¿Quién dicen que soy yo?

|  septiembre 12 de 2021  |

Ante la gran pregunta existencialista que nos presenta Jesús hoy en el Evangelio acerca de; ¿Quien dicen que soy yo?. Debe conllevarnos a un espacio reflexivo sobre que tanto me conozco, quien soy para los demás y qué es Dios en mi vida, pues no hay seguimiento autentico si se desconoce a quien se sigue.

De este modo, todo aquel que desee seguir al Señor debe negarse asimismo y tomar su cruz. Sin embargo, esto requiere primeramente un reconocimiento acerca de mi yo, de aquello que me identifica y me define como ser Cristiano, esto es, la identificación de mis talentos, dones y carismas, pero también de mis propias debilidades aquellas por las cuales vivimos grandes luchas interiores que nos recuerdan que somos débiles y necesitamos de la misericordia del Señor. Sin embargo, no solo basta la misericordia sino somos capaces de cargar nuestra cruz, esto es, la lucha cotidiana ante nuestras dificultades y debilidades humanas.

Aquellas debilidades humanas por las cuales se es capaz de trabajar constantemente para configurarnos cada día más al modelo de seguimiento que nos ofrece Jesús, esto requiere que seamos capaces de renunciar hacía aquello que nos no permiten vivir auténticamente nuestra entrega por los demás.

¿Pero en que consiste esta entrega por los demás? Es reconocer que se nos ha sido dada una vida la cual merece ser vivida y entregada hacia los demás como signo de la manifestación gloriosa de Dios en el semejante. Es la misma capacidad de desprendernos de nuestro propio egoísmo, de aquél ego que nos no permite ver con ojos de misericordia y preocupación por la realidad del otro y ser capaces también de comprender su actuar, no con el fin de juzgar, sino brindar herramientas fundamentales como la disponibilidad de tiempo, escucha, consejo algo que hoy en día se ha perdido mucho pues nos no interesa la preocupación por el otro vivimos tan encerrados en nosotros y en nuestro núcleo mas cercano que los demás nos dejan de interesar.

Asimismo, si en verdad somos capaces de reconocer quienes somos,  daremos mayor fruto a brindar lo mejor de nosotros hacia los demás. Aquella luz en que sale a frote nuestros dones, talentos, carismas, conocimientos para ser puestos en común, pues bien lo recuerda nuestro padre Santo Domingo en la necesidad de dar a los demás lo contemplado, esto es, contemplar lo que somos para ser luz hacia los demás en medio de sus oscuridades espirituales y humanas.

Sin embargo, esta luz solo puede provenir de aquél que nos ha dado la vida, de ahí de nosotros cada día acercarnos más hacía él, pues la oración se convierte en algo vital de nuestra existencia. Asimismo, es nuestro deber como Cristianos la búsqueda constante por conocer más de cerca a nuestro Señor, puesto que no podemos seguir a alguien sin antes conocerlo, saber quien es y que papel juega en nuestra vida.

De esta manera, si en verdad somos capaces de reconocernos como hijos adoptivos de Dios, entenderemos que nuestro fin reposa en él, aquel fin entonces que inicia desde el acá, en el mismo ahora como posibilidad de construir ese reino de salvación no de manera individual sino en comunidad, pues nuestra salvación se da en el mismo hecho caritativo de hacer eco al mandamiento por excelencia de amarse los unos a los otros, esto es, la entrega libre por el bien común a partir de la búsqueda de justicia y equidad.

Finalmente, cuando nos reconocemos y aceptamos lo que somos, es cuando entendemos mejor nuestro sentido de ser y cuanto valemos ante los ojos de nuestro Señor. De tal modo, que ante una sociedad que vive de apariencias y de un ser humano que afectado por su bajo autoestima se deja increpar por el que dirán los demás. Se es capaz de argumentar que los demás no son quienes nos definen, sino es nuestro propio yo, por el cual el Señor hace su obra, aquella obra por la cual somos luz a partir del Evangelio para los demás.

Así pues, queridos hermanos pidamos al Señor que nos permita siempre reconocernos quienes somos y lo que estamos llamados a ser en su nombre, de tal modo que podamos siempre brindar nuestros mejores frutos como aquella entrega de nuestra vida generosa por la construcción de ese reino de salvación, sin dejar atrás nuestra cruz, sino aceptando nuestras debilidades humanas y dificultades con el fin mismo de ser capaces de afrontarlas, de tal modo que de la mano misericordiosa del Señor generemos grandes cambios en nuestras vidas.



Fray Norberto Vargas Prada, O.P.

  • Cursa tercer semestre de Licenciatura en Filosofía y Letras en la Universidad Santo Tomás.

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