Homilía 3 de octubre de 2021

|  octubre 03 de 2021  |

Hermanos:

Notamos que el repudio era una salida en la ley de Moisés para disolver un vínculo matrimonial. Aun siendo conocido por el fariseo, decide poner a prueba a Jesús en esta cuestión. ¿Qué lo motivó a hacerlo? Puede haber varias razones, pero por qué no pensar en la existencia de ese sentir común que nos dice que algo está mal aun cuando no sea condenado; un sentir común en el pueblo de Israel que les indicaba que, aunque fuera permitido el repudio había situaciones en ese mecanismo que eran contrarias a la voluntad de Dios, presentándose así una tensión entre el sentir de fe y el mandato de Moisés. Este asunto fue transmitido a Jesús, quien lo claridad: El repudio fue dado en razón a la testarudes del pueblo porque en un principio Dios formó al hombre y la mujer para fueran una sola carne.

Se observa el contraste entre el deseo de Dios para el hombre y la respuesta de este a su creador. En efecto, existe un querer divino: que el hombre y la mujer sean una sola carne porque para eso fueron formados. Sin embargo, por la debilidad humana permite el repudio en el caso de que alguno de los miembros fuese hallado en fornicación (como lo indica el sinóptico de san Mateo). Pero también hay quienes repudian sin razones válidas y terminan induciendo junto así a otra persona al adulterio. Vemos entonces una degradación humana de la voluntad de Dios en la que el hombre mismo se perjudica.

Esta degradación abstraída del pasaje evangélico nos permite distinguir tres niveles de relación del hombre con Dios. El primero de ellos es la voluntad divina en su expresión más pura, manifiesta en los mandamientos y sintetizadas por Jesús en el amor incondicional a Dios y al prójimo, enseñanzas que conduce al hombre a la libertad de espíritu y lo une íntimamente con a su creador. Posición a la que todos estamos llamados por vocación, pero es la que más cuesta (como todo lo valioso en la vida) porque implica renuncia al amor propio para darse a una vida de entrega desinteresada al prójimo, que, en un mundo tan seducido por lo material, el reconocimiento y el placer, entre otros, se transforma en una carga pesada si no hay voluntad decidida, sostenida por la gracia de Dios.

El segundo nivel se refiere a aquellas licencias que nos son permitidas pero que no corresponden con una vida perfecta. Es un camino más cómodo, en el que transitan aquellos quienes sabiendo lo que deben hacer no quieren desprenderse de los defectos y debilidades que los anclan a la tierra. Se mira las renuncias cristianas con ojos de incredulidad porque niegan que tal perfección sea alcanzable, o con ojos de desánimo, porque tal opción priva al hombre de darse esos gustos que hacen sentir la adrenalina, más bien seleccionan una u otra renuncia de acuerdo a su capacidad con lo que aplacan en algo su conciencia.

En el tercer escalón se encuentran aquellos cristianos que, por circunstancias complejas de juzgar, se apartan completamente de Dios, algo desesperanzador para quienes vemos en lo alto la realización de una vida plena, sin embargo, en este escalón más frágil, quizá sea visto con más misericordia divina, y en el que siempre que haya vida habrá esperanza de dejarse abrazar por Dios.

Los tres niveles se enmarcan en la experiencia de fe cristiana. En la vida espiritual podemos recorrer estos lugares porque la dinámica de la fe no asegura la permanencia en uno sitio. En los momentos de consolación nos ubicamos donde queremos, pero en la flaqueza todo se hace complejo, no obstante, disponemos de la libertad para elegir si colaboramos o no con la gracia y así ganar constancia en el lugar donde queremos estar.

Que la gracia de nuestro Señor Jesucristo acompañe e ilumine siempre nuestro caminar. Amén.


Fray José Fabián Rodríguez, O.P.

  • Ingeniero mecánico
  • Cursa primer semestre de la licenciatura en filosofía y letras de la Universidad Santo Tomás.

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