Tras las huellas indelebles de la Trinidad

|  mayo 30 de 2021  |

Dilectos hermanos:

Somos acreedores de un llamamiento especial; sobre nuestros hombros reposan ya bastantes rótulos, que, desde tiempos idos, representan nuestra vida consagrada como un grito fehaciente de la radicalidad que significa la opción por ser preludio de la visión beatifica de Dios, de la vida celeste y de las glorias futuras. ¡Qué honor tan inmenso debería sentir un religioso al saberse predilecto por la Iglesia, que ha identificado por mucho en su estilo de vida un prisma sin par, con relación al seguimiento de Cristo!

Lo anterior, porque en esta décima dominica del tiempo ordinario, la Iglesia ha ubicado la Solemnidad de la Santísima Trinidad; sin embargo, en muchos de sus corazones puede surgir una pregunta: ¿Qué relación guarda la dimensión profética de la vida religiosa y cristiana en general con la Trinidad? Es ese precisamente mi interés particular a lo largo de esta pequeña reflexión: Demostrar de manera sucinta cómo nuestro estilo de vida guarda una profunda y fascinante relación con la intimidad misma de Dios.

A lo largo de los tiempos la Iglesia ha reflexionado profundamente en la Trinidad; eximios pontífices dirían de ella que es la plenitud del encuentro del hombre con Jesucristo y en él con el Padre y el Espíritu. Pese a ello, hoy quiero que pensemos en este insondable misterio desde la imagen de familia, una familia que desde el cielo nos enseña a vivir como familia terrena. El éxito de la familiaridad en la Trinidad se da esencialmente en dos valores capitales: la unidad y el respeto.

Sobre la unidad diremos que, en un sentido más extenso, como cristianos, deberíamos buscarla a todo lugar y máxime en nuestro caso particular como religiosos o simplemente miembros de una familia específica, estamos llamados a ser heraldos de la unidad, pregoneros incasables de la comunión, con más tesón hoy, donde habitamos en un país convulsionando y polarizado como el nuestro.  Cuando un religioso predica la unidad más que entelequias y circunloquios doctrinales, está predicando su vivencia diaria, su conventualidad, su capacidad de amar y sentir como parte de sí la totalidad sus hermanos, caso similar ocurre en el hogar, una familia convencida de la unidad, irradia e inunda a su alrededor los efectos de la gracia que recibe directamente de la Trinidad.

Por otro lado, el respeto nos ayudará a darle otro color a nuestra vida familiar, fraterna y religiosa. Cuando aprendemos que el otro es distinto, y que esa diferencia lo convierte en un don y aunque las distinciones llegan a incomodar, seguro a doler mucho y a ser difíciles de entender; estas, no nos resta valor alguno. Al contrario, cuando la diferencia de mi hermano la veo como un don y no como una amenaza, puedo entender que es allí donde se cuece la verdadera comunión, es decir al igual que en la trinidad, las relacione interpersonales, constituyen nuestra verdadera identidad, somos en relación al otro, somos frailes porque tenemos hermanos, o somos hijos porque contamos con padres, en familia o en conventualidad el otro nos complementa y significa. El respeto radica también en el decoro, con el cual se trata la vida del hermano o familiar; todos tenemos derecho a vivir una vida íntima que necesita del mayor cuidado.

Tal vez, si nuestras comunidades y nuestros núcleos familiares se nutrieran más de estos dos valores, seguro comprenderíamos más a plenitud que el misterio de la Trinidad en su esencia íntima es un derroche de practicidad, una escuela que desde la unidad y el respeto nos introduce en el más puro vínculo del amor. Hoy más que nunca ustedes y yo, que somos bautizados, tenemos que ser teas ardientes, que griten al mundo hasta perder la voz que hay un camino perfecto y ecuánime: el camino de la unidad. Sin embargo, ese discurso solo podrá ser válido cundo desde nuestra vida auténtica lo aprendamos a vivir y manifestar sin doblez ni fingimiento. En un núcleo familia o en una vida en comunidad construida a imagen de la Trinidad no caben las diplomacias pueriles; al contrario, se abre el camino a la espontaneidad.

Un compromiso de tal magnitud puede atemorizarnos, hacernos sentir inseguros y trastabillar en el camino, pero es ahí donde el evangelio de Mateo capítulo 28, en su versículo 20 nos dice “Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin de los tiempos “el mismo  Mateo que nos presentó en un primer momento en su evangelio al Emmanuel, al Dios con nosotros (1,13)  hoy ante la inseguridad de nuestra vida, nos recuerda que ese Dios no se marcha y que muy lejos de querer irse, prefiere establecer una intimidad más profunda con el hombre como lo expresa más adelante el evangelio de San Juan (14,23)  “El que me ama guardará mi palabra y mi padre lo amará y vendremos a él y haremos morada en él.” Una intimida que los teólogos llamarán principio de inhabitación, es decir la presencia de Dios uno y trino en la vida e historia del hombre, la sed de Dios por hacer parte de nuestra vida desde el bautismo y los demás sacramentos, una presencia constante y duradera.

Nuestro padre Domingo, queridos hermanos, fue un ejemplo vivo de confianza plena en la Trinidad, por eso procuró la unidad y el respeto en medio de sus frailes, no en vano sus biógrafos nos recuerdan con ahínco que, “a todos amaba y de todos era amado”. Como él, el Dominico al caminar debe dejar impresa la huella indeleble de la Trinidad; su vida y su actuar deben ser una predicación continua del amor y la unidad que nos viene de Dios; en familia o en comunidad, todo es de todos, todo se posee en colegialidad, al igual que en la trinidad, aunque el padre crea, el hijo redime y el espíritu santifica, los tres, participan en la historia de salvación, algo semejante soñó Domingo para su familia, de frailes, monjas y seglares, una comunión tan perfecta que nada se hiciera buscando vanagloria, si no que el honor a un Dominico cayera de inmediato sobre toda la preclara orden.

Finalmente, ¿Queremos cambiar el mundo? Pues aprendamos a ver en nuestra vida, hasta en nuestra respiración una loa continua a la Trinidad Santa. ¿Queremos hacer parte del cambio político y social de nuestra patria? Aprendamos a ver en la diferencia una alabanza a la Trinidad. ¿Queremos un mejor futuro para las familias y la Iglesia? Pues aprendamos en la confianza y el amor un encomio propio a la Trinidad, ya que, si nos falta el amor y la unidad, ¿cómo podrá el mundo creer?    

Ubi concordia, ibi victoria


Fray Santiago Arango Ospina, O.P.

  • Cursa primer semestre de la licenciatura en filosofía y letras de la Universidad Santo Tomás.

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