Una ruta de acción cristiana

|  noviembre 01 de 2020  |

El llamado “sermón del monte” narrado por Mateo es pronunciado para un grupo selecto y restringido: quienes han seguido a Cristo, sus discípulos; mientras que el presentado por Lucas (6, 20-23) se encuentra orientado a todos, a un público sin distinción ni especificación alguna.

Así que Mateo incluye dentro de este reducido grupo a los seguidores de Jesús, hombres y mujeres realmente pobres, marginados, perseguidos, excluidos social y económicamente. A ellos se dirige este sermón que no es otra cosa sino una maravillosa invitación a descubrir esos valores del reinado de Dios aún en medio de las dificultades por las que atraviesan; es el compendio de una hermosa invitación a vivir la pobreza, la aflicción, el desprendimiento, el hambre y sed de justicia, a la misericordia, a la vida honrada y limpia, al trabajo por la paz y la reconciliación, así como a la firmeza ante la persecución.

Será una nueva forma de ser creyente para este naciente grupo y, actualizando este mismo mensaje en nuestra realidad, podemos verlo como un itinerario de vida. Así, pues, la ruta que nos propone Cristo en las bienaventuranzas, abarca tiempo, lugares, personas, experiencias, accidentes, alegrías, entre muchas cosas más, a medida que nos vamos configurando como verdaderos cristianos. Ahora bien, vale la pena preguntarnos lo siguiente: ¿somos pobres de corazón?, ¿confiamos plenamente en la providencia y voluntad divina?, ¿tenemos a Cristo como nuestro modelo ante el sufrimiento y la muerte?, ¿somos desprendidos de las cosas superfluas y materiales? o ¿estamos amarrados a las posesiones terrenas sin más?, ¿tenemos hambre y sed de justicia? Las preguntas pueden seguir hasta completar un grueso listado.

Ante estas preguntas podemos responder que, si observamos las cuatro primeras bienaventuranzas: versadas en la pobreza del corazón, la aflicción, el desprendimiento, el hambre y sed de justicia; no podemos caer en la falsa impresión de verlas como representantes de una fácil espiritualización en medio de las realidades de hoy en día, la mayoría de las cuales no son alentadoras en ningún sentido. Precisamente este error radica en verlas como una elemental pasividad al soportar males, pobrezas, injusticias y dolor mientras esperamos la reivindicación del mundo futuro, donde seremos premiados, pero no es así. Lo cierto es que si estas cuatro primeras bienaventuranzas reflejan el abandono del creyente a la voluntad divina, no hacen que nos quedemos de brazos cruzados sin más, ya que, al complementarse con las siguientes cuatro bienaventuranzas, son el reflejo del compromiso y empeño que debemos tener para cambiar la realidad y para construir el reinado de Dios aquí y ahora.

Por eso, hermanos, la hermosa invitación que hoy nos hace nuestro Señor Jesucristo a vivir plena y sencillamente la misericordia, la solidaridad (sobre todo con los más necesitados), la vida honrada y limpia en todo momento y lugar, a trabajar incansablemente por la paz y la reconciliación, así como ser firmes ante la persecución; se convierte en esa ruta por la cual transitar a la vez que vamos creando identidad de Iglesia, el nuevo pueblo de Dios que camina día a día por las sendas de la historia, mientras construye el reino divino en esta tierra.

No olvidemos, hermanos, que cada una de las bienaventuranzas tiene su propia recompensa: misma que ni la muerte terrena Y sin hacer por interés, teniendo presente únicamente el recibir, no olvidemos que Dios mismo nos ha prometido el cumplimiento de las bienaventuranzas, así que ¿por qué temer? Aunque de nosotros depende ponerlas en práctica, aun en medio de las dificultades más grandes y tormentosas por las que podamos pasar.

Ser bienaventurados no es una tarea inalcanzable, ya que al estar todos estos enunciados en el plano de la vida cotidiana, podemos ser constructores de condiciones que hagan a la vida más humana, más soportable, más digna, más feliz. Y como si fuera poco no comenzaremos desde cero, pues este camino ya ha sido transitado por centenares de santos que de una u otra forma experimentaron profundamente la vida confiada en Dios y sus proyectos, legándonos múltiples opciones por las cuales seguir adelante en este caminar, mientras construimos el reino de Dios en la tierra.

De los santos también podemos aprender que nadie nace perfecto, que poco a poco debemos crecer y configurarnos como verdaderos creyentes. Ellos también un día se aventuraron a seguir el camino, la ruta propuesta por Jesús desde las bienaventuranzas, pero padecieron grandes tormentos en su diario vivir, incluso fueron injuriados, perseguidos y calumniados; puede que a nosotros nos toque más fácil este recorrido, o incluso más fuerte, pero no desfallezcamos, confiemos en Dios y pidamos siempre su auxilio, porque esta ruta es compleja, y perseverando podremos recibir, al final, la abundante paga en el cielo, misma que ha sido mencionada por Cristo al final de la última bienaventuranza.


Imagen tomada de: https://obsegorbecastellon.es/lectura-y-evangelio-del-viernes-de-la-i-semana-de-cuaresma/jesus-y-sus-discipulos-6-1/ 


Fray Jaider Jiménez Iaselli, O.P.

  • Licenciado en Filosofía, Pensamiento Político y Económico.
  • Tercer año de Teología.
  • Cursa sexto semestre de Teología en la Universidad Santo Tomás.

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