“Ni aunque resucite un muerto” (XXVI)

|  septiembre 27 DE 2019 • Fray Hernán Antonio ARCINIEGAS VEGA, O.P.  |

El evangelio de hoy termina con una fuerte sentencia: “«Si no escuchan a Moisés y a los profetas, no se convencerán ni aunque resucite un muerto»” (Lc 16, 31). Jesús introduce esta expresión dentro de un diálogo con los fariseos, atribuyendo las palabras a Abraham, el padre de la fe. En el relato, aparecen como protagonistas un rico, un pobre llamado Lázaro y Abraham, quien da la explicación de lo que está sucediendo, a modo de personaje omnisciente. Según explica Abraham, la desgracia del rico está en no haber escuchado a Moisés y los profetas, mientras que Lázaro es reconfortado luego de su desgraciada vida. Pero… 1) ¿acaso el rico no conoció o escuchó a Moisés y a los profetas? 2) ¿Por qué Jesús habla de esta manera a los fariseos? Y… 3) ¿qué dicen Moisés y los profetas para que alguien se convenza y… a fin de cuentas no llegue a ese ‘lugar de tormento’?

1. ¿Conoció el rico a Moisés y los profetas? En el relato, el rico reconoce a Abraham como su padre, de manera que se muestra ligado a su linaje, hijo de Abraham y, probablemente, judío. Es inevitable entonces que haya conocido los textos sagrados escritos por Moisés (Torá / Pentateuco) y los profetas (Nebiim). De manera que, en primer lugar, ‘escuchar’ no se reduce en la expresión de Abraham a conocer y profesar. Debe tratarse de algo más profundo, de un ‘dejarse decir’. Hay algo que ‘se dijo’ en Moisés y los profetas que interpela al oyente; pero también hay algo que ‘se dice’ en la realidad contextual que reclama la respuesta de cada uno. El rico del relato parece que no ‘escuchó’ ni a Moisés, ni a los profetas, ni a su realidad circundante, el pobre que yacía a su puerta.

2. ¿Qué relación tienen los fariseos con el relato? El evangelista Lucas relata unos versículos atrás el contexto: “Estaban oyendo todas estas cosas los fariseos, que son amigos del dinero, y se burlaban de Él” (Lc 16, 14). Seguido, Jesús les reprocha el que se crean justos. Con el relato del evangelio de hoy, Jesús está acusando la incorrecta interpretación de Moisés y los profetas que han realizado los fariseos, llegando a niveles de soberbia tales que desprecian a los sencillos, se burlan del mismo Jesús y se refugian en sus riquezas. Con esto dicho, se comprende la interpretación alegórica que hicieron san Gregorio y san Agustín:

Para san Gregorio Magno[1], Lázaro representa a los gentiles que tratan de alimentarse con las migajas de la mesa del rico, que es el pueblo judío quien posee la riqueza de Moisés y los profetas. Así, los gentiles despreciados, que ahora acuden a la conversión en el descubrimiento de Moisés y los profetas, son admitidos a la vida eterna: no sólo por ser rechazados, sino por la humildad de mostrar sus llagas (limitaciones y pecados) y procurar el alimento de Moisés y los Profetas.

Por su parte, san Agustín[2] descubre en Lázaro la figura de Cristo mismo. Es Dios encarnado, hecho frágil y pobre que al pie de la puerta busca las migajas del banquete, que son las obras justas. Pero que, en vez de dignidad, encuentra humillación y desprecio de quienes han interpretado a Moisés y los profetas. Es decir, Jesús esperaba de los fariseos la comprensión de lo anunciado desde antiguo y que en Él llegaba a su cumplimiento. En cambio, se acercan a Él los perros (gentiles), y terminan saciándose de su cuerpo y sangre (eucaristía).

Por tanto, en el trasfondo de la polémica, está la soberbia y arrogancia que genera el desprecio del otro, del pobre, del gentil, de Cristo.

3. ¿Qué dicen Moisés y los profetas? La liturgia presenta en la primera lectura al profeta Amós, quien nos muestra la clave de interpretación de esta polémica. Luego de describir la vida de riqueza, introduce de manera adversativa la razón del ‘destierro’ (perdición): “pero no se conmueven para nada por la ruina de la casa de José” (Am 6, 7). Así, el punto de lectura que presenta la liturgia es la compasión[3]. En el pentateuco, por su parte, la compasión tiene una condición noble porque se muestra como un atributo de Dios: “porque el Señor tu Dios es un Dios misericordioso” (Dt 4, 31)[4]. Si Dios se muestra misericordioso, su pueblo está llamado a ser misericordioso. Santo Tomás afirma que la ‘misericordia’ es la mejor de las virtudes que hacen referencia al prójimo porque “nos hace semejantes a Él [Dios] en el plano del obrar”[5]. Por lo cual, al menos desde la lectura litúrgica, lo que están pidiendo Moisés y los profetas es la ‘compasión’ por el otro. La compasión/misericordia resulta entonces en la forma de apertura, encuentro, reconocimiento y dignificación del otro. La compasión es el dinamismo que saca al ser humano de su propia arrogancia, de su soberbia, de sí mismo y lo lanza al encuentro del otro, del necesitado, del hambriento, de Cristo.

Como conclusión, aquello de ‘ni aunque un muerto resucite’ se trata de una acusación en contra de la arrogancia y soberbia del corazón humano. El reproche está focalizado a la falta de compasión ante el necesitado, el sufriente, el ignorante, el despreciado, el olvidado… La soberbia es incompatible con la compasión, porque la primera genera desprecio, mientras que la segunda sale al encuentro del otro. Es útil recordar la virtud de la magnanimidad, que consiste en ser grandemente generoso. Alguien con muchos recursos puede ayudar con inmensa generosidad. Y sin necesidad de enfocarse sólo en la riqueza material, el acto compasivo, como suplencia de la miseria del otro, abarca distintas dimensiones y ámbitos en la que se puede ejercer.

El salmista recuerda que:

El Señor abre los ojos al ciego,
endereza a los que ya se doblan,
el Señor ama a los justos.
El Señor guarda a los peregrinos” (Sal 145, 8-9).

Señor Jesús, en el peregrinar de esta vida, quítanos la ceguera de nuestra soberbia, permítenos descubrirte en el necesitado, en quien requiere de nuestra compasión. Señor, endereza nuestra voluntad, que tiende a enfocarse sólo en nosotros mismos, para que así salga al encuentro del otro. Danos la fuerza de tu Espíritu para conquistar la vida eterna a la que nos has llamado[6]. Amén

* Fray Hernán Antonio ARCINIEGAS VEGA, O.P., fraile dominico asignado al convento de San José en Chapinero, Bogotá.

[1] San Gregorio, in Evang hom. 40.

[2] San Agustín, De quaest. Evang. 2,38.

[3] Confróntese los siguientes textos de los profetas donde también se reconoce la compasión como atributo divino: Is 30,18; 49,10.13; 54,7-8; 63,7.15; Jr 12,15; Os 2,25; Miq 7, 19.

[4] Puede profundizarse en: Ex 33,19; 34,6; Dt 13,18; 30,3.

[5] Suma de Teología, II-II q. 30 a. 4 ad. 3

[6] 1 Tm 6, 12.

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