2. «Yo te aseguro que hoy estarás conmigo en el Paraíso»  - Amen dico tibi hodie mecum eris in paradiso (Lucas, 23: 43) 

|  ABRIL 10 DE 2020 Fray Adrián Mauricio García Peñaranda, O.P. asignado ratione studiorum en Francia. |

Muchos de los que en su momento vieron a Jesús crucificado en medio de dos ladrones, no identificaban en él al Salvador del mundo, sino a un malhechor más. Jesús en medio de los dos bandidos se confunde con el pecado, se mezcla con el mal. Esto muestra que Dios en la persona de su hijo asume realmente nuestra humanidad, se confunde con nuestras miserias. Como aconteció con el ladrón que logró redimirse, Dios habla de formas misteriosas y es capaz de sacar cosas buenas de lo que creemos malo. De la misma forma, las redes sociales también pueden ser un “lugar” en el que actúe el plan salvífico de Dios.

En los hospitales los pacientes se están muriendo solos y los familiares han tenido que despedirse utilizando WhatsApp, FaceTime o cualquier otra aplicación. Tal como un cuchillo, las redes sociales en sí mismas no son ni buenas ni malas, dependen del uso que se les dé. Los que somos sujetos de moral somos los seres humanos, no la tecnología. Tal vez nuestro compromiso es el uso responsable de estas redes y, antes de entrar en pánico, tratar de verificar inteligentemente la información que allí se comunica y no propagar noticias falsas. Nadie niega en medio del confinamiento, lo mucho que estas redes nos han servido para sentir al menos un poquito más cerca a nuestros seres queridos. Al tiempo que, tal vez, ellas nos están enseñando hoy día nuestra necesidad natural de contacto físico con los otros. Antes, éramos como islas con celular, nos encontrábamos reunidos con personas cercanas en restaurantes o en cualquier otro lugar, pero toda la atención la tenía el que chateaba con nosotros del otro lado de la pantalla. Ahora que, debido a las circunstancias, podemos sumergirnos en las redes sociales con más frecuencia de la habitual, empezamos a darnos cuenta del significado de un abrazo, de la importancia de una caricia y del valor insospechado que tiene el poder caminar libres por calles y aceras.

Nos han enseñado que un milagro es algo que recibimos, pero tal vez el milagro es algo que ya poseemos y descubrimos su importancia el día que deja de estar. Digamos que un milagro es como la luz, el agua, el internet, la cama, la comida, la casa, la libertad, los seres queridos, la salud; no sabemos cuan importantes son para nuestra vida que cuando de repente dejan de estar. Quizás esta cuarentena nos ha hecho ver estos milagros y valorarlos mucho más. Nos ha enseñando lo que significa extrañar.

Todos estamos sobre el mismo mar, algunos van en barco, otros en pequeños botes, algunos naufragan y otros murieron. Duele pensar en los pobres, en los que no tienen casa para pasar la cuarentena, es claro que la tempestad no es igual para todos. Por eso es tan importante animarnos y ayudarnos mutuamente. No somos superhéroes, los papeles protagónicos los tienen los médicos, los campesinos que siguen produciendo, los cajeros de los supermercados, los que los abastecen, pero sobre todo los enfermos y los caídos en medio de esta pandemia. Nuestro papel debe ser humilde, discreto, un rol de “extra”, con suerte un papel secundario, no es momento para sentirnos el centro del universo y creer que todo lo que ocurre solo me pasa a mí. No es momento para la xenofobia, las luchas de clases o choque de culturas. Por eso, pequeñas ayudas, pequeños gestos, pequeñas palabras e incluso el silencio, pueden ser mucho más útiles en estos momentos que alguien que se contagió por querer jugar al superhéroe. Tal vez estamos frente a un retorno de lo trágico, el relato del súper hombre que era capaz de enfrentarse solo a todo y poder contra todo, empieza a declinar, necesitamos de los otros. El hombre nuevo, el hombre reconciliado debe aparecer, nadie puede seguir siendo el mismo después de todo lo que está pasando. Esta segunda palabra muestra que ni Jesús mismo entró solo al paraíso, nos salvamos con los otros o no nos salvamos.

Para los budistas la acción definitiva y tal vez la mas contundente de todas, es no hacer nada. Para nosotros cristianos, esto puede ser algo muy difícil de realizar, es por esta razón que debemos pedir la Gracia de Dios para que ilumine nuestros actos, para que nos manifieste el gesto oportuno, la palabra correcta y nos siga manteniendo en nuestra fe. Se vale tener temor, no somos robots, pero esto no debe impedir el animarnos mutuamente como un gesto oportuno en medio de la crisis. Como diría un fraile polaco amigo: “En el convento no tenemos cura para el virus, no sabemos cómo salvar ni a las familias ni a la economía nacional, no reemplazamos la asistencia psicológica, solo podemos hablar durante este difícil momento. Llámame!” No podemos dejar que los más vulnerables se hundan en la tristeza, la soledad, la resignación y la depresión. Somos testigos de esperanza, somos testigos de la resurrección y esa es nuestra luz en el mundo, la cual debe brillar en medio de las tinieblas.

Dios, en estos tiempos difíciles del coronavirus, muestra su rostro en cada infectado y muere con cada una de las víctimas. Por eso, como lo dice un verso del poeta inglés John Donne: “Ninguna persona es una isla; la muerte de cualquiera me afecta, porque me encuentro unido a toda la humanidad; por eso, nunca preguntes por quién doblan las campanas; doblan por ti.”


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