¡Padre Pedro! Con ese apelativo respondía fray Pedro José Díaz Camacho, cada vez que un feligrés, un colaborador de la universidad o del venerable convento de San José, e incluso, los propios miembros de su familia le llamaban. Resulta casi impensable imaginar a muchos osando llamarle “padre Pedrito” u otro diminutivo; acaso algunas damas que compartieron con él la labor directiva y académica, y que lo evocarán con nostálgica admiración, se permitieron tan cariñosa licencia. Mas la severidad de su adusto semblante, difícilmente habilitaba tales familiaridades. Santandereano de pura cepa, desde las alpargatas hasta el sombrero, el padre Pedro se mantuvo siempre circunspecto en sus tratos, austero y certero en sus palabras. Rara vez se le sorprendía riendo a carcajadas; solía esbozar, en cambio, una sencilla sonrisa tras un comentario profundo que sumía en elocuente silencio a quienes le escuchaban.
Sin embargo, esa gravedad jamás lo tornó distante ni falto de fraternidad; por el contrario, su recia presencia inspiraba cercanía y autoridad, siendo el referente al que varios frailes acudían en busca de consejo, de la corrección sutil de un texto (pues entre las plumas ilustres de la Provincia, la suya brillaba con luz propia), o de esclarecimiento en cuestiones teológicas o pastorales. El padre Pedro poseía el raro don de expresar grandes conceptos con palabras sencillas y cristalinas, dotado de la capacidad de desenredar con maestría los intrincados discursos que otros complicaban. En su silencio se hallaba profundidad, y en su palabra, nada superfluo.
Su pasión por el estudio lo llevó a transformar su celda en un auténtico santuario de sabiduría, semejante a aquellos añejos libreros donde reposan invaluables tesoros escritos. Su claridad teológica le permitía confeccionar genuinas predicaciones, capaces de nutrir el alma del pueblo que concurría a la Basílica de Nuestra Señora de Chiquinquirá, ávido de la Palabra y de la Eucaristía bajo el amparo de la Reina y Patrona de los colombianos.
Fray Pedro fue, ante todo, un hombre de claustro. Su silueta era presencia habitual en la celda, la capilla, la biblioteca y el refectorio; esos eran su microcosmos, especialmente durante su apacible retiro, etapa que supo abrazar con templanza, desprendiéndose sin esfuerzo de los oficios que la comunidad le encomendó y saboreando en sus últimos años la dulzura de una jubilación digna y serena.
Sin lugar a duda, el padre Pedro se erigió en paradigma para muchos frailes del convento de San José y de quienes hemos atravesado el portón de la calle 52. Sus consejos prudentes, admoniciones llenas de sabiduría, su labor teológica y pastoral, así como su particular modo de lograr que todo visitante se sintiera en su propia morada, permanecerán en la memoria de muchos.
Que santo Domingo, padre y protector, acoja en su seno a este insigne hermano nuestro, para que desde las alturas continúe siendo aún más útil a nosotros, sus hermanos, como lo fue aquí, en la tierra. Descansa en paz, venerable padre Pedro.