Lunes Santo: “Como pez en el agua”

|  ABRIL 06 DE 2020 • Fray Jorge Isarel Otálora, O.P., vicario de la parroquia Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá, en Chapinero, Bogotá.  |

Unción de Betania: Del Evangelio según San Juan 12, 1-11.

“María tomó una libra de perfume de nardo, auténtico y costoso, le ungió a Jesús los pies y se los enjugó con sus cabellos. Y la casa se llenó del olor del perfume” 

Dentro de la dinámica de apertura de “la llegada de la hora” del Señor, es decir, el inicio de su final, este gesto de ternura de parte de María hacia Jesús, marca el comienzo del fin, empieza el camino doloroso hacia su pasión. Esta mujer hace acopio a lo más preciado y costoso que había guardado a la espera del uso adecuado. Éste momento ha llegado: su Señor se ha dignado visitarle y por ello con gesto silencioso y humilde le lava los pies, los unge con el fino aroma de uso exclusivo para la Divinidad. Este perfume de nardo, usado para disponer el proceso mortuorio, es generosamente dado en vida. Porque para ella Él es la Vida, Él es la Resurrección, como se lo había revelado personalmente.

En este tiempo de recogimiento, la ternura de la maternidad y femineidad hacen eco dentro y desde un mundo, donde aún la mujer sigue siendo receptora de todo tipo de injusticias. Ella, mujer, se equipara a la creación en cuanto su género, en cuanto su tarea como madre y creadora, y desborda de ternura: Se siente a pesar de todo“como pez en el agua”. La naturaleza ha buscado con firmeza, propias de la mujer-madre, dirigir y corregir lo que está mal; ha recogido a sus hijos dentro de su vientre y ha extendido sus alas maternales para cobijarles cual gallina a sus polluelos. Qué bellas analogías podríamos seguir aplicando, sobre todo cuando se pasa por alto la gran influencia de mujer en el mundo.

¿Acaso puede alguien decir que existe algún ser en el mundo, con mayor dedicación a sus hijos por encima de una madre? ¡Claramente no! Pero esto sólo se entiende cuando hay gratitud y reconocimiento por el sacrificio y entrega que siempre han estado presentes en nuestras madres. Aquella persona que no lo reconoce, ciertamente no podrá experimentar estos dos sentimientos. La incapacidad de gratitud no le desbordará fácilmente, y menos si se niega a vivir el ser mujer con todo lo que a ella le debe acompañar. Menos en este mundo tan desprovisto de valores y respeto por toda aquella institucionalidad, que dejan un sombrío y grotesco panorama  donde lo femenino ya no cuenta, donde tanto la ternura, la delicadeza y hasta la misma feminidad se han borrado casi por completo. Expresarse grotesca y burdamente, se ha vuelto pan diario tanto de niños, jóvenes y adultos. No se respeta la presencia de otras personas que merecen respeto. Se experimenta un aire de grandeza, de autosuficiencia, creyéndose que por el desbordado lenguaje vulgar, se sienten “como pez en el agua”. Se ha perdido el horizonte de un comportamiento acorde a los momentos y circunstancias.

Duelen los oídos, cuando al pasar desapercibos ante estas nuevas generaciones, se escuchan conversaciones tan bizarras y desencarnadas frente a la percepción del mundo y de la vida, que no sólo ofenden con su lenguaje, sino con la verborrea grotesca que evidencia la pobreza interior que se carga. Dios quiera que, como buen resultado de este periodo de recogimiento obligado, un alto porcentaje de hermanos regresemos al diario acontecer, dispuestos a reconstruir un mejor mundo y una delicadeza cada vez más limpia de todos esos gérmenes dialectales y comportamentales que merman la capacidad de generar ternura y delicadezas propias del afecto maternal y femenino.



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