Vida Consagrada, ¿experiencia auténtica de Dios?

|   abril 04 de 2022  •  Fray David Santiago Padilla Romero, O.P.  •  fray José Ángel Vidal Esquivia, O.P. |

Por: Fray Ramiro Gutiérrez, O.P.  • Fray Oscar Ruíz, O.P.


 

En la cotidianidad, los consagrados reciben de parte de la familia, amigos o conocidos, una pasmosa locución: Ora por mí, tú que estás más cerca de Dios. ¡Cuánta responsabilidad! Probablemente el asombro que causa se debe al hecho de que, en múltiples ocasiones, no comprendemos aquello de estás más cerca de Dios. Querido consagrado, ¿te preguntas a menudo por tu experiencia de Dios? ¿La pasión por Él es el alma de tu vida consagrada? ¿Reflejas una experiencia autentica de su amor? Recuerda que, aunque su búsqueda es la vocación de todo ser humano, tú, como consagrado, has de buscarlo y experimentarlo de una manera particular, haciendo visible la primacía del amor, que atraviesa todos los espacios de tu vida consagrada. Por ello, reflexionar sobre tu auténtica experiencia de Dios es una tarea diaria, máxime, en los últimos tiempos, cuando ha sido motivo de preocupación al interior de las comunidades.

Una experiencia de encuentro

Para vivir una autentica experiencia de Dios, en medio de la vida consagrada, es imperante tener un encuentro personal con Él. Los consagrados que alimentan su experiencia religiosa de una idea de Dios, están abocados a vivir una relación inmadura y superflua. Urge sacudirse las falsas imágenes que de Él se tienen, aunque resulte arriesgado. Una idea de Dios garantiza una excusa para tranquilizar la conciencia y una disculpa para no dedicar tiempo y esfuerzo al encuentro personal con Él. Cuando la experiencia de Dios se reduce únicamente a una vida concentrada en las altas esferas del pensamiento, se corre el peligro de vivir una experiencia desencarnada. El consagrado vive, y vivir no es solo pensar. Poseer una autentica experiencia de Dios es encontrarse frente a frente con Él en medio de la cotidianidad, en medio de las alegrías y las tristezas, a través de su Palabra y de toda su creación, sentirle en los otros, esos mismos que también le buscan. Para gustar de Dios hay que estar abierto a la vitalidad absoluta. Encontrarse con Él requiere más que letras, más que conceptos y soliloquios que tranquilizan conciencias, el encuentro con Dios inquieta, indispone, desestabiliza. Encontrarse con Dios es vivir para Él, vivir con Él y vivir en Él. El encuentro personal con Dios suscita en el consagrado la alegría de vivir en un eterno romance.

Una experiencia que transforma

Por otra parte, una experiencia autentica de Dios conlleva una auténtica conversión. El fruto de una experiencia auténtica de Dios implica descentrarse y darle ese lugar a Él. La conversión es más que una serie de ritos vacíos; es salir de ti mismo para ir hacia donde te pida, es rebelarse contra la injusticia, es moverse a compasión por el dolor de los otros, es combatir no solo con palabras el mal del mundo, es atreverse a pensar con Kant, Nietzsche o Marx, es entender que los que están alrededor no son como yo y que cada uno, a su manera, es hijo de Dios. La conversión que procura el encuentro con Dios hace de todo, menos dejar tranquilos, inmóviles.

Es importante reconocer que en múltiples ocasiones hay que “perder a Dios” para convertirse. María de Magdala nos enseña cómo perder a Dios para volver a encontrarlo. La vida del consagrado necesita en ocasiones asemejarse a la tumba vacía. Cuando el alma ha perdido a Dios, debe salir a llorar por los caminos ¿Dónde estás Señor? para esperar a que Él llame, y llame por el nombre, y asumir el compromiso de ir con los hermanos. En ese momento empieza la metanoia, se entra en dinámica constante de conversión, y se comprenden los nuevos signos que interpelan la vida del consagrado.

También hay que reconocer que el encuentro con Dios y la posterior conversión, puede ser una lucha, como la de Jacob. En esa lucha con Dios habrá que agarrarle fuertemente hasta que otorgue su bendición, no soltarlo hasta verlo cara a cara y dé su bendición, hasta que transforme el corazón. Y qué decir del ejemplo de Job, que es todo menos paciente. Como Job, el consagrado también ha de exigirle a Dios un encuentro, pedirle que le permita verlo, solicitarle una explicación que le ayude a entender por qué precisamente él ha sido llamado, qué desea de él, para finalmente escuchar la voz de Dios y afirmar: “Sólo de oídas te conocía, pero ahora te han visto mis ojos. Por eso me retracto y me arrepiento echado en el polvo y la ceniza” (Jb 42, 5-6).

Una experiencia comunitaria

La vida del consagrado ha de estar profundamente marcada por la pasión por Dios, la cual se expresa en dos dimensiones. La primera es más interna y hace referencia a la relación personal con él, relación de cercanía y amor, mucho amor; ya conocemos bastantes medios que nos facilitan esto: oración, Sagradas escrituras, adoración, diálogo, comunidad, entre otros. Sin embargo, como aquel que aprende a nadar, relacionarse con Dios solo se consigue en la práctica y en el descubrimiento personal. Cada uno debe ponerse en la tarea de buscar los medios que más lo unen a Cristo. Por otra parte, hay una dimensión más externa; bien lo dice Monseñor José Carballo, OFM: “Solo puede contagiar el entusiasmo y el gozo de seguir a Jesús, quien vive en el asombro/estupor de ese seguimiento”. La experiencia de Dios es contagiosa, y, por tanto, quien tiene a Dios en su corazón es capaz de comunicarlo a los demás.

En este sentido, la cuestión comunitaria es un elemento constitutivo de la vida de la Iglesia. Precisamente, cuando existe la habilidad de abrir el corazón y los sentidos al hermano, se puede descubrir a Dios en aquel que está al lado. La experiencia de Dios, a pesar de ser una cuestión tan personal, es a la vez una experiencia comunitaria. Jamás se puede concebir a un cristiano sin sus hermanos. Al ser capaces de compartir las vivencias acerca de Dios, se enriquece la experiencia que cada uno tiene de Él.

El proceso constante de transformación de la imagen de Dios hace parte del crecimiento en la vida interior. Se pueden tener imágenes erróneas sobre quién es Dios, y el saber cómo los demás se acercan o se dirigen a Él, permite pulir dichas percepciones. En el sentido contrario también es posible ser partícipes del proceso de los demás en dicho acercamiento hacia Dios. Por tanto, evite el consagrado por todos los medios criticar destructivamente o menospreciar las experiencias y vivencias espirituales de los demás. Hacer esto implicaría desconocer la obra de Dios en el otro y de igual forma negar indirectamente la obra que él ha podido realizar en uno mismo. Este enriquecimiento no solo se refiere a los hermanos con los que se comparte hombro a hombro, sino que también se aprende de las experiencias de los hermanos mayores, aquellos que ya no están en este mundo y cuyos buenos ejemplos están disponibles para ser leídos y meditados.

Experiencia de Dios y la rutina

Ciertamente, hay un elemento sigiloso y sutil que puede ser extremadamente corrosivo y dañino, ya que va erosionando la vida interior de a pocos. Este elemento es quizás el principal factor por el cual muchas personas abandonan sus congregaciones y comunidades. El aspecto aquí referido es la rutina. Realizar actividades cotidianas de manera regular es algo común dentro de la vida consagrada, y esto puede hacer que afloren sentimientos como el aburrimiento, la tristeza, el desánimo o el desprecio.

Como bien lo presenta Juan Pablo II en la exhortación apostólica Vita Consecrata, el riesgo de la rutina y la consiguiente tentación de la desilusión por la escasez de los resultados están presente especialmente en la fase sucesiva al periodo de formación. Aunque en la etapa inicial de formación, donde todo es relativamente nuevo, hay una fuerte propensión a tener momentos de aridez e incluso de soledad interior por las agendas y actividades establecidas. No obstante, la atención y cuidado que se debe prestar a este peligro debe ser constante durante toda la vida. Si en una etapa temprana la rutina se manifiesta en la desilusión, en etapas posteriores puede aparecer bajo la forma del mecanicismo e incluso de la indiferencia frente a las realidades del entorno. Este tipo de rutina, no tan ligada a emociones y sensaciones negativas, puede ser más peligrosa ya que cierra el corazón a las diversas manifestaciones de Dios en el día a día.

Por consiguiente, que el consagrado no pierda la capacidad de asombro y estupor propias del evangelio es importante. Como ya se ha visto antes, el camino del cristiano es un proceso constante de conversión, y dentro de él, la renovación implica la capacidad de ver cada día con nuevos ojos y contemplar nuevas posibilidades. No basta solo con hacer bien las actividades cotidianas, sino que el esfuerzo debe ir enfocado en darles sentido a lo largo de la jornada. Hacer las cosas de manera nueva implica cambiar o destruir paradigmas, ceder ante propuestas distintas y cultivar la creatividad. En eso se experimenta auténticamente a Dios.

En conclusión, una autentica experiencia de Dios al interior de la vida consagrada se alcanza teniendo un encuentro personal con Él que lleva a la transformación total de la vida, y que se manifiesta en la vivencia de una experiencia comunitaria que reconoce el obrar divino en cada uno de sus miembros y permite revitalizar los hechos cotidianos otorgándoles un sentido nuevo y esperanzador.


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