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Orlando supo, por encima de todo, ser fraile

|  junio 27 de 2025  | Por: Fr. José Ángel Vidal Esquivia, O.P. |  Abadía de Lerins, Isla Saint Honorat, Cannes, Francia

“Tu hermano, Orlando”. Con esas palabras solía concluir cada uno de sus mensajes fray Orlando, como una rúbrica entrañable y fraterna con la que saludaba, compartía alguna noticia, o simplemente relataba una de sus innumerables peripecias cotidianas. Y es que Orlando fue, ante todo, eso: un hermano. Un fraile.

No hacía falta conocerlo por largo tiempo para descubrir qué amaba y a qué se entregaba. Bastaban apenas unos segundos para notar que era dominico, y no uno cualquiera. Su porte, su verbo y su pasión lo delataban de inmediato.

Sus historias sobre la Orden eran deslumbrantes, casi como si uno se adentrara en un relato garciamarquiano, cargado de metáforas, florituras y una pizca de exageración. Pero más allá de la retórica, se percibía con absoluta transparencia el amor ardiente que profesaba a la Orden de Santo Domingo.

Aquel ideal, por el cual quiso entregar su vida entera e incluso su salud. Bien podría decirse, y para muchos no será exageración, que Orlando murió por la Orden, consumido en su entrega, encendido por ese mismo fuego que lo impulsó a predicar, a servir y a amar.

Quienes escucharon a Orlando podrían dar testimonio de cómo sus palabras encendían corazones, cómo su voz tenía el poder de despertar vocaciones y de infundir esperanza. Para algunos, lo suyo era un sentimentalismo apasionado; para otros, una verdadera palabra de aliento que les cambió la vida.

“Mijo, mijo, hay un pedacito del espíritu de Domingo en cada fraile”, solía decir. Muchos de nosotros escuchamos esa frase de sus labios, y gracias a ella aprendimos a sentirnos parte de esta gran familia que es la Orden.

La vida de Orlando podría describirse como una existencia generosa, incluso a ratos desbordantemente pródiga. Bien sabemos que su natal Zapatoca es célebre por sus “gentes ahorrativas”, pero Orlando, en contravía de esa fama, supo poner la mano en el arado heredado de Domingo y no volver la vista atrás. Fue generoso con su vida, con su tiempo y con todos los recursos que se le confiaron. Todo lo ofreció, sin reservas, todo para los frailes.

Orlando nos enseñó el significado de pertenecer a una orden verdaderamente universal. No sería desmesurado afirmar que la Orden entera cupo en su corazón, y por eso, su alma se ensanchó hasta desbordarse en entrega y servicio. Donó su vida, y con ella todos sus talentos.

Varias generaciones de dominicos y dominicas crecimos escuchando las melodías que brotaban de su pasión por Domingo y por su proyecto de vida evangélica. Ese mismo proyecto que atravesó el inmenso azul del mar Caribe, que se internó por las montañas de los Andes, que cruzó el cañón del Chicamocha… y que tocó profundamente el corazón de Orlando, hasta convencerlo de que, si le fuese dado volver a nacer, volvería a escoger esta misma vida, rogando al iniciador del proyecto dominicano que le concediera su estrella y su luz.

Como arquitecto construyó una morada para la Orden en el corazón de tantos hermanos y hermanas. Erigió puentes entre frailes, monjas, laicos y jóvenes. Talló columnas firmes en las tradiciones y en la liturgia de nuestra provincia, a veces con un boato que a algunos les parecía excesivo, pero que otros contemplaban con admiración y reverencia.

Aunque la pompa y el esplendor marcaron muchas de sus obras, su vida personal fue de una sencillez conmovedora. Su amor por el arte le permitía contemplar, con hondura casi mística, la belleza del Creador reflejada en lo material. Y con ese mismo amor intentaba enseñarnos a todos a descubrir cómo Dios se revela también en la estética, en lo bello, en lo armonioso.

Cuando fue provincial, fue un fraile. Cuando fue miembro de la Curia, fue un fraile. Cuando ejerció cargos administrativos en la universidad, siguió siendo, sin perder su centro, un fraile. Orlando supo, por encima de todo, ser fraile.

Podríamos compilar un sinfín de anécdotas, testimonios y experiencias que todas, sin excepción, nos hablarían de Orlando: el fraile, el enamorado de Domingo, el amante de la Orden.

Hoy, al dolernos su partida, resuena en nuestras memorias aquella canción que él mismo compuso contemplando la muerte de Domingo. Y parece, ahora, escrita también para sí mismo: “Bajo los pies de mis frailes podré caminar...”

Pero lo cierto es que Orlando ya caminaba desde antes en el corazón de tantos frailes, monjas, hermanas y laicos que lo recordarán por siempre con cariño, admiración y gratitud como: “Tu hermano, Orlando”.


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