¡Cuán difícil es sentir
la presencia de Dios en nuestra vida!

|  marzo 27 de 2022  |

Sobre todo, en los momentos de dificultad, cuando parece que nos abandona, cuando no lo sentimos ni lo vemos, cuando nos desesperamos, nos sentimos defraudados y abandonados.

Que fácil se nos hace juzgar al hijo que pide adelantada su herencia pues normalmente dicha herencia sólo pertenece a los hijos después de la muerte de su padre. Esto puede llevarnos a interpretar que el hijo menor de la parábola quería a su padre muerto; sin embargo, ¿no ha sido Dios mismo quien nos adelantó una «prenda de la futura gloria»? ¿Acaso no tenemos allí un adelanto de la herencia de nuestro Padre del cielo?

El problema entonces no es el adelanto de la herencia como tal. Aquello que debería cuestionarnos es el para qué se emplea el adelanto. En la parábola el hijo menor despilfarra el dinero y llega al punto de comer con los cerdos. Sólo al tocar fondo se da cuenta de la necesidad de volver a su padre, incluso sabiéndose indigno de su misericordia. Es tiempo de preguntarnos: ¿hacia dónde conducimos nuestra vida? ¿Qué estamos haciendo con el adelanto de nuestra herencia?

Pero no nos engañemos queridos hermanos: también podemos ser como aquel hijo que se quedó con su padre, trabajando hombro con hombro, sacando pecho de lo bien que nos comportamos, siguiendo las normas y acomodándonos al punto de creernos dueños de la salvación. Podemos llegar incluso a cuestionar al Padre por el trato que tiene con «ese hijo suyo», olvidándonos de nuestra condición de hermanos y de la misericordia que se ha tenido para con nosotros. ¿Qué merito tenemos si estamos allí solo por nuestra propia salvación? ¿Acaso alguien se puede salvar solo?

Es quizá el error común de los dos hijos de aquel padre el pensar y actuar de acuerdo a su bien personal dejando de lado la importancia de su propio hermano. Ese es seguramente uno de los pecados que más evidenciamos, también en nuestra sociedad, en nuestras familias y posiblemente en nuestras vidas. ¿Dónde está mi hermano? Debería ser una pregunta obligada de nuestros exámenes de conciencia cada día.

Cuaresma es un tiempo de oración ayuno y penitencia, un tiempo de preparación que nos permite observar nuestra vida detenidamente, reevaluar y redireccionar las mismas, conforme a la búsqueda de la construcción del reino de Dios que se realiza a través de la salvación de los hombres y mujeres. Se trata pues de un tiempo propicio para encontrar el camino de regreso al Padre.

Estamos hoy llamados a preguntarnos si somos como uno de estos hijos, no para quedarnos sufriendo, sino para comprender que el Padre siempre está esperando a aquel que parece perdido y, a la vez, siempre está acompañando a aquel que parece estar más cerca. La relación con Dios cambia en en el transcurso del caminar, a veces se nos pierde y otras veces nos guía casi de la mano. Compete a cada uno de nosotros discernir su voluntad y tratar de cumplirla.

¡Cuán difícil es darse cuenta de la presencia de Dios en la vida! Sin embargo, ¡cuán difícil sería vivir sin Dios! Es tiempo de reconocer su presencia en nuestro día a día y dar testimonio de su amor y de su misericordia tratando de seguir su ejemplo con quienes nos rodean.  


Fr. Andrés Julián Herrera Porras, O.P.

  • Cursa séptimo semestre de Licenciatura en Filosofía y Letras y tercer semestre de Teología en la Universidad Santo Tomás.

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