PULMÓN de la Espiritualidad: Un sueño eclesial (3/9)

|  mayo 24 de 2020  | Por: Fray Alberto René Ramírez, O.P. | 

Se ha dicho que una cerilla no puede remplazar al sol… Pero también se dice que es mejor encender una vela -hasta que raye el alba del nuevo amanecer-, que quedarse lamentando la oscuridad. Y es que, al final, la más pesada oscuridad no puede extinguir la luminiscencia vacilante de un pábilo. «Me iré» dice el Señor. Y sus palabras descargan pena en los discípulos, como si se tratara de la ausencia misma de Jesús. Ese anuncio proyectó el arrebol que acosa el final del día luminoso, epifánico en el que los amigos del novio disfrutaban de su compañía. Pero Jesús invade esas cavilaciones con una sorprendente declaración: «Y ninguno de vosotros me pregunta “¿Dónde vas?”» (Jn 16, 5). No es momento para la tristeza, es el instante para la promesa: «si me voy enviaré al Paráclito, al intercesor» (cf. Jn 16, 7). Su ausencia precederá a la más contundente presencia producida por el soplo de su Santo Espíritu que inflamará nuestros pulmones.

Hoy por las circunstancias que vivimos, es normal, pese a la esperanza que alimenta la promesa, sentir que la ausencia de Cristo nos duele y se siente: la incertidumbre, el miedo, los problemas, la enfermedad o la muerte de seres muy queridos; incluso también el cierre de los templos y la restricción a las celebraciones comunitarias alimentan esa sensación. El Sol se ha ocultado, pero aquí en la Tierra han comenzado a brillar miles, cientos de miles, millones de luces, que contendrán con decidido valor y generosidad la oscuridad que quiere imponerse: es la Iglesia, es ella, que ahora no en un templo sino en cada hogar brilla. 

La iglesia doméstica es esa luz que ilumina cuando se oculta el Sol… No es una iglesia encerrada en casa, pegada al televisor o a súplicas y plegarías. Es una iglesia que muestra la fuerza del Espíritu mostrándose solidaria, colaborativa con el vecino, con los que padecen mayores angustias.

No es una iglesia encerrada, ella establece nuevas relaciones frente al consumismo que ha hecho de muchos seres humanos verdaderos esclavos, para abaratar la ingente producción de cosas que serán prontamente desechadas.

El retirarnos en la cuarentena ocasionó en muchas partes del mundo industrializado un breve descanso que fue como una primavera en la que retoñaba la naturaleza que se regenera.

La iglesia doméstica no es el reemplazo de la iglesia universal, de la gran comunidad que se reúne y celebra el misterio de Cristo y el don de su espíritu… Ella es su anticipo, sus primeros brotes… Es la misma vida en Cristo, que como Él mismo lo expresa es testimoniada con la misma fuerza y vigor por el Santo Espíritu y, ahora, por nosotros sus testigos, porque ahora estamos llenos de ese mismo Espíritu enviado en el Pentecostés de nuestra existencia y de nuestras circunstancias. 

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Santo Domingo de Guzmán

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