María, Madre de Misericordia (4/9)

|  julio 03 de 2020  |  POR: fray Fabián Elicio RICO VIRGÜEZ, O.P. del Convento Santo Domingo, Bogotá. | 

Hoy dirigimos la mirada a la Santísima Virgen María llamándola: “Madre de Misericordia”, siendo conscientes de que estas palabras tienen la fuerza de una invocación. No de cualquier persona decimos que es ‘misericordiosa’. Por ejemplo, es raro que un hijo se refiera a su mamá como madre de misericordia, mucho menos de un padre, y cuando ocurre lo decimos propiamente de Dios. Puede que la razón de este desuso se deba al desconocimiento de su significado o que simplemente lo limitemos al campo espiritual. Pero, para quienes hemos seguido la ruta doctrinal del papa Francisco, sabemos que la ‘misericordia’ es la brújula que marca el derrotero de sus intervenciones, remarcado en el lema de su escudo papal: “miserando atque eligendo” (lo miró con misericordia y lo llamó); por ello no es extraño que haya incluido en las letanías a la Santísima Virgen María esta invocación: “Mater Misericordiae”.

Aunque no encontremos en la literatura bíblica un apelativo mariano de este tipo, ni expresiones así referidas a una mujer, sabemos que el origen de la palabra misericordia tiene una impronta femenina y hasta maternal, pues, el término hebreo rehem y su plural rahamim hacen referencia al útero y a la matriz. Por eso, cuando se afirma de Dios que es compasivo, o que tiene ‘misericordia’ y piedad, nos desplazamos hasta la profundidad de sus entrañas maternas traspasadas por el dolor de quien está padeciendo.

Ahora bien, no es el caso para la Santísima Virgen María, pues ella sí fue plenamente mujer y madre. Sus entrañas conocieron a Jesús, la misericordia hecha carne, al que pudo contemplar como ningún otro. En sus entrañas de Madre se formó y en su corazón de discípula conservó todo cuanto escuchaba y veía de Él. Por ello, invocar a María como “Madre de la Misericordia” es repasar desde su corazón la vida de Jesucristo, expresión viva de la misericordia de Dios, y es, a la vez, ruego honesto de que hasta nuestras entrañas pueda llegar la caricia de Dios mediante el rostro sufriente de la humanidad.

Padre amoroso, de cuyas entrañas compasivas nos vino la Salvación, te rogamos nos permitas experimentar tu amor cuando con un corazón misericordioso, como el de María, su madre, abracemos el dolor de la creación. Amén.


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