Homilía 23 de mayo de 2021

|  mayo 23 de 2021  | 

Hermanos, como Iglesia celebramos la venida del Espíritu Santo sobre los discípulos. Ya han pasado 50 días desde la Pascua y la Escritura muestra que la muerte es vencida por la vida, la resurrección de Cristo. Nuestra fe en Dios se fortalece con la esperanza de una vida eterna y un amor entregado a los demás. Pentecostés es la confirmación de la voluntad de Dios para con todos los hombres, el anuncio de la buena nueva que se universaliza, el nacimiento de la Iglesia que se bautiza por la acción del paráclito y que de Él recibe la fuerza de Dios.

Pentecostés es la pedagogía de la universalidad del evangelio, en donde como Iglesia recibimos los dones, carismas y frutos para anunciar la verdad a todas las naciones. El Espíritu Santo nos enseña a vencer las barreras entre los hombres, hace del discurso vida, es la fuerza de la palabra, la acción divina, donde la revelación quiere dialogar con el mundo. Los discípulos en este día recibieron el Espíritu Santo y con ello, la facultad de predicar en otras lenguas, universalizando el llamado del Evangelio.

El Pentecostés nos invita hoy a hablar de Jesús en un lenguaje actual. El Evangelio se tiene que equiparar de una universalidad que le permita ser recibido en muchos contextos que carecen de una luz que haga del mundo un lugar mejor. Nuestra predicación tiene que traducir a los hombres el amor de Dios, de manera que podamos curar la ceguera que generan brechas entre clases sociales, así como, corrupción, injusticia, guerras, mezquindad y otros aspectos que deshumanizan a un mundo cada vez más globalizado, pero carente de relaciones universales orientadas al bien común.

La acción de Pentecostés ha permitido que la Iglesia se expanda por el mundo, lo que ha favorecido que el amor de Dios se abra a todas las culturas. Este hecho tiene su raíz en el mandato de Jesús, en el Evangelio de San Marcos, cuando ordena a sus discípulos ir al mundo entero y predicar el evangelio por el bautismo. La acción del bautismo configura en nosotros vivir una multiplicidad de carismas, pero estos carismas son ordenados por el Espíritu Santo, que guía, anima, renueva y produce en la Iglesia una multiforme predicación de Cristo. 

La vida de un cristiano no se puede entender sin la acción de Pentecostés, ya que nos ayuda a leer el entorno con una mirada esperanzadora que renueva nuestra predicación al servicio de las almas. Además, nos mueve a comunicar los bienes que perfeccionan el conocimiento de Cristo, porque en la medida en que lo conozcamos mejor nuestra predicación será viva y eficaz.

Esta solemnidad nos invita a dejar los miedos, la tristeza, la intranquilidad, para recibir del Espíritu Santo el aliento de Dios, la fuerza que trae alegría. El suceso de Pentecostés cambió la vida de los discípulos, los motivo a que comunicaran que no todo termina en la muerte sino es solo un paso a la pascua para vivir eternamente. Así como a ellos, se nos invita a predicar la vida, esta misma incitación se ve conducida por un seguimiento que compenetrado con la creación. Como hijos de Dios no debemos descuidar la incidencia que tengamos cuando desarrollamos los dones y carismas que provienen del Espíritu Santo, que alimenta nuestra vida y conduce nuestra predicación a las multitudes.

En esta celebración en que pedimos la acción del Espíritu Santo recibamos, la fuerza de Dios, que aliente nuestro seguimiento como cristianos; que seamos instrumentos de fe, esperanza y caridad, que la predicación de nuestros apostolados y vidas, enamoren a tantos hombres y mujeres que piensan configurar su vida a Cristo, auxílianos, señor en la prueba y la alegría.


Fray Ramiro Alexis Gutiérrez Corredor, O.P.

  • Cursa primer semestre de la licenciatura en filosofía y letras de la Universidad Santo Tomás.

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