidad de amor», en la que se da la manifestación del amor trinitario. La caridad es entonces una forma de vivir la solidaridad al interior de una comunidad, que siguiendo el amor a Dios y de Dios a su pueblo, experimenta en el otro la fuerza del Espíritu en la vida de los demás, reconociendo que los sufrimientos del hermano son los propios y, por tanto, no se puede ser ajeno a dichas situaciones.

El amor al prójimo enraizado en el amor a Dios es ante todo una tarea para cada fiel, pero lo es también para toda la comunidad eclesial, y esto en todas sus dimensiones: desde la comunidad local a la Iglesia particular, hasta abarcar a la Iglesia universal en su totalidad. También la Iglesia en cuanto comunidad ha de poner en práctica el amor. En consecuencia, el amor necesita también una organización, como presupuesto para un servicio comunitario ordenado. La Iglesia ha sido consciente de que esta tarea ha tenido una importancia constitutiva para ella desde sus comienzos. (Benedicto XVI, 2005)

La propuesta cristiana de las primeras comunidades es radical e implica vivir la fe con toda la realidad multidimensional del hombre. Los sistemas políticos actuales y las lógicas del mundo van en contravía con esos principios de la comunidad cristiana primitiva, generando rupturas entre lo planteado por Jesús en el evangelio y lo que vive cada cristiano perteneciente a una nación y a las leyes que rigen dicho pueblo. No es fácil ir más allá de las leyes gubernamentales que podría constituir delito, sino que se debe hacer una vinculación entre lo que expresa la fe y lo que se puede llevar a la práctica en la vida cotidiana de cada creyente como un individuo.  

A decir verdad, a medida que la Iglesia se extendía, resultaba imposible mantener esta forma radical de comunión material. Pero el núcleo central ha permanecido: en la comunidad de los creyentes no debe haber una forma de pobreza en la que se niegue a alguien los bienes necesarios para una vida decorosa. (Benedicto XVI, 2005)

En la actualidad, el servicio de la Iglesia debe comprenderse como una responsabilidad de todos los bautizados; es decir, que ya no son sólo algunos los encargados de velar por el bienestar del resto, sino que en la lógica de comunidad todos están al tanto de la necesidad de todos. Siempre habrá líderes que lleven la responsabilidad de coordinar, pero no siendo los únicos sino generando dinamismo en quienes dirige. Es necesario una conciencia en la que el bautizado se sienta llamado al servir a los demás, sin importar la familiaridad o cercanía. «Con el paso de los años y la difusión progresiva de la Iglesia, el ejercicio de la caridad se confirmó como uno de sus ámbitos esenciales, junto con la administración de los Sacramentos y el anuncio de la Palabra» (Benedicto XVI, 2005). La Iglesia sirve por medio de sus miembros y camina a la luz de Cristo como ejemplo de servicio; junto con la Eucaristía, los sacramentos y el anuncio de la Palabra, la Iglesia trabaja en la construccion de sociedades equitativas y sirve a aquellos que socialmente están más desprotegidos y se encuentran dentro de la pobreza y la miseria. Con lo anterior, no se sircunscribe la caridad y el servicio a proporcionar recursos materiales –que son importantes– entrando en un asistencialismo, sino que con el acompañamiento espiritual y la oración se extienden lazos de solidaridad a quienes lo necesitan; tal vez el hermano tenga la nevera llena, pero le hace falta quien lo escuche, quien lo ayude a caminar en un proceso de conversión, o simplente alguien que en silencio sea signo de la presencia de Dios en aquella vida.

En tiempos de Covid-19 sí que es importante ser solidarios con lo que tenemos a nuestro alcanse; en efecto, con el simple hecho de guardar el aislamiento y las medidas preventivas, se puede contribuir solidariamente con el otro. Las palabras del arzobispo de Lima (2020) concuerdan con la necesidad de ser solidarios en estos tiempos cuando afirma que: «hoy, la distancia es un acto de solidaridad». El comprender que el virus sigue circulando, conduce a una responsabilidad inteligente en la que evito dichas situaciones en las que me pueda afectar, pero también en las que puedo afectar al otro. Si se avanza desde esta lógica ya hay un terreno ganado en la solidaridad con el otro. 

En los meses del presente año ha surgido un miedo en el que muchas veces se pasa de un aislamiento social preventivo y conciente, a una indiferencia en la que de puertas para afura no importa lo que le esté pasando al otro; este sería el otro extremo negativo y anticristiano. Es así, como el pensar en la solidaridad en estos tiempos está dentro del bien común, que llama a un compromiso serio con quien lo necesita. Pasar de verse cada ocho días en la misa dominical, de ir al grupo de oración o de encontrarse para algún grupo parroquial, a trabajar como comunidad en la solución ante la crisis que se vive. El hecho no está en salir de la casa y observar lo que está pasando sin tocar a nadie, sino buscar ayudas y alternativas en las que pueda servir, primero a los más proximos como es natural y luego hasta donde las fuerzas y las ayudas logren llegar. Es común escuchar que es el gobierno y las alcaldías quines tienen que llevar los recursos y ayudar; pues bien, no son los únicos. Cada uno desde su casa y con sus recursos puede ser solidario y dar de lo mismo que Dios da; es con desprendimiento y total convicción del reino de Dios, como se lleva a cabo una acción solidaria que salve vidas, reconstruya lo destruido y levante a quien decae en la fe y en la esperanza. Los cristianos somos portadores de vírus de la alegría  de la comunidad cristiana, y con esto ya empezamos por compartir desde lo que tenemos.   

Ser solidarios sirve como ejemplo para otros que observan las acciones del cristiano; es testimonio de vida para quienes no creen y sin pronunciar palabra alguna. «El gran escritor cristiano Tertuliano, cuenta cómo la solicitud de los cristianos por los necesitados de cualquier tipo suscitaba el asombro de los paganos» (Benedicto XVI, 2005). Aquí no se menciona al párroco, a la monja o al colaborador de la Iglesia –en la lógica común–, se menciona la actitud de los cristianos; es decir, que no se puede decir doy la limosna en la misa y listo, sino que aparte del cumplir o dar por dar, se debe sentir llamado a hacer dichos actos con alegría, sinceridad y fraternidad. «Cuando Ignacio de Antioquía llamaba a la Iglesia de Roma como la que “preside en la caridad (agapé)”, se puede pensar que con esta definición quería expresar de algún modo también la actividad caritativa concreta» (Benedicto XVI, 2005). Dar un mercado, ayudar con el abrigo, dar un buen concejo, son obras de misericordia pero también son acciones concretas y tangibles que unidas a la oración complementan el quehacer de los miembros de la Iglesia. Dice san Benito a los monjes ora et labora, y así orando y trabajando se puede ejercer la solidaridad en tiempos de pandemia. Se entiende que en tiempos de pandemia debe hacerse con más énfasis ,porque es lo que vive el mundo ahora.  

Somos concientes de que pertenecemos a la Iglesia, y que la Iglesia es la gran familia de bautizados. Entonces, ha de actuase como se hace en una familia, si un miembro sufre todos sufren con él, si hay uno que necesita de la comunidad, esta debe dirigir su mirada hacia allí y llevar el calor y la seguridad que se experimenta en un verdadero hogar. La parábola del buen samatitano expresa situaciones a las que nos enfrentamos en la cotidianidad; por un lado, la postura de ayudar a quien lo necesita sin interés así sea un desconocido, pero por otro lado, el interrogante de enfrentarnos a asistir a alguién que no conocemos, que tal vez pueda ser un ladrón o que se halla buscado su problema por andar en lo que no debía. Hay que ser hábiles y comprometidos, y de la mano de Dios discernir en las situaciones en las que no sea tan clara la situación de ser solidarios.

La finalidad de hacernos concientes de nuestro copromiso cristiano y la solidaridad con los demás, es que hagamos el examen de conciencia que permita saber cómo estamos actuando ante esta emergencia que vive el mundo. Comprometerse es pasar de las palabras a las acciones que se evidencien en actividades realizables y que contribuyen al trabajo de toda la Iglesia, para sentir que nuestra ayuda está sirviendo de complemento a la labor eclesial y comunitaria de la Iglesia universal.


Referencias
Mattasoglio, M. C. (05 de 04 de 2020). “Hoy, la distancia es un acto de solidaridad”. (.edu, Entrevistador) Obtenido de https://puntoedu.pucp.edu.pe/entrevistas/hoy-la-distancia-es-un-acto-de-solidaridad/
XVI, B. (2005). Deus caritas est. Vaticano: Vaticano. Obtenido de http://www.vatican.va/content/benedict-xvi/es/encyclicals/documents/hf_ben-xvi_enc_20051225_deus-caritas-est.html


Por: fr. José Eduardo Pardo Carrillo, O.P. y fr. Jaider Jiménez Yacely, O.P.


Por: Fr. Fabián Leonardo Rueda Rueda, O.P. y Fr. José Ángel Vidal Esquivia, O.P.


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