Martes de San Martín: refugio de los habitantes de calle (3/9)

|  septiembre 15 de 2020  | Por: Fray Andrés Viaña, O.P., de la casa de Campo Dos, Tibú. | 

Dos veces durante el año la Iglesia conmemora los dolores de la Santísima Virgen: la Semana de la Pasión y hoy, 15 de septiembre: Con esta memoria, se busca que María, como imagen de la iglesia, nos inspire el deseo de estar al lado de las infinitas cruces de los hombres, para poner allí aliento, es decir, presencia liberadora a través de su hijo Jesús.  

María nos invita a entender su dolor y vencer los nuestros, de cara al gran amor que se manifiesta en la donación universal del Hijo de Dios. Ella es la madre querida de tantos hijos crucificados por la injusticia, la opresión y el desamor. Es más, no solamente nos beneficiamos de su cercanía cuando nos encontramos ante una dificultad o un padecimiento. Con ella, queremos ir al encuentro de los que sufren. Nosotros, los cristianos debemos combatir el dolor y luchar contra sus causas. Más aún, los creyentes tenemos muchos carismas para transformar y trasfigurar el dolor; el saber escuchar, el llevar consuelo, el infundir esperanza, el rezar con oportunidad, el estimular desde nuestra fe y tantos recursos, ayudan a hacer más buenas, más esperanzadas a las personas sufrientes.

Ahora bien, recordar en este tercer martes a San Martín de Porres nos debe llevar a mirar el rostro de una persona, es el rostro de su espacio: los habitantes de la calle.

San Martincito, como muy cariñosamente le llamo, en este martes grita y clama por el dolor evidente de una sociedad inequitativa, desigual, injusta; pero a su vez, lanza un grito insistente de rebeldía, desacuerdo, desaprobación frente a muchas prácticas y realidades sociales que hoy debemos confrontar, debido a las tensiones suscitadas por el sistema económico imperante. La crisis que plantea la modernidad, en la cual ubica al mercado por encima del desarrollo humano, ha volcado a un grupo de personas a habitar en la calle como una opción ante las ansiedades y encrucijadas de la pérdida de identidad, convirtiéndolos en los “nómadas” de las ciudades.

La condición de habitar la calle en Colombia ha estado asociada al desplazamiento, la violencia intrafamiliar, la extrema pobreza, microtráfico, el incremento de consumo de sustancias psicoactivas, por decisiones y experiencias personales asociadas a vínculos afectivos, de amistad o identidad, problemas mentales, conflicto armado, entre otros factores, que han configurado el rostro de los habitantes de la calle, quienes constituyen una población de niños, jóvenes, adultos, ancianos y familias, que sin distinción de edad, sexo, raza, estado civil, condición social, mental u oficio, viven allí, haciendo de la vida de la calle una opción temporal o permanente.

Los habitantes de calle se presentan ante nuestros ojos con toda la crudeza de un modo de vida que nos recuerda la fragilidad de la condición humana, expresada en la enfermedad, la falta de aseo, la soledad, la locura a veces, la falta de auto cuidado físico y emocional, la agresión, la ausencia de recursos económicos que les garanticen, por ejemplo, una vivienda, un trabajo estable, etc. Pero a la vez también nos muestra la fuerza de la resistencia ante las inclemencias de las condiciones de supervivencia, nos recuerda lo más instintivo del ser humano y sus emociones que no se enmascaran tras la cultura ni otras mediaciones.

Estas personas, los “indeseables”, son a quienes se denominan los excluidos sociales, porque no solo el Estado les vulnera derechos, sino que la sociedad en general los expulsa, como nos dice el papa francisco. Fray Escoba como también se le conoce, nos viene a recordar, en su caridad, que no podemos olvidarnos de estos hermanos nuestros, que también son seres humanos iguales a nosotros, que de una u otra forma merecen nuestra atención como él atendía a todos, y que a su vez hoy nos cuestiona: si los hemos tratado con dignidad y respeto; cada uno de ellos son un cristo en la tierra y nos recuerdan la humanidad que está presente en unos hermanos que tienen una forma marginada de vivir.

Recuerdo cuando, junto a la Frater, salíamos los jueves a visitarlos y, cada vez que un hermano de calle recibía un pan con chocolate, lo hacía de manera agradecida, pero no restándole importancia a las ganas de gritar y pedir ser escuchado, abrazado y comprendido. Y ese es el gesto y hecho que nos recuerda, de múltiples maneras, cómo san Martin servía a los más pobre y necesitados.  Que Nuestra Señora de los Dolores con su compañía, su fortaleza y su fe, nos dé fuerza en los momentos de dolor y en los sufrimientos diarios.

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Santo Domingo de Guzmán

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