Una educación ambiental fundamentada en la prudencia

|   junio 20 de 2021  •  Fray Daniel Yovani Sisa Niño, O.P.  |

Toda virtud tiene su fundamento y razón de ser en la relación con los otros e incluso con lo que llamamos medio ambiente, este tipo de relación ha de estar fundamentado en la cordialidad, es decir, que una educación en virtudes no puede convertirse en un aprendizaje de un catálogo de principios, sino que implica una forma de comportarse y de estar en el mundo. Esto se hace desde una comunidad, desde una relacionalidad, la cual se ve ejercida con propiedad en la comunidad educativa. Desde antaño la educación ha sido uno de los elementos más importantes para construcción de sociedades, pues desde sus primeras experiencias, como en la paideia griega, se asume la relación entre maestros y estudiantes como la posibilidad de construir conocimientos que nos descifren como individuos y como colectivos. Sin embargo, la escuela como institución, ha sufrido diversidad de transformaciones positivas y negativas, las cuales, han generado una dinámica de descontento y promesa; descontento en la medida que el colegio sigue reinventándose críticamente, y es promesa porque en la educación el ser humano ha encontrado una luz de esperanza para responder asertivamente a las realidades nefastas que el mundo enfrenta como lo es, la crisis medio ambiental.

La prudencia como madre de todas las virtudes, es un punto interesante de reflexión para esta entrega, la cual vincula al colegio con la conversión ecológica. La prudencia es entendida como la capacidad de hacer ver con claridad las causas y las finalidades, pero también, conduce la voluntad hacia el bien. Para Santo Tomás de Aquino la virtud de la prudencia tiene su lugar en el entendimiento, “Es, pues, evidente que la prudencia pertenece directamente a la facultad cognoscitiva. No pertenece a la facultad sensitiva, ya que con ésta se conoce solamente lo que está presente y aparece a los sentidos, mientras que conocer el futuro a través del presente o del pasado, que es lo propio de la prudencia, concierne propiamente al entendimiento, puesto que se hace por deducción.”[1]

La prudencia al pertenecer a la facultad del entendimiento, requiere un tipo de conocimiento, requiere de memoria, implica la sagacidad para distinguir las cosas, e incluso es necesario una agudeza de mirada, “si tu ojo es bueno, todo tu cuerpo estará lleno de luz”[2]. La capacidad de ver implica un cumulo de experiencias, implica aprender a relacionarse con el prójimo y con la realidad. Esta virtud permite abrirse al mundo y a la historia, pues posibilita una visión amplia, y a su vez un modo de ser en el mundo.

Ahora bien, frente a la pregunta de cómo orientar la voluntad para una conversión ecológica desde el contexto escolar, es posible decir que el pensamiento de Santo Tomás de Aquino puede orientar reflexivamente en estos tiempos de crisis, pues en su tratado de la virtud le dedica un especial espacio a reflexionar sobre la prudencia, en la cual encontramos ocho características que dan luz al problema medioambiental.

Si bien para el teólogo dominico la voluntad de alguien que busque exclusivamente un bien particular no es correcta, salvo a que se refiera al bien común como a su fin, se puede deducir que todos debamos aprender de los ocho pasos sinérgicos de la prudencia, especialmente en la época del colegio, lugar donde se sientan las bases de la ciudadanía y del bien común. En primer lugar, encontramos la memoria de las experiencias adquiridas, pues el entendimiento se basa en actualizar y recrear las experiencias vividas, las cuales se presentan de diversos modos: de carácter sensible o de carácter intelectual, y el colegio es el lugar privilegiado para permitirse vivir este tipo de experiencias y cultivar la memoria.

En el segundo paso podemos encontrar la necesidad de ver con inteligencia la situación, esto es, pensar y repensar sobre la memoria histórica, sobre lo que se ha hecho como humanidad frente a la relación tecnocrática que se ha tenido con el medio ambiente, lo cual desde las diversas materias que se ven en el colegio es necesario plantear un diálogo interdisciplinar para ver con inteligencia y detenimiento el problema, esto es posible especialmente desde los proyectos transversales planteados por cada institución. En el tercer paso Tomás nos pone de frente a los grandes personajes de la historia, aquellos que han dedicado su vida al servicio de la inteligencia, pues saber escuchar a los que saben más, aquellos maestros de la humanidad, se hace vital para actuar prudentemente, lo cual se ve con toda claridad en la reflexión teórica de las clases. Un Tomás de Aquino, en la actualidad sería un hombre que aprovecharía al máximo los medios de comunicación para sopesar de manera dialogal las diversas posturas que hay sobre el tema, expandiendo así las fronteras de la escuela convirtiendo al mundo en una especie de comunidad de indagación.

En el cuarto paso la sagacidad o la capacidad para comprender las cosas y percibir lo que conllevan, invita a que el colegio también sea escuela de diálogos y discusiones, ya que a partir de ello es posible aprender a ver las cosas desde diversas perspectivas, y así adquirir la sagacidad para ver la realidad sin prejuicios. Ya en el quinto paso la capacidad de discernimiento y de juicio juegan un papel preponderante, pues el colegio ante todo debe concentrar esfuerzos en forjar capacidad de juicio con los saberes adquiridos, pues lo importante en la relación maestro estudiante, no es que haya un ejercicio de repetición sino de formación de individualidades, es decir, de posiciones claras y fundamentadas.

Después de toda la información recopilada y juzgada prudentemente, Tomás invita en el sexto paso a actuar imperando la acción, esto significa que todo este ejercicio especulativo y reflexivo debe desembocar en acciones concretas, y desde el colegio es posible desarrollar esto desde pequeñas acciones como el reciclaje, hasta proyectos ambientales que tengan un impacto mayor. Tomar conciencia y apropiarse de las ideas es un principio de la voluntad, es un principio de acción. De este modo, actuar prudencialmente en términos de conversión ecológica requiere de un proceso como se ha analizado, requiere de una comunidad que acompañe el entendimiento, pues no hay mayor expresión de la inteligencia que vivir o llevar al acto las ideas.

En el séptimo paso Tomás plantea que aquel hombre prudente que ha desarrollado exitosamente los pasos anteriores, debe expresarse con seriedad, decoro y con la envergadura necesaria que implique este acto, y pues al ser un problema que afecta a todos, en el presente y en el futuro, la circunspección, es decir la sobriedad y la lucidez en la palabra y en el acto debe ser un punto característico de todo hombre y mujer que ha visto en el colegio una escuela de humanidad.

Y, por último, se plantea la necesidad de precaver o alertar de las consecuencias nefastas que trae la crisis medioambiental, causada por el mismo actuar humano, posibilitando así un verdadero cambio. El colegio es el lugar ideal para forjar ideales, para reflexionar críticamente sobre la realidad, tener sensibilidad y conciencia de los problemas que aquejan a nuestro mundo. El colegio es el lugar donde se construyen sueños, En términos de Gutiérrez Girardot, “pues el estudio es una pasión, no una profesión, una aventura y un riesgo, no una carrera, un fuego, no un acto burocrático el desafío de la libertad…”[3].

[1] ST II-IIae q. 47, art. 1. R.

[2] Mt 6, 22

[3] GUTIÉRREZ GIRARDOT. Rafael. (1989) Sobre el sentido del estudio universitario. En: Hispanoamérica: Imágenes y perspectivas. Bogotá: Editorial Temis. P. 283


Biliografía:

Aquino, Tomás. Suma Teológica. Recuperada en: https://hjg.com.ar/sumat/c/c47.html

Comte-Sponville, A. (2000) Pequeño tratado de las grandes virtudes. Chile: Editorial Andrés Bello.

Cortina, A. (2007) Ética de la razón cordial. Educar en la ciudadanía en el Siglo XXI. Oviedo: Ediciones Nobel

GUTIÉRREZ GIRARDOT. Rafael. (1989) Sobre el sentido del estudio universitario. En: Hispanoamérica: Imágenes y perspectivas. Bogotá: Editorial Temis.

Pieper, J. (1980) Las virtudes fundamentales. Bogotá: Ediciones RIALP S.A.



Por: Fray José Ángel Vidal, O.P. y Fray Ramiro Alexis Gutiérrez, O.P.  


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