En la primera carta del apóstol San Pedro se nos invita “que vuestra conducta sea santa en todo momento, como santo es el que os ha llamado. Pues así está escrito: Seréis santos, porque santo soy yo” (1, 15-16). Esta es la consigna que nos llevamos cada uno en nuestros corazones como aspirantes de este cuarto encuentro vocacional. Los frailes predicadores nos han enseñado que la Orden es una escuela de santidad. A la Orden se ingresa con la mentalidad de predicar para la salvación de las almas, pero, también es verdad, que al primero que debemos predicar es a nosotros mismos.
Así, la santidad se vuelve un proyecto que cada uno debe cuidar y hacer florecer. Para ello, está el ejemplo de todos los Santos de la Orden de Predicadores. Con esto en mente, nuestro encuentro en el campus el Limonal de la Universidad Santo Tomás en Piedecuesta-Bucaramanga se ejercitó en prácticas de fraternidad, oración y unión en Cristo Jesús. Rezamos juntos. Adoramos al Santísimo Sacramento juntos. Compartimos los alimentos juntos. Y, especialmente, vivimos jornadas de juego, deporte, convivencia y lúdica juntos.
De suma importancia en este encuentro de discernimiento vocacional fueron las pruebas de cultura general y las entrevistas psicológicas. Pusimos a prueba nuestras destrezas mentales y cognitivas para responder de la mejor manera los interrogantes acerca del mundo que nos rodea. Igualmente, pudimos avanzar en el conocimiento de nosotros mismos por medio de las actividades propuestas por los Doctores Carolina y Santiago. Máxima que ha inquietado a los pensadores a lo largo de la historia desde los antiguos griegos hasta Kierkegaard: “Conócete a ti mismo” (en gr. γνωθι σεαυτόν).
De este modo, cada uno de nosotros, como aspirantes a la Orden de Frailes Predicadores, volvemos a nuestras ciudades de origen con la convicción que la vida consagrada es una renovación de nuestros compromisos bautismales. La vocación es un regalo y don sobrenatural de Dios puesto en cada uno de nosotros. Este caminar con Jesucristo no depende de nuestras ganas y motivación personal, sino más bien, de tener fe en Él. Hay que ser hombres de fe. En este sentido, la Orden nos ofrece los medios para alcanzar la plenitud religiosa: ser santos.