Homilía XXIX del Tiempo Ordinario 

|  octubre 17 de 2021  |

Queridos hermanos la palabra de Dios se convierte para nosotros en una brújula, que nos ubica sobre como seguir a Dios, pero ante todo como vivir. Es por ello, que las lecturas presentadas y las que han antecedido estos días del tiempo ordinario; plasman la necesidad de evidenciar con nuestras vidas una existencia y un seguimiento hacia Dios. 

La vida cristiana tiene varios matices que no se han de contradecir, sino que complementan una vida en Cristo con una vida social. Quiero en está modesta predicación conjugar, la expiación, la providencia y el servicio; que de fondo proyectaran lo manifestado por Dios en la palabra dominical. Entre estos aspectos a delinear, se esconde la viva transición de Jesús en la tierra y su plenitud en los tiempos e incidencia en la existencia de aquellos que asumen ser cristianos, pero ante todo buenos seres humanos.

Cuando a nuestra mente se incrusta el sentimiento del dolor que padeció Jesucristo, nos vemos abocados a la pregunta por qué sufre un inocente o qué sentido hay dentro de esta realidad que compartimos; la expiación del Mesías dentro de sí desarrolla una claridad entre los seres humanos, la carne adolece, somos finitos, carecemos de bienestar. Con ello, quiero decir que Jesús con su vinculación al dolor, conoció nuestra condición de fragilidad, eso no quiere decir que nuestra finalidad siempre será vernos inundadnos de dolor.

Es Cristo quien con sus padecimientos cambia el paradigma de la desilusión y desesperanza que causa el dolor, sino que con su expiación nos construye la vía de la esperanza, donde en el hombre su finalidad no es el dolor hay una propuesta, somos seres para la vida; se encarna en nosotros la posibilidad de ver el sufrimiento como un paso procesual hacia Dios, donde el dolor no supera lo bello y grande que es vivir en la esperanza de que nuestra finalidad no reside en la muerte.

La vivencia humana y cristiana no desconoce que el dolor que padecemos es una condición regular en la existencia, como tampoco lo es la providencia. Sobre este aspecto que menciono se entrelaza como bálsamo a ese dolor o condición que circunda la vida; la providencia de Dios sustenta nuestras vidas, es la fuerza regeneradora es la acción constante el Padre sobre la finitud del hombre, lo fútil que nos vuelve el dolor la providencia lo dignifica, cambia nuestra historia.

Cierto acaecemos frente al dolor, la desesperanza y toda índole de problemas; pero no estamos solos tanto Dios como sumo bien, auxilia las precariedades que se acercan a nuestras vidas. También, no desconozcamos lo providentes que somos cada uno de nosotros cuando nos volvemos frente al dolor del prójimo, ese un camino perfecto y encarnación del Reino de Dios; que no solo perfecciona nuestra vida de cristianos, sino nuestro sentido de humanidad. 

Finalmente, la concreción de una expiación y providencia se refleja como el evangelio lo expresa, quien quiera ser el primero que se haga esclavo, esta figura presentada por el evangelista Marcos propone una solución para el dolor, propone una participación del reino de Dios y una vocación humana y cristiana; que es el servicio. Ahora bien, como lo decía la concreción de lo hablado se convierte praxis con el servicio, es que muchas veces como seres humanos asumimos dolores por el bien del otro, también ayudamos providentemente para calmar dolores y angustias de mi hermano; el no tomar una condición de expiación y providencia nos hace indiferentes, apáticos frente a la dificulta que presenta mi hermano; con ello quiero decir que debemos actuar bajo la lógica del evangelio, que propone que seamos siervos antes que tiranos, ya que sirviendo encontramos consuelo y providencia frente  a lo improvisto de la vida.


Fray Ramiro Alexis Gutiérrez Corredor, O.P.

  • Cursa primer semestre de la licenciatura en filosofía y letras de la Universidad Santo Tomás.

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