Es obligación obedecer
Es obligación obedecer
| noviembre 03 de 2026 |
El día martes 3 de noviembre, a las 6:30 a.m. el Capítulo se inició en el templo de Santo Domingo, con la celebración de la eucaristía y el rezo de laudes, en la fiesta del hermano de obediencia, San Martín de Porres y fue presidida por fr. Carlos Arturo Ortiz Vargas, O.P., prior del Convento de San José.
Homilía
Queridos hermanos:
Hoy, cuando celebramos la fiesta de San Martín de Porres, un humilde hermano de obediencia, nos hemos reunido aquí no por mero gusto personal ni para el ejercicio de nuestra sola voluntad deliberativa, sino porque nuestras Constituciones nos obligan a estar presentes.
Estamos obligados a obedecer el llamado del Capítulo Provincial que nos ha convocado, incluso por encima de nuestra propia voz interior, eso que llamamos conciencia. Esta obligatoriedad de la obediencia no es otra cosa que el sometimiento de nuestra voluntad a una más grande y perfecta, con el fin de dar muerte a la libertad anárquica que tantas veces pretende gobernar nuestra vida.
El Capítulo Provincial es la máxima autoridad de la vida de los hermanos y de sus comunidades. Es la obediencia a la comunidad la que nos ha traído hasta aquí; la voluntad conventual lo decidió y no pudimos decir «no» a su mandato. Las testimoniales presentadas dan cuenta de ello y confirman nuestro derecho a participar en esta asamblea, solo porque nuestros hermanos nos lo permiten. Por eso estamos aquí: para ejercer el privilegio de elegir y tomar las decisiones necesarias para la vida de la Provincia, las cuales quedarán consignadas en las actas.
La mirada de fe y la confianza de todos los hermanos están puestas en nosotros, y lo menos que ellos esperan es que sus esperanzas no queden defraudadas. Y aunque nuestro voto es libre y no está maniatado a quienes nos eligieron, sí nos obliga la obediencia profesada a ejercerlo con responsabilidad y en el uso recto de nuestra razón: con conciencia y libertad, sin miedo ni coacción, sin nerviosismo ni cobardía. Lejos de nosotros las tibiezas al momento de discernir, porque en nuestras manos se encuentra la vida y la misión de los hermanos y de las instituciones de nuestra amada Provincia.
Elegir y tomar decisiones es el derecho que me concede la obediencia obligatoria a las Constituciones, sin que ellas coarten mi derecho a discernir, a escuchar otras voces, a sopesar opiniones, a reflexionar y a mirar a nuestro alrededor. El discernimiento en este Capítulo no es simplemente un acto volitivo personal; es la confluencia de muchos elementos de la vida dominicana consagrada en la Colombia de hoy.
Discernir es intentar encontrar la Verdad en medio de la realidad circundante que viven nuestros hermanos en cada misión encomendada, sin olvidar la situación personal que cada uno atraviesa y que merece todo nuestro respeto y consideración. Discernir es reconocer en cada convento y en cada casa los avatares que conlleva el desarrollo de la predicación en cada rincón de nuestra patria.
Por tanto, nuestro discernimiento al momento de elegir y tomar decisiones debe alejarse de intrigas y componendas, de promesas y trueques, de dádivas o regalías. Recordemos que prima el bien común por encima de toda pasión defectuosa o no regida por la razón, por encima de nuestros propios intereses o privilegios, de nuestros estados de confort y bienestar, de proyectos personales y de derechos supuestamente adquiridos por autoatribución.
Discernir en esta reunión de hermanos se nos hace obligatorio, sometiendo la conciencia al único criterio hermenéutico de nuestra vida dominicana: la persona de Jesucristo, seguida al estilo de Santo Domingo de Guzmán. Además, este discernimiento es necesario, ineludible e impostergable; conlleva una urgencia evangélica y profética con la Colombia y la Iglesia de estos tiempos, que reclaman un testimonio y una coherencia acordes con la vocación a la que hemos sido llamados.
La tradición dominicana nos enseña que la contemplación se hace con los ojos abiertos. No somos ciegos ni podemos taparnos el rostro ante la realidad; hay que ver más allá de nuestras propias narices y de los pequeños mundos que nos hemos construido. Es obligatorio hoy, en este Convento de Santo Domingo que nos acoge, hacer las cosas bien y cumplir lo que debemos por mandato de la comunidad. La Provincia no es un ente abstracto: es vida latente en cada uno de nosotros, además de madre providente, a pesar de muchas miradas apáticas, desobligantes o desatinadas.
No estamos aquí para fraguar intrigas, ni para vendernos al mejor postor, ni para matricularnos en camarillas de amigos. Tampoco para buscar prebendas y privilegios, alcanzar puestos u oficios venideros, o para hacer nuestra propia voluntad y satisfacer nuestros gustos. No estamos aquí para hacer lo que nos dé la gana, con quien queramos y a la hora que queramos. La obediencia a este Capítulo es obligatoria; no es asunto de apetencias o caprichos individuales en contra de la comunión. Y aunque esto pueda molestar a nuestros oídos y confrontar nuestra libertad y nuestros deseos encontrados, estamos aquí para elegir y tomar decisiones por santa obligación.
Obligados a hacer las cosas bien porque prima el bien común y la vida de los hermanos, que no es cosa de poca monta. Solo se nos pide elegir y tomar buenas decisiones, aportando con humildad y sabiduría. Tampoco se nos pide que elijamos «al mejor», porque tanto los presentes como los ausentes podríamos serlo.
Elegir a quien nos va a gobernar y liderar por cuatro años es una ocasión de privilegio, no el momento para imponer nuestra voluntad o un capricho electoral contra toda corriente, pues la historia nos lo cobraría. Elegir y tomar decisiones es un privilegio otorgado por los hermanos que están en cada convento y en cada casa. Ellos están expectantes ante lo que pueda suceder en estos días; sus ojos nos miran y sus oídos están atentos: no tragan entero, ni son sordos ni mudos.
Elegir o tomar decisiones es un privilegio que nos otorga la obediencia, y esta es obligatoria —como he repetido en esta homilía—: elegir a un inter pares que gobierne para todos durante cuatro años, depositando en el elegido toda nuestra confianza y nuestras esperanzas en favor del bien común.
Por ser este Capítulo la cabeza de la Provincia en este momento, estamos obligados a concentrarnos, a la autorreflexión, a mantener un espíritu crítico, a comunicarnos, a entender y aceptar la opinión de los otros y, sobre todo, a preservar nuestro derecho a disentir. El Capítulo es el encuentro de alteridad más grande que podemos celebrar; es un encuentro con el Espíritu Santo que nos habla hoy. ¡Ojalá escuchemos hoy su voz, sin escepticismos ni incredulidad! Dejemos que el Espíritu nos mueva en este encuentro fraterno, anteponiendo todo interés personal. Su presencia invade cada momento de esta asamblea: dejemos que llene nuestros corazones, que encienda el fuego del amor en los capitulares y que nos asemeje a Fray Martín de Porres, el hermano de la obediencia. Amén.
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