“El amor de tu casa será mi tormento”

|  marzo 07 de 2021  |

Celebramos el tercer domingo de este tiempo cuaresmal en el cual se nos invita a reconocer en la cruz de Jesús, un lugar propicio para dejar atrás nuestras necedades y escándalos, y asumir con valentía y coraje una verdadera transformación del corazón.

Nos presenta la liturgia el pasaje del Evangelio de Juan donde Jesús sube a Jerusalén y se encuentra con que el Templo, el sacro lugar de Israel, ha sido pervertido por la avidez de dinero de aquellos que solo se preocupan por su bienestar y por aumentar “el fasto de su casa”. Algo sumamente indignante de la situación es la aprobación de los sumos sacerdotes, quienes acomodaron sus principios a las prebendas que recibían por parte de los comerciantes del templo.

Al encontrarse Jesús con aquel desolador panorama, actúa de la manera más desconcertante posible, al menos así ha sido vista esta actitud a lo largo de la historia, especialmente para todo aquel que lo ha concebido como un sencillo pacifista, cuya única pretensión no era otra que la de ser un “Mesías espiritual” para los de su tiempo. Las devociones mal entendidas van dulcificando a la persona de Jesús al punto de evitar cualquier minúsculo detalle de humanidad puesto que atenta contra su divinidad.

Pero más allá de adentrarnos en debates moralizantes en torno a la persona de Jesús, el texto evangélico nos lleva a comprender el carácter profético del joven galileo, cuyo objetivo no es otro que el de desmontar las falsas imágenes y los falsos ídolos que han entrado en el corazón de los israelitas y han perturbado su relación con Dios.

En el templo, el lugar privilegiado para el encuentro con Dios, se ha traspuesto al Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, al Dios de la liberación y de la alianza, por un ídolo. El ídolo del dinero se ha apoderado de la religión y la ha deshumanizado. Es el negocio de la fe que se ha vuelto un opresor del pueblo. Jesús se encuentra un pueblo que vive una fe arraigada en las transacciones, una relación con Dios a través de intermediarios, animales y cosas.

Jesús sube a Jerusalén con la ilusión de celebrar la Pascua, la fiesta de la liberación, pero se encuentra con un pueblo oprimido por una religión mercantilista, una comunidad que se relaciona entre ellos a través del dinero, un pueblo esclavizado por los ritos.

La actitud de Jesús es retadora y a su vez les invierte su escala de valores. Les anuncia que para vivir en Dios no requieren de vacas, ni cabras, ni tórtolas, solo necesitan un corazón contrito, una voluntad bien dispuesta. Les recuerda, y de paso a cada uno de nosotros, que somos templo sagrado del Espíritu, que en la estructura del templo se le puede encontrar a Dios, pero que realmente su presencia mora en el corazón de cada persona humana, templos que nosotros por lo general desatendemos para quedarnos con la majestuosidad y belleza de las piedras. Templos que hoy nos gritan por pan, por salud, por educación, por igualdad, por justicia. Templos que hoy reclaman de nosotros las actitudes de Jesús, que nos interpelan porque nuestro amor por ellos no nos atormenta, que nos piden a grito que alejemos a los mercaderes que les imposibilitan encontrarse con Dios, que saquemos a los animales y todo aquello que estorbe, que interfiera, en su relación con Dios y con nosotros. Los templos humanos están reclamando nuestros actos proféticos.

Hoy sigue habiendo mercaderes a la entrada de los templos que no quieren renunciar a sus negocios para entrar libremente en relación con Dios y con los hermanos, basta con que les soliciten desistir de su tecnología de última generación o lo depositado en las cuentas de ahorros para entrar en crisis. De la misma manera que sigue habiendo mercaderes que clasifican y discriminan quién y cómo los otros pueden relacionarse con Dios, a quien le vende una vaca o una tórtola.

El actuar de Jesús no es otra cosa que la exhortación a expulsar todo aquello que se interponga entre Dios y el corazón del ser humano, y por supuesto, en las relaciones interpersonales. Nos hemos llenado de arandelas para relacionarnos con Dios, nos encanta vivir en pequeños negocios con Dios, tener relaciones estériles con Aquel que es ante todo Gracia y bendición. Y si así nos relacionamos con Dios, ¿qué esperar de nuestra relación con los demás?

Vivimos en un mundo donde los seres humanos, especialmente los pobres, se convierten en medios para los opresores que pretenden alcanzar fines específicos. A su vez, la deshumanización y la pérdida del sentido liberador de la religión, como en tiempos de Jesús, causa la segregación de tantos que quieren y anhelan estar en relación Dios. No se trata de renunciar a la religión, ni de suprimir los ritos y demás aspectos propios de la comunidad religiosa, es renunciar a todo aquello que no ocasione un impacto real, estremecedor, en la vida de todo practicante; dejar atrás toda práctica pueril, que no nos ayude en el encuentro personal con Dios y los hermanos.

Frente a esta realidad Jesús nos invita a realizar actos proféticos, aunque sabemos que nuestros actos proféticos no serán como los de Jesús, porque el miedo a la muerte, o simplemente a la expulsión, nos roban la gallardía y el coraje de enfrentarnos a tantas injusticias en el mundo y al interior de nuestras comunidades. Un acto profético ha de conducir a un cambio, a una metanoia, que inicia en el corazón de quien lo vive, pero que se extrapola a todos aquellos que lo circundan. No le cerremos la puerta a una actitud profética en nuestra cotidianidad, venzamos el miedo y los dogmatismos desencarnados.

Dios conoce nuestro corazón, sabe de los obstáculos que anteponemos para evitar un cara a cara con Él. De la misma manera como esquivamos la mirada de los que están a nuestro lado o simplemente cambiamos de trayecto para no tropezarlos, así también esquivamos la mirada de Dios, porque vivimos sumergidos en realidades que nos llevan a poner nuestros ojos en lo que no es verdaderamente fundamental.

Un acto profético concreto que el mundo nos exige es la preocupación y la defensa de la vida, de los pobres, de los excluidos. Nuestra religión no puede seguir siendo lugar de segregación por color de piel, condición social y sexual, etc. Nuestra religión ha de ser un lugar para el encuentro fraterno, para la renuncia a los ídolos que la deshumanizan, para la búsqueda y el deleite de la verdad, esa verdad que es Jesús, el Dios-con-nosotros, ese Jesús que conoce nuestros corazones, que sí confía en nosotros, que nos ha hecho hermanos y nos ha exhortado a amarnos los unos a los otros, ese que nos mostró el rostro amoroso del Padre y que nos invita a deshacernos de todo aquello que nos estorbe de ver a Dios como nuestro Papá, a liberarnos de todo ídolo que nos oprima y no nos permita sentirnos hijos amados de un mismo Dios.

Cuando asumamos verdaderamente las actitudes de Jesús en nuestras vidas, el mundo cambiará, nuestra realidad comunitaria también lo hará, cuando abandonemos a los ídolos que se interponen en la relación con Dios y los otros, podremos decir que hemos avanzado en nuestro proceso de conversión. Cuando el amor por los más necesitados nos atormente, al punto de robarnos el sueño, hemos de confirmar que el Reino de Dios está presente. 


Imagen: Copyright: © The National Gallery, London


Fray Jose Angel Vidal

  • Cursa quinto semestre de Licenciatura en Filosofía y Letras en la Universidad Santo Tomás

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