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Un capítulo se celebra: santidad en acento dominicano

|  noviembre 07 de 2026  |

Homilía pronunciada por fray Franklin Buitrago Rojas, O.P.
Fiesta de Todos los Santos de la Orden de Predicadores

Homilía

En nuestra tradición dominicana, un capítulo no se hace, no se realiza, no se ejecuta: un capítulo se celebra. Y es curioso que tomemos esa palabra, porque nos recuerda que un capítulo es una experiencia: una experiencia espiritual, una experiencia de comunión, una experiencia con Dios, una experiencia eclesial.

Estamos celebrando no solamente el día de todos nuestros santos; estamos celebrando un capítulo, con todo lo que implica como experiencia dentro de nuestra vida de fe. Y esta fiesta de todos nuestros santos nos recuerda, como lo hemos oído en varios momentos en las homilías y en el retiro del Capítulo, que lo primero a lo que estamos llamados, hermanos, es a la santidad.

No podemos perder de vista eso a la hora de discernir, de tomar decisiones: estamos llamados a la santidad.

Santidad, claro, como ese gran ideal; santidad como ese heroísmo de estos grandes hombres y mujeres que estamos celebrando hoy. Pero santidad concreta, santidad vivida. La palabra santidad se rima con muchas otras palabras o, mejor, se hace concreta con otras palabras.

Por ejemplo, con la palabra sanidad. En este Capítulo, como en las asambleas precapitulares, se ha hablado —y se hablará seguramente— del tema de la salud: de la salud de los frailes, de la salud mental, de la salud emocional. Santidad también implica esto, porque, como dice santo Tomás, la gracia supone la naturaleza. Y si no hay una naturaleza sana, sanada por la gracia, difícilmente puede haber santidad auténtica.

Santidad también se rima con felicidad. Queremos que nuestros frailes sean felices, que seamos felices. Felicidad que, en el Evangelio, se dice bienaventuranza. Queremos ser felices en la vocación por la que hemos optado. Santidad también significa buscar una felicidad evangélica, una plenitud de vida en nuestra vocación.

Santidad también se rima con reconciliación. Nuestros capítulos están llamados a ser, y son muchas veces, escenarios de reconciliación frente a historias pasadas, relatos distintos de la vida de nuestras comunidades. Una reconciliación que se produce en unanimidad, que también es una muestra de santidad.

La palabra santidad también se rima con esa palabra que yo he visto en tantas actas de capítulos: renovación. Santidad significa renovación, pero la renovación no se entiende sin la palabra conversión. También un capítulo recuerda que estamos llamados a una conversión permanente, personal y comunitaria.

Y para nosotros, ineludiblemente, la santidad pasa por la palabra vocación. Vinimos a ser santos dentro de una vocación.

De modo, mis hermanos, que, si bien la santidad es una obra de la gracia, si bien yo no puedo hacer el camino por el otro —cada cual tiene su camino de conversión hacia la santidad—, un capítulo creo que sí debe favorecer estructuras, dinámicas que promuevan la santidad. Esta fiesta de Todos los Santos, que cae en un capítulo, nos debe recordar eso.

Otra reflexión que quiero presentarles, mis hermanos. El predicador del retiro nos habló de un texto reciente de la Congregación de la Doctrina de la Fe que se llama Venite ad me, un texto sobre la transmisión de la fe. Ese texto toma una expresión del papa Francisco y dice: la fe se transmite en el dialecto de la casa. En el contexto colombiano, en el acento.

Aprendimos a rezar en el dialecto, en el acento de la abuela, de la mamá. Y nos decía el predicador: nosotros aprendemos la fe en el dialecto dominicano, porque hay un modo dominicano de ser santo, hay un modo dominicano de buscar y de vivir la santidad. Es lo que nos recuerdan los santos y santas que estamos celebrando hoy.

Gracias a Dios, en nuestra familia tenemos santos muy diversos: maestros, misioneros, místicos, predicadores. Pero tienen una manera común de vivir la santidad, según el modo ideado por santo Domingo.

Esta fiesta nos invita, mis hermanos, a volver al carisma, porque es desde ese carisma desde donde podemos dar nuestro mejor aporte a la Iglesia, desde donde podemos invitar a otros, a nuevas vocaciones, a unirse a este proyecto de vida. Es una invitación a vivir la santidad en dialecto, en acento dominicano, volviendo a nuestro carisma.

Y, como también se ha dicho en este Capítulo varias veces, es muy fácil que se nos cuelen otras lógicas, otros lenguajes y acentos en un capítulo: lógicas de politiquería, de ideologías, de caer en un funcionalismo empresarial.

Somos frailes y estamos aquí porque somos frailes, para hablar dialecto de frailes, acento de frailes dominicos, que es nuestro carisma para la Iglesia.

Cuando busqué el Evangelio para esta fiesta, era otro; el padre Gerardo me sorprendió. Pero este Evangelio de san Marcos, en el que Pedro le dice al Señor: «Nosotros lo hemos dejado todo», ahora que lo escuchaba, nos recuerda que también estamos acá renunciando. Y que esa renuncia no fue solamente: esa renuncia es hoy.

Un capítulo nos pide a todos renuncias. Quizás venimos con aspiraciones, con anhelos; queremos que la Provincia vaya en este sentido, con la ilusión de que yo quede de pronto aquí o que quede allá. Y salimos muchas veces completamente distintos de lo que traíamos en mente, gracias a Dios.

Y ahí es cuando decimos: «El Espíritu actuó, realmente».

Un capítulo nos invita y nos recuerda que venimos aquí a despojarnos, a renovar nuestra profesión, a ponernos una vez más en el piso para decir: «Me pongo en la misericordia de Dios y en la misericordia de mis hermanos de la Orden».

Ese despojo, cuando lo vivimos sanamente, nos hace libres, nos permite levantarnos para seguir caminando en el camino hacia la santidad con mayor libertad.

Que esta fiesta, regalo de la Iglesia, regalo de la liturgia, nos inspire en el caminar de estos días.


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