5. «Tengo sed». – Sitio (Juan, 19: 28).

|  ABRIL 10 DE 2020 Fray Wilmar Yesid Ruíz, O.P., Casa de Santa María Virgen, Campo Dos, Norte de Santander. |

Jesús tenía un cuerpo. A muchas personas les cuesta aceptar y reconocer la humanidad de Jesús.  Yo creo como lo enseña la Iglesia, que Jesús fue plenamente hombre y plenamente Dios. Sin embargo, algunos de nosotros centran su atención de manera exclusiva en los episodios donde se resalta la naturaleza divina de Jesús tentados a creer que Dios simulaba que era humano. Lo fingía.

Seamos claros Jesús nació, vivió y murió. Jesús necesitó que otros lo cuidarán, lo sostuvieran, lo alimentaran porque él tenía un cuerpo como el nuestro. Como todos nosotros, Jesús sudaba, estornudaba, se cansaba. Todo aquello que es propio de los seres humanos y del cuerpo humano Jesús lo experimentó, entre esas el hambre y crucificado, la sed.

La crucifixión, era una de las formas más atroces de morir. El que iba a ser crucificado era clavado a la cruz por las muñecas, y luego lo apoyaban en un pequeño asiento de madera fijado en la mitad del madero vertical. En otras ocasiones se fijaba un pequeño estribo para que el reo apoyará los pies.  Esos dos apoyos no eran precisamente para aliviar, sino para prolongar la agonía. Los crucificados morían la mayoría de las veces por asfixia, pues el peso del cuerpo les comprimía las costillas y pulmones. Si los crucificados podían apoyarse en esos pequeños asientos, la asfixia era más lenta y tardaban más en morir.  Y en medio de tal sufrimiento bajo el calcinador sol de Judea, Jesús sintió sed, y sintió sed porque tenía un cuerpo.

¿Qué significa para nosotros que Jesús tuviera un cuerpo humano? Sugiero dos respuestas. La primera tiene que ver con nuestro mundo, con la manera como nos relacionamos con los demás, es decir con la comunidad. La segunda, con nosotros como individuos. Y por supuesto ambas cosas están relacionadas.

  1. La sed en el mundo

Para muchos habitantes de nuestro planeta, la sed física es una experiencia de cada día. Hoy de manera increíble no hay agua limpia a disposición de todos, porque, aunque lo único que tenemos que hacer la mayoría de nosotros para saciar nuestra sed es abrir la llave del agua, para más de ochocientos millones de personas eso no es posible porque no pueden acceder fácilmente al agua limpia y fresca. Sabiendo que todos somos parte del Cuerpo de Cristo, podemos decir que en este mismo momento el Cuerpo de Jesús está sufriendo y pasando sed. Así pues, si nos hemos entristecido o hemos llegado a llorar por la sed que sintió Jesús en la cruz con más razón tenemos que hacerlo por los que en este momento tienen sed, por quienes sufren corporalmente, sea porque tienen hambre, están desnudos, encarcelados, o sufren algún tipo de ataque o de abuso.

Y en ese mismo sentido se trata no solo de llorar sino de hacer algo que solucione el problema. ¿Por qué no dejar que esa tristeza nos impulse a actuar?

  1. Nuestra sed como individuos

Jesús comprende la situación por la que cada uno está pasando físicamente. Al escribir esta reflexión pienso de manera especial en los que hoy sufren por el contagio del Covid 19, los que están en las clínicas, o en una cama en la unidad de cuidados intensivos. Especialmente cuando la cruz es grande, cuando el sufrimiento y la enfermedad son enormes nos parece que Dios está lejos. Y nos preguntamos ¿le importamos algo a Dios?

Es ahí donde no podemos olvidar que Dios tuvo un cuerpo en Jesús de Nazareth y hoy en cada ser humano y que por tanto la sed, el hambre, el abandono, y todo sufrimiento serán trasformados en vida por la resurrección de Jesús.


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