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Escuchar, ser humildes y buscar la unidad

|  noviembre 05 de 2026  |

Homilía pronunciada por fr. Mauricio Saavedra Monroy, O.S.A.

Prior Provincial de la Provincia de Nuestra Señora de Gracia de Colombia – Orden de San Agustín

Homilía

Queridos hermanos:

En medio de los trabajos capitulares en los que se encuentran y de las tareas que tienen por delante durante los próximos días, creo que la liturgia de la Palabra nos invita a tres cosas muy importantes. Ustedes saben que el Capítulo es una de las expresiones más altas de la vida de la comunidad.

Y creo que hoy la Palabra nos invita, primero, a escuchar; segundo, a ser humildes; y tercero, a buscar la unidad, la unidad de la vida.

En un Capítulo de la Orden de Predicadores es curioso que la Palabra nos pida, primero, antes de hablar, escuchar.

En el Evangelio de hoy, que no escogimos, la Iglesia nos muestra a Jesús rodeado de publicanos y pecadores, personas que tenían muchas cosas que revisar en su vida. Pero el Evangelio dice algo muy importante: se acercaban a Jesús para escucharlo. Mientras tanto, los fariseos y los escribas murmuraban.

Son dos actitudes distintas.

La murmuración no permite escuchar. No permite que una palabra externa nos llegue, porque supone que ya hemos formado un juicio o un prejuicio sobre la realidad y sobre el otro.

Entonces, la Palabra nos invita a todos nosotros a estar abiertos, a la escucha de lo que el hermano tenga que decir, de la opinión del otro, de las ideas del otro, y no de nuestros prejuicios. Escuchar al otro antes de juzgarlo.

Junto con la escucha está, por supuesto, la humildad con la que hay que participar en estas cosas.

En la primera lectura, san Pablo nos da un ejemplo muy claro. San Pablo dice: yo tenía muchas cosas de qué gloriarme: mi familia, mis tradiciones, todo aquello que podía mostrar; pero todo eso lo considero mucho menos frente a la ganancia que es Cristo.

Ser humilde es poner a Jesús por encima de todas aquellas cosas que podemos mostrar: del lugar que ocupamos, de los estudios que tenemos, de los cargos que hemos desempeñado e, incluso, de los sufrimientos que hemos tenido, de la enfermedad y de las dificultades.

Por encima de todo eso está Jesús.

Ser humilde es poner a Jesucristo de primero y decir: nosotros somos cristianos y esta asamblea la hacemos desde ese espíritu, desde la fe cristiana.

Y, por último, no menos importante: después de escuchar y de ser humildes, buscar la unidad.

Todos, si amamos la Provincia, buscamos esa unidad.

Pero ¿cómo se busca esa unidad?

Lo primero: buscando al otro.

Creo que el Evangelio también nos lo expresa muy bien con esas dos imágenes, con esas dos parábolas: la oveja perdida y la dracma perdida.

Buscar al otro. Cuando yo busco al otro, cuando me pregunto: «¿Dónde está?», cuando procuro que ninguno se pierda de mi mirada y de mi atención, entonces soy una persona de unidad, soy un hombre de comunión.

Y es interesante la segunda imagen. A la mujer se le pierde algo valioso, pero se le pierde dentro de la propia casa. Es decir, también hay que buscar al otro que está en nuestra casa, buscarlo en nuestro convento, en nuestro entorno, porque a veces no lo tenemos tan presente.

Buscar las voces de los que no hablan en la Provincia, de los que todavía no tienen el derecho de hablar aquí, por ejemplo los formandos; buscar también a quienes están en una situación de dificultad. Buscar esas voces, esos rostros de los hermanos que están también en nuestra casa.

Eso hizo aquella mujer: encendió una lámpara, barrió la casa y buscó cuidadosamente.

También nosotros tenemos que iluminar, buscar cuidadosamente, descubrir esas voces que no están aquí. Ustedes las tienen que traer, porque eso también es buscar la unidad.

Y está la primera imagen: la oveja perdida. Esa está afuera, a campo abierto. También esas voces y esos rostros que están afuera hay que buscarlos, hay que encontrarlos.

Porque nosotros no vivimos solamente para nosotros mismos; vivimos también para la misión que tenemos.

Entonces hay que buscar esas voces, esos rostros, esas necesidades pastorales, esos desafíos que también han cambiado. Hay que traerlos hasta aquí.

Si hacemos eso, si buscamos al otro, somos hombres de unidad.

Y la unidad también se busca —lo decía el salmo— alegrándonos, alegrándonos por buscar juntos al Señor.

Jesús lo dice también en estas dos imágenes: cuando encuentra lo que estaba perdido, invita a los demás a alegrarse con él.

La alegría tiene que estar también en todo esto.

Esta es la vida de la comunidad: alegrarnos por tomar decisiones juntos, por llegar a acuerdos, por proyectar juntos la Provincia.

Recogiendo entonces lo que hoy nos propone la liturgia, pidámosle al Señor tres cosas muy sencillas y muy necesarias para estos días: saber escuchar, ser humildes y buscar la unidad.

 


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