Homilía - Domingo 7 noviembre 2021

|  noviembre 07 de 2021  |

“Pues cuando hay buena voluntad, la dádiva se acoge por lo que el donante tiene, no por lo que no tiene” 2 Cor 8, 12. De aquí queridos hermanos la famosa frase bíblica: nadie da de lo que no tiene y nadie vive de lo que aparenta tener, que en realidad no posee. Hoy, al leer nuevamente el santo evangelio que la liturgia nos propone para este domingo, debemos aceptarlo no como lo que enseñaba Jesús a la gente, sino como lo que el mismo Dios nos quiere revelar y dejar el día de hoy en este sencillo momento de reflexión.

Inicialmente reconozcamos las dos enseñanzas propuestas por el santo evangelio; la primera con la vanidad de los escribas que buscaban reverencia y vanagloria y la segunda con el ejemplo de la mujer viuda que dio su ofrenda de lo poco que tenía, todo lo que tenía para vivir. Reconozcamos por un momento una pequeña particularidad, y es la viuda en ambas partes del evangelio: primero como las mujeres a quienes los escribas devoran los bienes con pretexto de largos rezos, y segundo, como la mujer que dio unas cuantas monedas de ofrenda.

Hoy quiero detenerme en la segunda enseñanza de Jesús: el papel de la mujer viuda, quien en su pobreza material reconoció la riqueza espiritual de dar con amor y generosidad; en esta ocasión no hablemos de lo que damos físicamente a los pobres, necesitados o incluso a la Iglesia; pensemos en lo que damos a Dios a través de nuestros hermanos como bienaventuranzas espirituales y no materiales, y más aún en nuestro contexto como frailes y religiosos cuando tratamos de vivir una vida comunitaria fraterna, transparente y sincera. 

Hoy en día por nuestra condición de religiosos, tenemos muy pocas posibilidades de dar físicamente a los pobres o a la Iglesia como aquella mujer; hoy nuestra donación es de otra manera y quiero recalcar especialmente la donación, la limosna y la ayuda en nuestro convento, en nuestra vida fraterna. A veces nosotros damos a nuestros hermanos de aquello que no tenemos o de aquello que tenemos, pero en menor medida: esto es evangélico, esto es loable; pero cuando damos de aquello que nos sobra por nuestras pretensiones de orgullo o de superioridad como los escribas en aquella época, actuamos en contra del evangelio, cuando nos creemos que siempre tenemos la razón o que mi hermano no puede corregirme, ayudarme o decirme algo, es cuando no recibimos la ofrenda espiritual del otro, que en muchas ocasiones es mucho más valiosa que la material. Qué difícil es hermanos vivir según el mandato del señor; nuestra vida es un constante ejercitar la virtud en camino a nuestra felicidad.

El día de hoy quiero que reflexionamos cuánto y qué estamos dando no a los pobres, no a la iglesia, no una ofrenda material; sino qué le estamos dando a nuestra orden, a nuestros hermanos y a nuestra vida fraterna. Hoy eso es lo más valioso y es lo que espera Dios y la orden de nosotros; que podamos dar de todo lo que tengamos inclusive cuando tenemos poco: cuando tenemos crisis, estamos afligidos, cansados y agobiados; es en estos momentos qué aquello que damos a nuestros hermanos como una sonrisa, un saludo, unas buenas noches, un abrazo se convierte en lo más valioso de la vida: son en los momentos de crisis y dificultades dónde se ve verdaderamente el sentido de la vida religiosa y el sentido de fraternidad. Hoy no busquemos dar a los demás físicamente si antes no damos aquello que hay en nuestro corazón y que puede ser muy útil para la salvación de las almas y para nuestra propia salvación

Así como la viuda que dio todo lo que tenía al templo, del mismo modo nuestros esfuerzos, nuestra dedicación, nuestro sudor, sean dados a los demás, a la orden, y a la iglesia. Tal vez como religiosos tenemos pequeños momentos en donde damos dinero o limosna a los demás y a la Iglesia, pero esta manera en la mayoría de veces se debe transformar en un servicio a la comunidad, particularmente a la vida fraterna que tanto predicamos pero que a veces poco vivimos. Que el Señor nos de la gracia de siempre ver en los demás una posibilidad para acercarnos a Dios Y cumplir el mandato evangélico que Cristo nos enseñó; que sea la santísima virgen María, nuestra madre y Señora la que interceda por nosotros, para que así como ella, que dio todo su ser y su vida para la construcción del reino de Dios, de la misma manera nosotros podamos dar lo poco y todo que tenemos como personas frágiles que buscamos la felicidad y la salvación en nuestras almas según el modelo ideado por nuestro padre Santo Domingo de Guzmán. Amén.


Fray Stiven Giraldo Zuluaga, O.P.

  • Cursa primer semestre de la licenciatura en filosofía y letras de la Universidad Santo Tomás.

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